Funciones y disfunciones de los intérpretes judiciales: una opinión

El Gascón Jurado acaba de publicar una reseña sumamente interesante sobre un libro que aborda la interpretación judicial. A propósito de lo vivido hace dos semanas en los juzgados, he querido dedicar un ratito a expresar una visión sobre las funciones y disfunciones –o malas prácticas, si se quiere– de quienes interpretamos para la justicia.

Lo que voy a exponer puede resultar de sentido común, básico o de primero de carrera. Sin embargo, por extremo que parezca, recientemente presencié una situación en la que había dos turistas alemanes como perjudicados, tres testigos británicos, un intérprete de alemán y yo mismo. De entre la larga conversación que mantuvo el intérprete de alemán con los perjudicados antes de la vista, recuerdo escucharle los siguientes titulares: “El sistema judicial español no es tan perfecto como el alemán”; “en España hay mucha inseguridad”; “si les preguntan si piden indemnización, digan que sí; y si no, pídanla igualmente”.

Dicho esto, creo que conviene recordar lo siguiente, por muy básico que parezca.

1. El intérprete como figura independiente. Somos humanos y, a menudo, se nos olvida que, independientemente de quién nos contrate para una interpretación en un juzgado, nuestro trabajo se limita a interpretar el mensaje. El cliente debe ser consciente de que nuestro trabajo no es adaptar el vocabulario a sus objetivos. Es interesante observar cómo, en función de para quién se interpreta, por ejemplo, demandado o demandante por decir algo, se tiene la tendencia de utilizar términos que suavizan o dulcifican la declaración, o por el contrario, términos o expresiones que la agravan. Por ejemplo, he visto a declarantes decir algo que no les convenía y, seguidamente, pedirle al intérprete que callara ese enunciado. Sin duda, a menudo se hace de manera inconsciente pero considero que hay que evitar dulcificar o agravar una declaración en función de si quien nos contrató fue una u otra parte. Nuestra función no es la de ser abogados ni asesores y, por lo tanto, nadie debe sentirse reprochado en ningún caso por un cliente ni por ningún abogado por haber interpretado sencillamente lo que se ha declarado.

2. El contacto con las partes. Todos los intérpretes tenemos la obsesión de conocer de qué se va a hablar, para así preparar un tesauro mental que nos permita una mayor agilidad a la hora de hacer nuestro trabajo. Por este motivo, es muy frecuente que el intérprete, al llegar a un juzgado para una declaración penal, pida información sobre el caso. Desde mi punto de vista, hablar con las partes antes de una vista o declaración puede hacernos un flaco favor. Cada parte contará una versión y, si escuchamos únicamente la versión de una de las partes, además de echar por tierras las garantías procesales, podemos hacernos una idea errónea del caso y, durante la declaración, jueces, fiscales y abogados podrían apreciar cierta contaminación en nuestra labor. Así pues, recomiendo preguntar siempre a los funcionarios sobre el tipo de procedimiento en cuestión y evitar las historias de buenos y malos que nos querrá contar cada cual.

3. La neutralidad. Como bien dije antes, somos humanos y tenemos nuestro corazoncito. Ahora bien, la realidad es infinitamente más compleja de lo que puede parecer y, por ello, sentir pena, rechazo, cariño o lo que se quiera por alguna de las partes de un procedimiento puede hacer que nuestra labor tienda a ser arbitraria. Normalmente, una interpretación arbitraria suele producirse cuando el intérprete ha dialogado previa y extensamente con alguna de los partícipes de un procedimiento; sobre todo, si en dicho procedimiento hay violencia o una buena historia de por medio. Es normal que el corazón se nos ablande pero la función de impartir justicia es del juez, no del intérprete. Si algo aprendí durante el tiempo que fui intérprete para la policía es que no hay que creerse ninguna versión, por duro o frío que parezca. El bueno puede convertirse en malo en cualquier momento.

4. Por último, aunque parezca de lo más elemental, si no se entiende algo, hay que preguntar cuantas veces sea necesario. Es preferible que se nos tache de no conocer una expresión o término -no somos diccionarios con patas- a que se nos acuse -en todo el sentido de la palabra- de una mala interpretación.

Lo anterior nos es más que, a mi juicio, el objetivo al que debe aspirar un intérprete judicial. Por muy poco valorada que esté nuestra profesión, jamás hay que perder de vista la responsabilidad de nuestra labor y las consecuencias que pueden derivarse, tanto para terceros como para nosotros mismos, por una interpretación mal hecha.

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9 pensamientos en “Funciones y disfunciones de los intérpretes judiciales: una opinión

  1. “Sentidiño” que dicen en Galicia. Totalmente de acuerdo Tenesor.
    Sirva una anécdota personal en uno de los juicios que interpreté cuando vivía en Francia: ante la pregunta del fiscal, el acusado respondió un muy sureño “aro, aro” (claro, claro) y yo dije -me salió del alma- en francés “ouais”, coloquialismo de pata negra. Todo el mundo me miró raro, el abogado defensor peor, pero al terminar la vista el fiscal se me acercó y me felicitó por “reflejar fielmente cómo se expresaba el individuo”.
    Lo dicho, a más de un compa se le suben las puñetas a la cabeza -y eso que por suerte no llevamos- y se creen abogados, fiscales, juez y parte. ‘Semos’ meros intermediarios.

    Otro día te cuento cuando el camionero le llamaba ‘hioputa, cabronazo’ al fiscal jejejeje :)

  2. Hay anécdotas interesantísimas. Por ejemplo, me contó un abogado una sobre un señor sordomudo que, al parecer, no tenía más formación en lenguaje de signos que el mero entendimiento mediante señas que había elaborado con su familia a lo largo de los años. Por este motivo, quien actuaba de intérprete en un juicio de faltas era un hijo, creo recordar. Al parecer, a una de las preguntas, el señor asiente con la cabeza. El intérprete accidental responde: “Dice que no.” Según me contó, las carcajadas se oían fuera de la sala. Debo decir que me acordé de ¿Bulgaria?, donde los gestos para decir sí o no con la cabeza son distintos a los que usamos nosotros. De todos modos, no creo que fuera el caso.

    Durante el tiempo que trabajé como intérprete de la policía, presencié cómo una compañera, que no había estudiado TeI sino Turismo, cambió ciertas declaraciones porque le “daban pena algunas personas y, como había sido guía turística, pues tenía el impulso de ayudar a los demás”. Le costó un pequeño disgusto y el despido fulminante. También conozco un caso que saltó a los medios. Unos intérpretes de dialectos africanos alteraban las declaraciones de inmigrantes ilegales; conocían el procedimiento y, a cambio de dinero, llegaban a acuerdos con los detenidos antes de pasar a disposición judicial. Ocurrió hace varios años en Tenerife hasta que se descubrió la trampa.

    Saludos.

  3. Estupendo artículo, Tenesor. Le has dado un enfoque muy interesante al tema de la interpretación judicial.
    En mi opinión, siempre es preferible solicitar el expediente al funcionario que hablar con las partes implicadas, pero si ni hay otro remedio, tampoco veo muy perjudicial hacerlo.
    Con el paso de los años, por mucho que te cuente la parte A o B, se aprende a ser imparcial y no implicarse emocionalmente. Son precisamente los funcionarios que nos “presentan” muchas veces al denunciado, perjudicado o testigo. Por mucho que haya escuchado las versiones contradictorias, en mi trabajo me limito a interpretar; a veces incluso he traducido los insultos, cuando así me lo ha exigido el Juez.

    A título de ejemplo, están los casos de violencia de género en los que he traducido a ambas partes en los que se podría suponer que todo el mundo sienta un rechazo hacia el presunto maltrador. A pesar de que es muy desagradable asistir de intérprete al presunto maltratador y, a la vez, a la supuesta maltratada, no siento rechazo hacia el denunciado en cuestión, pues a mí me da igual si es inocente o no. Mi función es asistirle de intérprete, igual que un abogado le asiste para defender sus derechos. Si hiciera algo diferente, consideraría que estoy haciendo mal mi trabajo.
    Creo que no somos autómatas, pero cuando interpretamos sí podemos ser capaces de no implicar prejuicios o sentimientos como la empatía. Y en parte, es incluso necesario, pues a menudo las partes nos quieren utilizar de psicólogo, si lloran nos piden un pañuelo, si no tienen dinero para la guagua, nos piden unas monedas…Hay que distanciarse mucho, sino se pasa mal.
    En mi opinión, con el tiempo y la experiencia, un intérprete judicial se hace más objetivo, más “frío”. Cuando compencé a trabajar de intérprete judicial, los casos violentos me afectaban mucho más. Para nadie es grato estar en contacto con casos de agresiones, violaciones, amenazas, etc.
    Al principio, me parecía como si los funcionarios judiciales, jueces, etc. fueran personas sin sentimientos, muy duros con sus comentarios a veces, pero al poco tiempo entendí el motivo: al igual que el abogado, un intérprete judicial va aprendiendo que es lo que hay y que no te puedes llevar los casos “graves” a casa, sentir pena, compasión, etc.
    No hemos perdido nuestra humanidad y, en otro contexto, quizás incluso nos llegaríamos a emocionar. No obstante, hay que ser consciente de que en este tipo de trabajo, las emociones puedes ser un estorbo y hay que intentar controlarlas.

    Saludos

  4. Hola Fabienne:

    Gracias por tus comentarios. Sinceramente, dudé mucho si publicar o no esta opinión, pues quería evitar a toda costa dar una impresión de purismo o de imparcialidad absoluta a la hora de interpretar en los juzgados. Está claro que todos somos humanos y que a todos, en mayor o menor medida, nos afectan ciertas situaciones y, al principio, no es fácil querer apartarse de todo, pues se puede llegar a dar una sensación de soberbia o de altanería. Sin embargo, el “colegueo” o de “buen rollito” con las partes antes de entrar en sala no solo nos pueden afectar emocionalmente, sino que ofrecen una imagen muy negativa de nosotros mismos y, por el mero hecho de que hayamos estado riendo o dialogando largo y tendido -o no tanto- con alguna de las partes ya es motivo para que algún abogado pillo trate de buscarle los tres pies al gato durante nuestra interpretación y, lo que puede ser peor, que incluso se pueda solicitar una recusación -aunque no haya motivos para ello- o que nos llamen al orden o nos sancionen por una interpretación inadecuada o poco veraz. En muchos casos, lo de “traduttore, traditore” quizás sea más aplicable a la interpretación que a la traducción misma.

    Saludos.

  5. El problema de la policía con los intérpretes realmente o, mejor dicho, de los intérpretes con la policía, se reduce a que profesionales que valen su peso en oro, en posesión de la Licenciatura de Traducción e Interpretación, una vez tenida una mala experiencia en este campo de su profesión, desisten de trabajar para la policía. El mundo de la traducción y la interpretación es un mundo muy amplio, con muchas posibilidades de desarrollo profesional.

    ¿Los motivos? Diversos. Pero entre ellos está el motivo de que para trabajar con gente sin carrera (pues no es un secreto que los policías no disponen de titulación universitaria) que por sistema no se van a fiar del intérprete, el intérprete va a preferir trabajar con gente de carrera, donde va a estar entre iguales.

    Intérpretes hay muchos hoy día, “a la patada” se podría decir en palabras de a centavo, pero la situación laboral con la policía en concreto hace que sean pocos. No se puede llevar a cabo un servicio de escuchas telefónicas, p.e, cuando no te puedes ni mover dentro de la oficina donde estás, pues cada movimiento que hagas, aún no me explico por qué, va a ser malinterpretado por “los coleguis”. Le pasó a un amigo mío. Cuando vio la situación, pensó hacer hueco para el valiente de turno que se atreva. Y así somos y así nos va. Es así de simple y de triste también. Me explicó mi amigo además que para trabajar para la policía y estar mal mirado desde dentro, prefiere trabajar para grandes multinacionales de la traducción donde van a agradecer sus servicios.

  6. soy un novato en el mundo de los intérpretes judiciales, pero será la experiencia la que marque los detalles.

  7. Soy consciente de que esta entrada es bastante antigua, pero acabo de descubrir tu blog ahora mismo… :-)
    Soy coordinadora del EUTISC, el posgrado en interpretación para los servicios públicos de Tenerife. Me gustaría agradecerte tu entrada sobre la interpretación judicial. Quisiera, además, añadir algo que considero muy importante: la gran mayoría de las cuestiones que planteas aquí no son tu opinión simplemente, sino que vienen refrendadas en la literatura sobre ISP y por países con mucha más experiencia que nosotros a la hora de proporcionar asistencia lingüística a extranjeros, como Estados Unidos, Canadá o Australia. Y eso incluye el tema de la famosa imparcialidad del intérprete. Imagino que conocerás (por si acaso no es así aquí lo dejo) “The discourse of court interpreting”, de Sandra Hale, un libro de cabecera en este ámbito y que creo que todo intérprete judicial debería leer. Un saludo.

  8. Hola Marlene:

    Gracias por tu comentario.
    No sé si nos conocimos en las jornadas sobre interpretación judicial que se organizaron en Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife a través del coordinador de traductores e intérpretes de la Dirección General de Relaciones con la Administración de Justicia.

    En cualquier caso, coincido contigo. Y sí, conozco el libro de Sandra Hale, todo un clásico en el ámbito de la interpretación en los servicios públicos.

    Muchas gracias por tu opinión.
    Saludos.

  9. Hola de nuevo, Tenesor. Disculpa que no te reconociese de las jornadas del año pasado, ¡éramos tantos (afortunadamente)!
    El libro de S. Hale estaba segura de que lo conocerías, era solo para subrayar que aunque tu entrada diga “una opinión” en muchas partes del mundo concuerdan contigo (y con lo que enseñamos aquí en La Laguna). :-)
    Espero coincidir contigo en otra ocasión.
    Saludos desde la isla vecina.

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