Curso sobre derecho de la empresa de Traducción Jurídica: no solo para traductores

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Antes de empezar, quiero dejar claro que tengo cierta amistad con Ruth Gámez y Fernando Cuñado, los abogados y traductores que conforman Traducción Jurídica. Cuando tuve la oportunidad de conocerlos personalmente en Toledo en 2013, en el X Aniversario de Asetrad, ya conocía el gran trabajo que hacían a través de su bitácora. Y no solo son buenos profesionales, sino que son unas personas excelentes y encantadoras.

Hace unas semanas, Fernando me pidió ayuda y, al mismo tiempo, me ofreció la posibilidad de analizar el curso sobre derecho mercantil para traductores que acaban de lanzar. Más que una propuesta era un regalo. Por supuesto, dije que sí. No solo me permitían repasar ciertos conocimientos que he aprendido de forma pausada e independiente a lo largo de muchos años y a través de muchos seminarios cursos y libros, sino que me ayudaban a reforzar y ponerme al día con ciertos del derecho mercantil español.

Tras inscribirme, ver los vídeos, descargar las lecciones y completar todos los ejercicios del curso, solo puedo decir que recomiendo este curso encarecidamente. No miento si digo que es de los cursos más completos y mejor planteados que he visto durante los últimos años, una época caracterizada precisamente por una abundante oferta formativa, aunque no siempre sobrada de calidad. Para demostrar que estas palabras no se deben a mi amistad con Ruth y Fernando ni a mi gratitud hacia ellos, quisiera argumentar mi opinión junto con varias advertencias.

El curso consta de diez lecciones conformadas por material teórico bien organizado, presentado y planteado, junto con vídeos amenos y explicativos en los que se abordan los apartados más destacados o más complicados del tema en cuestión, y un apartado de ejercicios con el que el alumnado podrá poner a prueba sus conocimientos. Estos ejercicios pueden repetirse tantas veces como se desee y, a medida que se van completando las lecciones, el alumnado podrá ver la evolución o el porcentaje de materias finalizadas.

Entre los aspectos destacados de los contenidos teóricos —diez lecciones compuestas por unas veinte páginas cada una—, la información está organizada de forma sencilla, amena y gráfica, con esquemas y apartados subrayados, así como con enlaces a páginas de interés, que facilitarán el aprendizaje y la comprensión de las lecciones.

Los vídeos son otro de los aspectos llamativos del curso; se trata de vídeos de corta duración que abordan las materias más complejas o más importantes del capítulo de que se está abordando, con la impecable y agradable locución de Fernando, que no solo transmite tranquilidad, sino que también ayuda a concentrarse y entender la lección de manera relajada.

Con respecto al contenido en sí, conviene recordar que el derecho mercantil constituye una temática muy amplia y su explicación suele resultar compleja. En cambio, Ruth y Fernando han conseguido desmenuzar y simplificar la materia. El tema dedicado a los impuestos, por ejemplo, ayudará a comprender el funcionamiento del sistema tributario español mediante explicaciones claras, con ejemplos y con un vocabulario sencillo.

Además de la lograda presentación del temario en archivos pdf, no puedo dejar de mencionar la magnífica redacción del temario. Si bien este aspecto debería darse por sentado cuando se trata de un curso elaborado por y para lingüistas, hay que decir que, por un parte, el material formativo relacionado con el derecho no suele estar redactado de manera legible, dado que abundan las expresiones arcaicas propias de la jerigonza jurídica; y, por otra parte y por desgracia, es habitual encontrar errores ortográficos y gramaticales en documentos formativos precisamente elaborados por y para lingüistas.

Dicho lo cual, me gustaría plantear varias advertencias:

1.    El curso no solo está dirigido a traductores, sino que podrá ser de máximo provecho para cualquier persona interesada en conocer el funcionamiento del derecho privado español y, más concretamente, el derecho mercantil.

2.    No es un curso de terminología jurídica en otros idiomas. Ahora bien, el alumnado aprenderá la terminología correcta en español, lo cual le será de gran ayuda para traducir y emplear la terminología con precisión. Por ejemplo, la lección dedicada a la ley concursal nos ayudará a conocer la terminología actual que recogen las medidas legislativas vigentes.

3.    Se trata de un temario bastante amplio y, por lo tanto, habrá que dedicar tiempo al estudio. Son cerca de 200 páginas de teoría, varias horas de vídeos explicativos y ejercicios sobre cada lección. No obstante, el alumnado tendrá acceso al material formativo de forma vitalicia o, al menos, mientras la plataforma de Traducción Jurídica esté en funcionamiento.

4. El precio del curso puede parecer caro o barato según el bolsillo y las expectativas de cada cual. Al margen de comparaciones con respecto otros cursos de plataformas similares, debo decir que, si sumo los cursos que he hecho a lo largo de los años sobre materias similares y la cantidad de libros que he comprado sobre esta temática, el importe final supera ampliamente el curso del coste. La rentabilidad económica dependerá, finalmente, de muchos factores. En cambio, la rentabilidad con respecto a los conocimientos que se pueden adquirir mediante este curso está fuera de toda duda.

Tras este análisis y estas advertencias, estamos ante un curso sobre la organización y el funcionamiento del derecho mercantil español que destaca tanto por su calidad como por su amplitud. Así pues, desde el convencimiento, recomiendo vivamente este curso a quien desee aprender, de forma sencilla y amena, sobre el derecho de la empresa en España. Estoy seguro de que no se arrepentirá.

Saludos desde Gran Canaria

Réplica de Rebecca Jowers a la reseña de «Léxico temático de terminología jurídica español-inglés»

Tras la publicación de la Reseña: «Léxico temático de terminología jurídica español-inglés», recibí un amable correo electrónico de la mismísima autora de la obra, Rebecca Jowers, con el cual pretendía explicar con qué intención se elaboró el léxico y a qué motivos obedece la estructura de este interesante recurso bibliográfico.

Dado que la autora y los lectores de la reseña tienen derecho a expresarse y conocer los puntos de vista y argumentos de la autora, reproduzco a continuación —tal cual— los mensajes que he intercambiado con Rebecca Jowers al respecto. Quiero y debo agradecer públicamente a la autora su amabilidad, su buena disposición y su cercanía.  Muchísimas gracias.

Réplica de Rebecca Jowers:

«Estimado Tenesor,

Quiero agradecerte sinceramente tu amable reseña de mi Léxico temático de terminología jurídica español-inglés, publicada recientemente en Si la Malinche hablara. Si me permites, me gustaría ofrecer algunas observaciones a tus comentarios. Pero primero, quisiera ofrecer un poco del “backstory” de esta obra, para explicar por qué decidí crear un léxico temático de terminología jurídica en vez de un diccionario.

Durante mis 40 años de residencia en España me he dedicado profesionalmente a la traducción jurídica y comercial, primero durante 13 años en una empresa multinacional y luego durante 5 años en un despacho de abogados, antes de hacerme autónoma. Cuando comencé a trabajar como traductora jurídica pude comprobar que este tipo de traducción requería no solo un conocimiento de los términos jurídicos en español e inglés sino también, y especialmente, la comprensión del contexto en que se utilizan en el sistema jurídico, comprensión que difícilmente se obtiene de un diccionario.

Así concebí la idea de elaborar un léxico que ofreciera un conjunto de expresiones en la práctica jurídica que permitiera situar los términos a traducir en el particular contexto en que se emplearan. Para ello, en 2003 comencé un proyecto consistente en analizar a fondo los principales manuales y monografías del Derecho español en 15 ramas jurídicas, extrayendo los principales expresiones y conceptos para luego buscar una traducción apropiada en el Derecho norteamericano o inglés. Este léxico se iba enriqueciendo con aportaciones de mis alumnos de inglés jurídico (todos licenciados en Derecho español), de profesores de Derecho y amigos abogados españoles y extranjeros, y de mucha bibliografía adicional. Con su publicación he pensado que quizás podría facilitar este proceso a otros traductores que, como yo, creen que el conocimiento del Derecho y del sistema jurídico es esencial para la traducción jurídica y que están dispuestos a invertir el tiempo de preparación previa que esto requiere.

Como bien subrayas en tu Reseña, el Léxico que ofrezco no es un diccionario. Aquí el concepto es bien distinto. Y aunque en tu cuenta de Twitter consideras que la falta de orden alfabético es “un problema mayúsculo e incomprensible”, hay una razón para ello. El criterio empleado no ha sido el alfabético (difícilmente aplicable cuando se trata de expresiones o conceptos complejos), sino el de las diversas materias y procedimientos jurídicos, de manera que pueda comprenderse adecuadamente el sentido de cada término en su contexto.

Y me gustaría enumerar lo que creo son algunas de las ventajas de este tipo de léxico temático sobre un diccionario. Primero, con más de 20.000 entradas correspondientes a 15 áreas del Derecho, este Léxico temático presenta la terminología en mayor profundidad que en los diccionarios bilingües y cubre varias disciplinas del Derecho que raras veces se encuentran en ellos. Aparte de ofrecer extensos vocabularios en Derecho mercantil, Derecho procesal civil y penal y Derecho penal, hay capítulos dedicados al Derecho penitenciario, al Derecho del trabajo y de la Seguridad Social y al Derecho procesal laboral, así como al Derecho tributario y a cinco áreas del Derecho civil (Derecho de la persona, obligaciones, contratos, Derecho de familia y sucesiones).

El enfoque temático también ofrece un nivel de contextualización que no se encuentra en un diccionario, precisamente debido a su orden alfabético. En lugar de las palabras aisladas de un diccionario, el Léxico ofrece expresiones y conceptos dentro de su contexto, y creo que todos estaríamos de acuerdo en que, como indiqué antes, la traducción de un término jurídico depende en gran medida del contexto en que se emplea.

Además, el enfoque temático proporciona a los traductores una visión general de la organización de las materias jurídicas en los distintos órdenes jurisdiccionales españoles que necesitará para mejor comprender los textos que traducen. Citas “el excesivo número de temas y apartados” y “el excesivo fraccionamiento de los temas” del Léxico como un “impedimento para el traductor”. Pero estos son precisamente los temas y apartados en que se organiza el Derecho español y que, a mi modo de ver, debe conocer el traductor jurídico. Por ejemplo, la sección que mencionas dedicada al matrimonio con sus apartados (divorcio, guarda y custodia, patria potestad, etc.) sigue el orden en que se presentan estos temas en los principales manuales de Derecho de familia de los Profesores Carlos Lasarte, Díez Picazo y Blasco Gascó.

Haces referencia en tu Reseña a mis “anotaciones explicativas coherentes y argumentadas” que creí imprescindibles para justificar algunas de las traducciones ofrecidas. Por problemas de espacio y falta de contexto, estas anotaciones también serían imposibles de incluir en un diccionario.

Para acabar (porque ya he abusado mucho de tu amable atención) quisiera responder a los comentarios al final de tu Reseña donde hablas de los “descuidos o desaciertos” del Léxico. Aunque, en efecto, quizás haya más demanda en el mercado para un diccionario que facilite la búsqueda rápida de un término que para un léxico que exige más esfuerzo al usuario, a juzgar por la aceptación que ha tenido el Léxico desde su publicación en febrero, no creo que se pueda calificar realmente como un “desacierto”.

Y, por favor, créeme, no ha habido ningún “descuido” en la publicación de esta obra. Con este proyecto, comenzado hacia varios años con el apoyo total de la Editorial Tirant lo Blanch, me propuse conscientemente ofrecer al traductor jurídico algo novedoso y único en su género por su extensión y concepto: una herramienta para facilitar a los traductores el aprendizaje del lenguaje jurídico español-inglés (lo que puede llamarse “intensive translator terminology training”). Esto quizás requiera un esfuerzo previo y la inversión de cierto tiempo por parte del traductor. Pero en mi experiencia, una vez que se aprende el vocabulario del apartado apropiado del Léxico, las traducciones van más rápidas porque uno conoce la terminología y no tiene tanta necesidad de recurrir a un diccionario sobre la marcha. El traductor se hace más experto y comienza a manejar el léxico jurídico como lo haría un jurista: domina el vocabulario del Derecho y comprende los conceptos jurídicos en su contexto y en profundidad. Con la publicación de este Léxico temático espero haber contribuido en alguna medida a facilitar este proceso a otros traductores jurídicos, e incluso a los no especialistas.

Gracias otra vez por tu amable reseña.

Un cordial saludo,

Rebecca Jowers»

Respuesta:

«Buenos días, Rebecca:

En primer lugar, muchísimas gracias por la respuesta y por la gran cantidad de información y detalles al respecto. La verdad es que intuía algunas de estas cuestiones pero no tenía información concreta. Por ello, recibir esta réplica a la reseña aclara muchas dudas.

En segundo lugar, como traductor y bibliómano, la reseña la he elaborado desde el punto de vista de un traductor que busca una herramienta útil para trabajar en el día a día. En mi caso, llevo más de diez años traduciendo documentos de carácter jurídico y, por la experiencia y por los cursos que he ido haciendo hasta la fecha, tengo ciertos conocimientos de derecho que me facilitan la búsqueda de términos en el Léxico. Sin embargo, dado el potencial de esta obra para los traductores —especializados o no especializados en derecho—, quise poner de manifiesto los que, a mi juicio, son desaciertos o lagunas. Por la explicación, me queda claro que no se ha tratado de descuidos, sino que eran perfectamente conscientes de cómo querían organizar el Léxico y la finalidad de dicha obra. Por ello, no me cabe la menor duda de que el Léxico es y seguirá siendo todo un éxito.

En tercer lugar, la explicación me ha servido para comprender cómo se ha elaborado la obra pero, sin embargo, sigo sin estar de acuerdo en algunos puntos, como la ausencia de orden alfabético y el hecho de que las anotaciones y explicaciones —coherentes y razonadas— no puedan ir en un diccionario. A modo de ejemplo, me vienen a la mente varios diccionarios, uno de los cuales es imprescindible para los traductores médicos y toda una referencia en este campo: Diccionario crítico de dudas inglés – español de medicina, de Fernando Navarro. Los otros dos son también muy útiles: el Spanish – English Dictionary of Law and Business, de Thomas L. West, y el Tomasi’s Law Dictionary, de Sandro Tomasi. Sí, es cierto y no olvido que no es lo mismo un léxico temático que un diccionario. Sin embargo, las obras a las que me refiero están ordenadas alfabéticamente —incluso cuando se trata de expresiones y frases hechas— e incluyen anotaciones y explicaciones y también indican a qué área de la medicina o del derecho pertenecen los términos. Por lo tanto, con respecto a tu obra, como léxico temático, el único problema que le encuentro es la falta de orden alfabético. Como diccionario, si desearan transformar el Léxico en un diccionario, con muy pocos cambios serían capaces de elaborar una magnífica y completísima obra que ayudaría muchísimo a traductores —especializados y no especializados— y a cualquier persona interesada en el inglés jurídico. Sería un recurso utilísimo y totalmente complementario al Léxico.

En cuarto y último lugar, solo me queda volver a agradecerte la amabilidad y la paciencia que has tenido al responderme y, por ello, me gustaría pedirte permiso para publicar tu respuesta íntegra y mi réplica en los términos que figuran en este correo.

Muchísimas gracias.

Saludos

Tenesor Rodríguez-Perdomo»

Nueva respuesta de Rebecca Jowers:

«Buenos días, Tenesor,

Gracias por tu mensaje y, por supuesto, tienes mi permiso para publicar mi respuesta a tu reseña de mi Léxico temático de terminología jurídica español-inglés en tu blog.

Realmente no quise decir que un diccionario no puede tener notas, sino que el formato de un diccionario no se presta fácilmente a ello. Como ejemplo de diccionarios con notas, veo que citas las obras de dos colegas, Sandro Tomasi y Tom West con quien intercambio a menudo terminología jurídica, y quizás podríamos hacer lo mismo. Así que, si ves algunos términos o conceptos jurídicos que faltan en el Léxico, me encantaría contar con tus aportaciones para una futura edición.

Un saludo cordial

Rebecca Jowers»

Saludos desde Gran Canaria

Reseña: «Léxico temático de terminología jurídica español-inglés»

La Malinche abandona su prolongado mutismo para reseñar una obra de reciente publicación y que cuenta con numerosos elementos para convertirse, junto al Diccionario de términos jurídicos de Enrique Alcaraz Varó y Brian Hughes, en una obra de referencia para traductores jurídicos y para profesores de inglés o de español jurídico.

La publicación que hoy nos ocupa es fruto del trabajo de la traductora y profesora estadounidense Rebecca Jowers bajo el paraguas de Tirant lo Blanch, una editorial española especializada en derecho y libros de temática jurídica.

Tras analizar detenidamente el Léxico temático de terminología jurídica español – inglés durante varias semanas, creo no equivocarme al decir que Jowers, su autora, ha llevado a cabo un excelente trabajo de recopilación, organización y también búsqueda de equivalencias para aquellos términos de difícil traducción o sin correspondencia que se emplean en el sistema jurídico español.

Sin embargo, esta obra también presenta, a mi juicio, importantes descuidos o sombras que dificultan a los traductores su total aprovechamiento, al tiempo que se lo facilitan a los profesores de inglés y español jurídico. Así, en las siguientes líneas, trataré de analizar brevemente los —a mi modo de ver— aciertos, desaciertos y las posibles mejoras de esta publicación.

Como ya he mencionado, esta obra tiene muchísimos ingredientes para convertirse en un recurso de presencia permanente en el escritorio del traductor jurídico, pues presenta una exhaustiva recopilación terminológica que abarca todas las áreas del derecho y del sistema jurídico español.

La autora también ha sido capaz de encontrar equivalencias para términos de difícil traducción, términos sin correspondencia en el otro idioma o términos cuya traducción requiere a menudo una matización. En estos casos, las equivalencias suelen presentar anotaciones explicativas coherentes y argumentadas. Por ejemplo, la autora propone una más que interesante equivalencia para el uso sustantivado de imputadoinvestigado en la nueva denominación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal—, que a menudo suele verse traducido como the accused (person). Dado que este término suele causar extrañeza, Jowers propone criminal suspect y, además, explica el porqué de forma más que razonable.

Otra de las excelencias de esta publicación consiste en que, como bien se indica en el título, se trata de un léxico temático. La organización y división en temas y apartados resulta impecable, dado que aborda, de forma íntegra, el sistema judicial español y todas las áreas del derecho. Esta concienzuda organización y división puede ser de gran ayuda para quien utilice este léxico para preparar clases y enseñar inglés o español jurídico, así como para intérpretes, que encontrarán los glosarios prácticamente hechos. En cambio, por los motivos que ya se dirán, el excesivo número de temas y apartados puede constituir un impedimento para el traductor, sobre todo si desconoce a qué ámbito del derecho corresponde un término concreto.

Por los motivos ya citados, así como por la bibliografía que aporta, este léxico constituye un recurso excelente e imprescindible para quien pretenda enseñar o aprender el lenguaje jurídico o, también, desee saber clasificar y enmarcar cualquier término en las distintas áreas del derecho.

En cambio, pese a sus muchísimos y enormes aciertos, al no tratarse de un diccionario, sino de un léxico temático, los traductores nos veremos con ciertos obstáculos a la hora de aprovechar este magnífico trabajo de Rebecca Jowers.

En primer lugar, el traductor deberá estar familiarizado con el ámbito del derecho o —como mínimo— con este libro para saber en qué apartado podría encontrarse un término concreto. Además, el excesivo fraccionamiento de los temas complica la búsqueda. Por ejemplo, en el apartado relativo al matrimonio, en lugar de englobar todos los términos bajo este concepto, hay numerosas divisiones relativas a la terminología propia del divorcio, las sentencias, la guardia y custodia, la patria potestad, los tipos de pensión, etcétera.

En segundo lugar, los términos no están ordenados alfabéticamente ni siquiera dentro de los apartados de que consta el libro. Este ¿descuido?, sumado al motivo expresado en el párrafo anterior, obliga al traductor a dedicar mucho tiempo a la consulta y búsqueda terminológica.

Pese a ello, estoy convencido de que, si la editorial y la autora son capaces de reorganizar esta obra con menos apartados y con una simple ordenación alfabética de los términos, nos encontraremos ante una joya terminológica que será imprescindible y de gran provecho para los traductores.

Por último, a modo de sugerencia, la editorial también podría plantearse la posibilidad de convertir este léxico temático en un diccionario en papel o —preferiblemente— en un recurso electrónico, de forma que facilitaría la búsqueda terminológica y en ambas direcciones. En relación con estos descuidos o desaciertos, hace algunas semanas, escribí a la editorial al respecto pero, hasta la fecha, no he recibido contestación alguna. Si la recibo, lo comunicaré.

Saludos desde Gran Canaria

Vídeo de presentación del «Léxico temático de terminología jurídica inglés – español» en el ICAM

Ponentes de pago: la nueva mercadotecnia

Licencia Creative Commons: http://www.401kcalculator.org/

Hace varios días, el encargado de la organización de un congreso universitario sobre traducción me escribía para invitarme a participar en el evento. En su mensaje, me indicaba el plazo del que disponía para presentar una propuesta. La invitación era directa —con nombre y apellidos— y, por lo que podía deducirse, los responsables del evento conocían mi trabajo, a pesar de que no acostumbro a participar como ponente en este tipo de acontecimientos. Por ello, debo reconocer que la mera invitación me resultó halagadora.

Si bien no tenía pensado acudir ni presentar propuesta alguna para dicho evento, lo comenté con varias personas cercanas y fue una colega quien me animó a participar y a presentar mi propuesta. No solo me animaba, sino que también se ofrecía a ayudarme en todo lo que fuera necesario. En resumidas cuentas: me convenció. Tras empezar a investigar de qué trataba el evento y los contenidos de las ediciones anteriores, llegamos, casi por casualidad, al apartado de cuotas. La sorpresa fue mayúscula: los ponentes debían pagar. Y ahí no acaba todo: debían pagar el doble de lo que pagarían los asistentes.

Además de decidir de inmediato no participar —supondría costearme billetes de avión, alojamiento, desplazamientos, comidas y la nada barata cuota de inscripción como ponente—, creí oportuno escribir a la organización para comunicarles mi asombro. En mi -quizás ingenua- lógica y experiencia, los invitados a presentar ponencias o comunicaciones en un evento cobran por su trabajo o, como mínimo, participan de forma gratuita, además de recibir ciertas atenciones por colaborar. En los eventos en que he participado como ponente he cobrado o he participado de forma gratuita a cambio de atenciones como almuerzos, material didáctico, etcétera. Por ello, no le encontraba ningún sentido al hecho de pagar por enseñar lo mucho o poco que uno sabe. ¿Me escribían movidos por el interés en mi trabajo o por el interés en mi bolsillo?

Tras escribir a la organización, recibí una respuesta casi inmediata que me dejó aún más sorprendido:

«El hecho de que los ponentes paguen una cuota superior tiene que ver con que tienen derecho a publicar actas. Por ello, estamos valorando la opción de que aquellos ponentes que no deseen publicar paguen la misma cuota que la de asistentes, que ya tiene en cuenta una serie de gastos, como verás en la web y permite también conocer las experiencias del resto de ponentes. Se me ocurre que también existen otras opciones que podrían complementarse para aquellos que venís del mundo de los negocios, como incluir la empresa del ponente (la tuya, en tu caso) en la web del congreso como patrocinadora (todavía no está hecha esa web), hacer algún tipo de promoción o publicidad de tu empresa en alguna mesa del congreso, que alguna asociación a la que pertenece el traductor-ponente participe igualmente como patrocinadora, etc. ¿Cómo ves todo esto?»

Tras leer la respuesta, uno puede llegar fácilmente a la conclusión de que la intención didáctica y divulgativa no parece ser la más importante. No me cabe duda de que los organizadores tendrán que asumir ciertos gastos. Sin embargo, a mi juicio, el evento está programado no para divulgar sino, en el caso de los ponentes, para promocionarse y publicar previo pago y, en el caso de los organizadores, para promocionar la universidad o facultad organizadora y, de paso, generar ingresos.

Si bien no critico la libertad de cada cual para ganar dinero de la manera que considere oportuna e incluso de pagar para participar como ponente en un evento, publicar o divulgar sus conocimientos, esta forma de proceder no me parece lógica en absoluto. Así pues, me permito expresar lo siguiente al respecto:

1. Considero que cualquier congreso que se precie debe contar con un comité organizador en el que sus miembros seleccionen o decidan qué propuestas resultan más interesantes o idóneas y, conforme a dichas decisiones, elaboren el programa del evento.

2. Que el único requisito para participar en un evento de divulgación sea el económico da una idea de la calidad del evento. Además, convierte el evento en una nueva forma de publicidad o propaganda. También constituiría, en parte, una estafa a los asistentes, pues lo que van a escuchar no serán necesariamente las mejores propuestas divulgativas.

3. La repentina idea de patrocinar el evento o de publicitar la empresa del ponente en la web o en las mesas redondas indica que la organización no tiene claro el objetivo del evento. Además, resulta absurdo, pues pocos de los asistentes a dicho evento divulgativo serían clientes potenciales del ponente. Más bien al contrario, los asistentes serían competidores potenciales del ponente.

4. Que esta práctica se esté generalizando no significa que sea lógica ni coherente. Pagar por enseñar convierte un supuesto evento divulgativo en un acontecimiento autopublicitario o de mercadotecnia. Me surgen preguntas: ¿Aceptan los ponentes? ¿Qué les lleva a aceptar?

5. Elaborar una ponencia o comunicación exige mucho trabajo: entre otras tareas, investigar lo presentado en ediciones anteriores para no repetir contenidos, redactar la propuesta en el plazo establecido, preparar la ponencia y finalmente presentarla. Son muchas horas de trabajo las que hay que dedicar a divulgar conocimientos propios. Así pues, ¿qué sentido tiene pagar después de tamaño esfuerzo?

Podría enumerar muchas otras ideas que me vienen a la mente. Prefiero que sean los lectores quienes expresen sus opiniones sobre lo absurdo o no de esta nueva práctica empresarial y pseudodivulgativa.

Por último, me gustaría señalar que no quiero culpar al remitente del mensaje. Entiendo que es solo el mero ejecutor de una práctica que le viene impuesta por sus superiores. Es por ello por lo que no he querido dar nombres de personas ni de instituciones. Es más, estoy convencido de que mi remitente suscribiría gran parte de este texto. En cambio, sí me ha parecido oportuno abrir este debate. Como ya he mencionado, me resulta absurdo, ilógico e incoherente «pagar para escuchar al que pagó para hablar».

Saludos desde Gran Canaria

(*Imagen usada bajo licencia Creative Commons: http://www.401kcalculator.org/)

Propuesta de procedimiento para corregir nuestras propias traducciones

checklistHace unos meses, publicamos a cuatro manos el artículo «Sobre el difícil arte de revisar traducciones», a propósito de comentarios de indignados traductores que consideraban excesivas, innecesarias e incluso malintencionadas las correcciones efectuadas o perpetradas por supuestos revisores profesionales. Nos consta que el artículo y los documentos que en él mencionábamos se están utilizando a modo de leve reprimenda para aquellos que aún siguen convirtiendo las tareas de revisión y corrección en un juego de sinonimia o de reformulación textual. Sea como sea, esperamos que aquel artículo haya servido y sirva para la reflexión y para nuestra labor como traductores y revisores-correctores.

Hoy, en cambio, el objetivo de este artículo es bastante distinto. Empezó como una búsqueda para mejorar la calidad de mis propios textos. Seguro que más de un lector habrá experimentado esa desagradable sensación que se produce cuando, una vez entregada una traducción, la volvemos a leer por casualidad y descubrimos un error en alguno de los párrafos. Y eso que estábamos segurísimos de que habíamos entregado un texto inmaculado.

Está claro que errar es humano, que todos cometemos errores y que la ley de Murphy es la única ley que no tiene excepciones. Por eso y dado que tengo la suerte de rodearme de gente aún más perfeccionista que yo, llevaba tiempo tratando de elaborar un procedimiento o protocolo propio —una lista de comprobación— para revisar y corregir mis propias traducciones. Durante todo este tiempo, he buscado y leído gran cantidad de información, he observado lo que hacen otros compañeros —de hecho, recientemente se ha publicado algún artículo al respecto, como el de Irene Palmer— y lo he comparado todo con mis propios procedimientos. Tras esta investigación acientífica, constaté que nuestros procedimientos para revisar los textos que traducimos antes de entregarlos son bastante similares, si bien hay personas que le dedican a la revisión más tiempo y más esfuerzo que otras, que se limitan al corrector ortográfico y apenas una breve lectura.

ADVERTENCIAS

Me gustaría ofrecerles, a modo de propuesta, un protocolo —el término «lista de comprobación» no me gusta mucho— para nuestra propia revisión. Advierto de que es una propuesta que puede resultar bastante larga y tediosa en algunos casos. Sin embargo, a medida que apliquemos este procedimiento en nuestra labor diaria, iremos automatizando el proceso y nos resultará bastante más llevadero.

Asimismo, el orden de las tareas o comprobaciones no es aleatorio, sino que está pensado para ayudarnos a corregir de forma más eficaz. Al menos así lo creo. En ocasiones, una corrección provoca otro error. Por ese motivo, el orden de los pasos sí importa.

También me gustaría distinguir dos tipos de errores: los que se cometen por desconocimiento de una materia —de manera que no podemos reconocerlos a la hora de revisar— y los que se cometen por motivos derivados de la rapidez a la hora de escribir, el cansancio, la longitud de un párrafo, la falta de tiempo y otras causas. Dado que no podemos autocorregirnos algo que desconocemos y que solo podemos paliar con mayores conocimientos, me centraré en los que sí podemos reconocer y evitar.

PROPUESTA

1. Fase de pretraducción

Un paso fundamental antes de acometer cualquier traducción consiste en conocer qué normas estilísticas, lingüísticas y ortotipográficas aplica nuestro cliente. Hay quienes desean que las fechas se escriban de una forma concreta —muy habitual en los protocolos de ensayos clínicos—, se utilicen un tipo concreto de comillas, se use una terminología o un estilo determinados o se recurra a un glosario concreto. Este paso previo nos ahorrará mucho tiempo a la hora de revisar.

 2. Programas de comprobación de la calidad.

Cada vez son más frecuentes los programas y las funciones específicos para mejorar la calidad de las traducciones. Por ejemplo, programas como Trados Studio y Wordfast, entre otros, cuentan con funciones que nos ayudan a comprobar que las cifras, etiquetas, nombres, mayúsculas, etcétera coinciden con las del texto original. También existen programas muy interesantes y útiles como QA Distiller y Xbench. Jordi Balcells y Óliver Carreira han escrito artículos al respecto que nos serán de gran provecho. Si vamos a utilizarlos, debemos emplearlos en primer lugar por los motivos que antes mencionaba.

 3. Programas de corrección ortográfica y gramatical

La segunda de las tareas que se debe aplicar según esta propuesta es el uso de programas de corrección ortográfica y gramatical. Todos sabemos que el corrector de Office y de muchas otras aplicaciones tiene un valor muy relativo: el ordenador no puede distinguir ciertos usos gramaticales, desconoce las reglas cambiantes de la ortografía española y también depende del tema sobre el que estemos traduciendo; no es lo mismo un texto periodístico que uno sobre genética o biología. Pese a ello, esta es una ayuda que no se debe desdeñar.

También han surgido durante los últimos años propuestas tan interesantes y útiles para la corrección como Stilus y Verifika (para inglés). Son aplicaciones de pago pero nos ayudan a mejorar de manera notable la calidad de nuestros textos. Además, nos enseñan qué errores cometemos por desconocimiento de una norma e incluso nos remiten a obras de José Martínez de Sousa y la RAE, entre otras autoridades.

4. Cifras y unidades de medida

Si bien hay programas como los mencionados anteriormente, capaces de comprobar que las cifras del texto original y del texto meta coinciden, no siempre podemos trabajar con estas aplicaciones. Por ejemplo, cuando traducimos textos en papel. Conviene comprobar que todas las cifras del texto son exactamente iguales a las del original. En los documentos jurídicos y financieros, este paso puede resultar tedioso. Sin embargo, las cifras y las unidades de medida son importantes siempre. Por ejemplo, no es lo mismo 10 mg que 20 mg. Y tampoco lo es lo mismo 10 mg que 10 μg (o mgc): un baile de números, una cifra incorrecta o una unidad de medida equivocada puede resultar catastrófico.

 5. Nombres propios y direcciones

Aunque quizá se pase por alto a menudo, los nombres propios y las direcciones también son de vital importancia en cualquier tipo de documentos. Por ello, hay que revisarlas con extremo cuidado.

 6. Listas y puntuación

Aunque es algo que se puede revisar en la última fase, hay clientes que prefieren la minúscula y el punto y coma en las listas, mientras que otros prefieren las mayúsculas y la ausencia de puntuación final. Además, dado que algunos programas tienden a corregir automáticamente la mayúscula inicial, conviene comprobar si nuestro documento contiene listas y qué puntuación hemos utilizado.

 7. Formato

Tras todas estas tareas, el texto ya va tomando la forma que deseamos. Quizás es ahora el momento de comprobar que el formato y que los encabezados y pies de página son los adecuados.

 8. Errores habituales

Hay cierto tipo de errores frecuentes que, pese a conocerlos y detectarlos con facilidad, seguimos cometiéndolos por arte de algún duende caprichoso. En este momento, podemos comprobar que no hemos vuelto a tropezar en ellos. Un error que siempre compruebo en mi caso es el uso de términos que pueden utilizarse tanto con concordancia estricta como ad sensum. Por ejemplo, «grupo», «mitad», «mayoría», etcétera. Nunca está de más ser precavido.

 9. Terminología específica

Durante el proceso de pretraducción y traducción, suelo elaborar una tabla con un listado de términos que preveo que pueden resultar problemáticos por diversos motivos. Por ejemplo, imaginemos que aparece en el texto «drinking water» y, varias páginas más adelante, «potable water» con un sentido distinto. Podría ser ahora el momento de comprobar que finalmente logramos resolver esa dificultad en todos los casos en que aparecían estos términos.

 10. Espacios

Si bien pueden aparecer en todo tipo de documentos, cuando se trabaja con herramientas de traducción que dividen el texto en segmentos, es habitual que se generen espacios dobles y hasta triples en el texto meta. Por ello, conviene siempre utilizar la utilísima función de «Buscar y reemplazar» para eliminar los dobles espacios.

Ahora bien, hay que tener cuidado. Hay quienes usan las repeticiones de espacio a modo de tabulador. En el caso de eliminar los espacios dobles, podríamos desordenar todo el texto.

 11. Descanso

Es el momento de olvidar el texto durante un rato y despejarse.

 12. Relectura del texto

Tras todos los pasos anteriores, es el momento de la relectura. Este paso puede repetirse ad infinítum. Con esta tarea, revisaremos todo aquello que se nos haya pasado por alto y que nuestras aplicaciones informáticas no hayan detectado. Durante este proceso, comprobaremos que la gramática, la ortografía, el estilo, la coherencia y la cohesión textuales son correctos y que nuestra traducción ya es casi perfecta.

OTRAS PROPUESTAS Y CONSEJOS

Entre los distintos artículos y textos que he ido recopilando, he encontrado consejos recurrentes y modos de trabajar muy parecidos, como los de Isabel García Cutillas, en su artículo «La revisión: el yang de la traducción», y de Pablo Muñoz, con su artículo «Traducciones y control de calidad».

Me parecen muy oportunos todos estos consejos y comentarios. Sin embargo, el orden de los factores sí creo que, en este caso, altera el producto. Al menos es lo que creo haber detectado cuando he variado el orden de los procesos.

Entre los consejos que considero útiles aunque puedan parecer absurdos figura la práctica de revisar la traducción párrafo por párrafo a partir del último hasta el primero o la lectura en voz alta de ciertas frases para comprobar si resultan o no naturales.

Con respecto al tiempo de descanso, siempre que puedo, trato de dividir mi jornada de trabajo en dos: traducción por la mañana y revisión por la tarde. Está claro que cometer errores en ocasiones no es cuestión de desconocimiento, dejadez o descuido, sino de frescura mental.

Dicho lo cual, espero que esta propuesta sirva como herramienta de debate y como guía. Es muy probable que el orden de algunos puntos deba cambiarse, que deban añadirse otras tareas y que alguna pueda eliminarse por reiterativa. En cualquier caso, estaré encantado de recibir comentarios al respecto y aprender con otras propuestas y puntos de vista.

Saludos desde Gran Canaria

AGRADECIMIENTOS

Debo agradecer este artículo a varias personas: a Isabel García Cutillas, Irene Palmer, Jordi Balcells, Óliver Carreira y Pablo Muñoz, por sus artículos. A Eugenia Arrés, por remitirme a la tesis de Silvia Parra sobre la corrección de traducciones. A Curri Barceló, que también me ofreció varias orientaciones al respecto. Y por último pero en absoluto menos importante, a Teresa Aguilar, por la ayuda prestada en labores de apoyo logístico y revisión.

La traducción y la interpretación judiciales y dos libros muy reales

Portada de «Culpa»

Llevo bastante tiempo deseando escribir sobre la calidad de la interpretación judicial y su importancia como valor añadido para el sector turístico. Sin embargo, por diversos motivos que no vienen al caso, he preferido dejarlo para un momento que considere más oportuno.

El motivo por el que la Malinche vuelve a hablar hoy tiene que ver con un pequeño taller sobre la práctica de la interpretación judicial penal que impartí hace unas semanas en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Esta pequeña experiencia docente —lo bueno si breve…— me resultó muy agradable y me ayudó a recordar aquellos años en que, desde las aulas de la universidad, observábamos un futuro incierto aunque, a la vez, irreal, dado que el mundo profesional era bastante distinto de lo que nos habían contado en clase.

Uno de los objetivos que me propuse a la hora de preparar el taller fue precisamente ese: explicar cuál es la realidad de la interpretación judicial en el ámbito penal. Desde el comienzo, quise dejar claro que el traductor —e intérprete— que se especializa en el ámbito jurídico no solo traduce certificados de matrimonio y contratos, sino que, a menudo, tiene que afrontar asuntos mucho más delicados, sobre todo cuando se trata de la rama penal.

 Dado que el taller tenía un carácter fundamentalmente práctico, quise centrarme en aspectos que nunca nos explicaron en los años de universidad y por el que hemos sufrido en más de una ocasión todos los que nos dedicamos a estos menesteres. Sin ánimo de ser brusco, sí pretendí ser sincero desde el principio: «En el juzgado, nunca esperen sonrisas. Lo que van a ver, escuchar e interpretar no es bonito. Y no se crean nada. Todo es “presuntamente”. Lo que parecía ser verdad puede dejar de serlo en segundos.»

 Dicho o leído así, puede sonar muy brusco. De hecho, este planteamiento generó muchísimas opiniones y, sobre todo, muchas preguntas no tanto relacionadas con la parte lingüística sino con la parte más práctica y más humana. Entre los temas abordados, la imparcialidad, la confidencialidad y la incredulidad, características que nos acercan más a las máquinas que al ser humano, dado que suponen prácticamente anular nuestro sentimiento de empatía.

 Cuando terminé el taller, no estaba seguro de si había lanzado un mensaje correcto a los futuros intérpretes judiciales. Sin embargo, una semana después, me convencí de que el mensaje podría resultar brusco, pero era necesario.

 Sucede que, una semana después de mi taller, asistí a las «Jornadas de orientación profesional» de la ULPGC, en las que participaban compañeros a los que me apetecía conocer personalmente y escuchar: Jennifer Cazorla, José Luis Castillo y mi segundo tocayo Tenesor Sánchez (porque también tengo otro, mi grandísimo amigo Tenesor Rodríguez Martel, también traductor e intérprete). El público era prácticamente el mismo que el que había asistido al taller.

 Entre las interesantes y provechosas experiencias que narraron los ponentes, me llamó mucho la atención la ponencia de José Luis Castillo, quien explicó su breve etapa como traductor para la policía en un caso de homicidio y los motivos por los que finalmente optó por dedicarse, con éxito, a otras ramas de la traducción que le apasionan y por las que hoy es sumamente conocido.

 Según contó, le resultaba durísimo traducir la investigación por diversos motivos: a) el asunto era tan «novelesco» que le apetecía compartirlo con familiares y amigos pero, debido a la obligación de confidencialidad, solo podía hablar de ello con los otros traductores del caso; b) el tema era tan delicado y tan triste que tenía ganas de llorar al ver el destino de los personajes de la historia, es decir, fallecida y homicida.

 Durante la charla, me llamaron mucho la atención los detalles que narró. Se trataba de una historia —ya juzgada, por lo que ya no existía obligación de confidencialidad sobre ciertos detalles— que me resultaba muy familiar. José Luis, un magnífico contador de historias, nos relató una historia real de homicidio con tintes tragicómicos con la que nos dibujaba un homicidio involuntario provocado por la mala suerte.

 Mientras José Luis hablaba, me fui dando cuenta de que conocía el caso al completo pero con una versión totalmente diferente. Entonces comprendí por qué José Luis había aludido a la mala suerte y había explicado el caso como un homicidio involuntario: él solo había traducido las declaraciones del detenido; es decir, solo había visto una parte de la investigación, en las que el detenido había introducido personajes y hechos ficticios para negar su culpabilidad.

 José Luis, mientras traducía, no habría podido saber qué era verdadero y qué era falso. Es más, solo puedo decir que conozco cuál es la verdad policial y judicial. Él solo había leído una versión, mientras que yo tuve que traducir, para el juzgado, declaraciones de testigos, familiares y amigos de la fallecida, además de atestados e informes policiales de las autoridades británicas. Estas versiones distaban muchísimo de las declaraciones del detenido y fueron las que dictaminaron la culpabilidad del detenido en el juicio que finalmente se celebró en la Audiencia Provincial de Las Palmas. Y no es que José Luis sea un crédulo, sino que, sencillamente, no tenía motivos para creer algo diferente y, mucho menos, para inventarse una historia con la que inculpar al detenido. Él ejercía de traductor, no de fiscal, ni de abogado y muchísimo menos de juez.

 Al terminar el evento, decidimos ir a tomar algo y aproveché para preguntarle a José Luis si el homicida era Fulano de Tal. Me respondió que sí y hablamos sobre el caso, sobre las distintas versiones que ambos teníamos al respecto y sobre el resultado de las investigaciones y del juicio.

«Crímenes»

 

A propósito de esta experiencia, recordé un libro que he leído y releído y que me ha hecho plantearme la interpretación judicial penal de forma diferente. Se trata de «Culpa», del abogado penalista alemán Ferdinand von Schirach. No trata de traducción, sino de la naturaleza humana y de los motivos que pueden llevar a una persona a cometer un crimen. Es un libro duro pero creo que puede ser una buena herramienta para la reflexión. También he leído recientemente «Crímenes», una obra anterior del mismo autor sobre el mismo tema. Además del contenido, la forma de narrar y el lugar en el que se sitúa para narrar los hechos de forma objetiva, sin juzgar ni generar pena, son algunos de los muchos motivos por los que recomendaría estos libros.

 Saludos desde Gran Canaria

Una opinión a propósito de la intérprete de Gamescom 2013

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Foto utilizada bajo licencia Creative Commons (CC BY-SA 2.0).
La fotografía pertenece a Begoña Martínez.

 

Tras mucho tiempo sin escribir nada en esta bitácora, me gustaría romper este largo silencio a propósito de una intérprete que, durante estos últimos días, ha protagonizado la actualidad sin quererlo. Como muchos imaginan, se trata de la interpretación de la conferencia de Sony Gamescom.

Si bien estoy de acuerdo con todos —como para no estarlo— en que el servicio de interpretación de los pocos minutos que se han divulgado dejó mucho que desear, me gustaría, no obstante, romper una lanza a favor de la intérprete y, al mismo tiempo, reflexionar sobre las furibundas críticas y las humillaciones de las que ha sido víctima estos últimos días. Con independencia de la profesionalidad y la posible maestría de esta intérprete, estoy convencido de que le costará mucho volver a entrar en una cabina, tanto por el juicio público al que se ha visto expuesta, que redundará en el hecho de que la vuelvan a contratar para conferencias, como por el componente personal y de autoestima.

Antes de nada, quiero dejar claro que no pretendo afear el comportamiento de ninguna de las personas que han hecho no crítica sino también burla de la intérprete. Cada cual está en su derecho de expresar su libre opinión sobre lo que le plazca de la misma manera que lo hago yo por este medio y por otros. Sin embargo, sí me gustaría, sobre todo, suscitar una reflexión sobre lo expuestos que nos vemos cuando nos tanto traducir como interpretar. Es más, me ha llamado la atención que las críticas más duras hayan venido precisamente de traductores y de intérpretes, quienes —a mi juicio— deberían tener más argumentos que nadie para intentar comprender por qué pudo ocurrir algo así.

De la misma manera que ocurrió recientemente en el famoso juicio sobre dopaje con una intérprete que, además, recibió otra reprimenda pública por trabajar para la empresa para la que trabaja, observo con tristeza una falta de empatía ante los errores de nuestros compañeros de profesión. Reitero que la interpretación era pésima pero creo que desconocemos el trasfondo del asunto y, sin dicha información, podemos ser muy injustos en nuestras apreciaciones. Por ello, solo puedo demostrar lástima y empatía ante lo ocurrido.

He leído comentarios sobre si cobró mucho o poco, si era profesional o no, si la empresa la contrató porque se vendió por muy poco dinero, si ni siquiera se documentó para preparar la interpretación, si fue la empresa la que la contrató a última hora y no le facilitó información, etcétera, etcétera, etcétera. Ya puestos a especular, me gustaría mencionar que la intérprete no trabaja hacia su idioma materno, que no sabemos cuál es la calidad del sonido que recibía, si se vio obligada a hacerlo por alguna urgencia de algún compañero o si era empleada de la empresa que, para ahorrarse un dinerillo, le asignó la interpretación dentro de sus tareas mensuales con eso del «da igual; lo haremos como un servicio adicional; todo el mundo entiende el inglés». Si queremos, podemos especular ad infinitum, pero creo que nos equivocamos.

Como muchos saben, me dedico a la traducción y también a la interpretación; mi comprensión ante lo sucedido y mi resistencia a hacer leña del árbol caído se deben a que, a lo largo de mis años de experiencia como intérprete, me he visto en situaciones muy complejas que he tenido afrontar obligado por diversas circunstancias. Además, son muchos los factores que inciden en la calidad de una interpretación: maestría, conocimiento, documentación y preparación, dirección a la que se interpreta, calidad de sonido, características ambientales y ubicación de la cabina, velocidad del discurso del orador y cansancio, entre muchos otros. Con respecto a estos diez factores —la enumeración podría continuar—, si sus condiciones individuales no son óptimas, la calidad no hará más que empeorar.

En lo que se refiere a la documentación y la preparación, debo decir que, como ya han podido leer en este blog, tuve la suerte de interpretar al cineasta Mark Rappaport en consecutiva. Hablaba de cine pero ha sido de las interpretaciones más difíciles que he hecho en mi vida. A pesar de haberme documentado muchísimo —aunque este director es bastante poco conocido y bastante alternativo en sus obras—, me resultó especialmente difícil seguirle el ritmo cuando, como especialista en el cine estadounidense de la década de 1930, 1940 y 1950, empezó a pronunciar títulos de películas con sus correspondientes directores y actores. Si lo llego a interpretar en cabina de simultánea, es posible que el protagonista del vídeo hubiese sido yo.

Por último, creo que todos coincidimos en que las condiciones que se dieron no fueron las óptimas. En ese caso, deberíamos aprovechar no para arremeter contra las intérprete —la de Gamescom 2013 y la del juicio sobre el dopaje— sino para reivindicar que, para conseguir un buen servicio, se necesitan buenas condiciones de trabajo. No todo el mundo puede permitirse rechazar una tarifa baja, no todos los clientes facilitan información antes de un evento, no siempre se ponen a dos intérpretes por cabina y no siempre contratan al intérprete con la debida antelación, por solo mencionar algunas de las situaciones diarias que terminan dando el resultado observado. Es cierto que ambas intérpretes pudieron y debieron negarse a prestar un servicio en tales condiciones y no lo hicieron, lo cual les supondrá una importante mácula y un gran obstáculo en sus respectivas trayectorias profesionales. En este sentido, si bien me faltan datos para criticar dicho comportamiento, solo puedo decir que nos ofrecen una lección que debemos aprender. Tomemos nota de ello.

Saludos.

Sobre el difícil arte de revisar traducciones

libros

Recientemente, nuestra colega Isabel García Cutillas publicaba en su blog un artículo titulado «Cuando el revisor, en lugar de corregir, destroza». Cuando lo leímos, nos llamó muchísimo la atención, pues venía a poner el dedo en la llaga sobre un asunto que, a nuestro juicio, parece haberse generalizado: críticas injustificadas y sobrecorrecciones por parte de revisores.

Es innegable que todos cometemos errores, todos nos equivocamos y a ninguno nos gusta ser objeto de crítica, mucho menos cuando la crítica es negativa; cuando la crítica tiene, además, una finalidad destructiva, la situación resulta muchísimo más desagradable.

Según nos comentan muchos compañeros y a juzgar por algunas experiencias recientes vividas por los que aquí redactan, la tarea de la revisión parece haber dado pie a una suerte de piratería —como lo denomina un compañero— consistente en criticar al traductor con el objetivo, en unos casos, de conseguir más encargos por parte de ese cliente y, en otros casos, de justificar la factura de la revisión y demostrar que se ha trabajado en el texto. No es posible que las correcciones indebidas e injustificadas se deban a que los revisores son cada vez peores; nos negamos a creerlo. Ahora bien, sea por el motivo que sea, observamos una creciente crispación entre traductores y revisores a consecuencia de revisiones excesivas o desproporcionadas. Este hecho provoca, en el peor de los casos, la pérdida de clientes para el traductor o para el corrector, así como la pérdida de credibilidad por parte de aquel que queda en evidencia. En el mejor de los casos, este hecho deriva en la pérdida de un tiempo valiosísimo que hay que dedicar a justificar si tal o cual corrección procede o no.

Digámoslo claro: revisar y corregir es sumamente difícil. Además, tal y como comenta Isabel García Cutillas, esta tarea puede resultar sumamente enriquecedora tanto para el traductor como para el revisor, pues ambas partes aprenden diversas formas de expresar un mismo mensaje y también consiguen pulir ciertos errores o conocer normas gramaticales, ortográficas o estilísticas que hasta el momento se desconocían. De hecho, quién no ha descubierto estar equivocado tras ver su propio texto corregido o cuando se disponía señalar un supuesto error en el texto de otro.

Ante todo, debe tenerse en cuenta que revisar no es reescribir el texto y, sobre todo, que la revisión y la corrección debe justificarse y aplicarse a errores objetivos. Somos muchos los que hemos recibido en los últimos tiempos documentos plagados de cambios que parecían más propios de una demostración de conocimientos sobre sinonimia que de una revisión propiamente dicha. Es muy probable que, en la búsqueda de sinónimos —la sinonimia absoluta rara vez existe—, el revisor emplee términos poco precisos en la materia sobre la que se corrige.

Dicho esto, dado que esta nota no pretende cargar las tintas contra los revisores —al final todos trabajamos de revisores en algún momento— y, repetimos, dado que todos nos equivocamos y nadie es poseedor de la verdad absoluta, pretendemos ofrecer una muy humilde guía con la cual orientar y orientarnos a la hora de acometer revisiones de traducciones.

Antes de decidirnos a redactar este artículo, hemos reflexionado mucho sobre esta problemática; lo primero que hemos tenido en cuenta es que, si bien es probable que nos hayan enseñado a redactar y a corregir textos en nuestro propio idioma, nadie nos ha enseñado a corregir las traducciones de terceros, una circunstancia que podría justificar la tentación de querer reescribir el texto a nuestra manera. Si a ello añadimos que todos tenemos nuestros egos, nuestras preferencias y nuestras manías, podemos vernos en una encrucijada ciertamente difícil.

Mientras decidíamos si redactar o no este artículo —quizá como forma de desahogo—, hemos acometido una labor de búsqueda y hemos descubierto, entre muchas reflexiones individuales, dos obras que merecen toda nuestra atención: el Manual de revisión de la Comisión Europea y la obra de Brian Mossop, Revising and Editing for Translators, publicado por St. Jerome.

Ambas obras de referencia hacen hincapié en dos conceptos: la objetividad de las revisiones y la necesidad de contar con una justificación razonada que respalde cada cambio. Tal y como hemos mencionado, a la hora de revisar, conviene estar bien pertrechado de obras de referencia con las que argumentar si una oración está mal construida, si una preposición es incorrecta, si un término está mal traducido porque es un falso amigo o si la puntuación es errónea y puede provocar malentendidos. Así pues, disponer de diccionarios, gramáticas, libros de ortografía y ortotipografía, manuales de estilo y otras obras de consulta es fundamental —más bien obligatorio— para quien corrige.

Según la obra de Mossop, que recomendamos encarecidamente, el revisor debe detectar diversos tipos de problemas en un texto:

  1. La exactitud y la integridad del texto. Aunque parezca una perogrullada, para revisar una traducción hay que tener a mano, en todo momento, el documento original. De lo contrario, se pueden cometer errores imperdonables e injustificables.
  1. Gramática, ortografía, ortotipografía. Puede parecer también una obviedad. Sin embargo, no siempre todo lo que parece ser un error gramatical, ortográfico y ortotipográfico lo es. Por ello, hay que contar con fuentes de referencia en las que consultar en todo momento si aquello que creemos incorrecto es aceptable, optativo o incluso preferible.
  1. Coherencia y cohesión. Estos dos principios básicos que debe reunir todo texto a menudo se pasan por alto. Conseguir coherencia y cohesión o —expresado de otra forma— lógica y fluidez textual no solo tiene que ver con la traducción. Algunos idiomas como el inglés son parcos en marcadores discursivos y, por mucho que no figuren explícitamente en el original, el traductor debe sacarlos a la luz para que así la traducción resulte menos exótica y resulte más natural y más fluida desde el punto de vista lingüístico.
  1. Adecuación, registro y terminología específica. A la hora de revisar un texto, conviene saber si la traducción cumple o no con el objetivo para el que se tradujo. Por ello, es fundamental conocer quién va a utilizar la traducción, a quién está destinada, con qué finalidad, qué registro se pretende utilizar y si existe una terminología específica que respetar. Por ello, antes de siquiera empezar a revisar, es necesario estudiar a fondo cualesquiera guías de estilo, glosarios, instrucciones o recomendaciones que el cliente utilice.
  1.  Estilo. Esta característica puede resultar sumamente subjetiva en algunos casos; así pues, si las características antes descritas no resultan un problema grave en el texto, alegar cuestiones de estilo para argumentar la reescritura de una traducción puede ser una justificación sumamente débil. Es más, si se considera que un documento tiene errores de estilo por los que la traducción debe reescribirse, es preferible devolver el documento al cliente o intermediario y señalar los motivos.

Dicho esto, nos gustaría reproducir los principios sobre revisión que la Comisión Europea enumera en el ya citado Manual de revisión:

1.    Partir de la presunción de buena calidad de la traducción.

2.    Dedicar a la revisión un esfuerzo proporcional a la importancia del texto.

3.    No dudar en rechazar toda traducción que considere muy deficiente.

4.    No reescribir una traducción.

5.    No erigir en norma sus preferencias personales.

6.    Intervenir siempre que, entendiendo el original, no entienda la traducción.

7.    Considerar que cuantos menos cambios introduzca, mejor.

8.    Argumentar mediante referencias a fuentes concretas toda corrección que no

se justifique por sí misma.

9.    Asegurarse de la pertinencia de sus correcciones.

10.  Señalar los casos dudosos.

11.  Entender que el diálogo con el traductor es fundamental.

12.  Considerar  siempre  la  revisión  como  un  acto  de  aprendizaje,  tanto  para  el

revisor como para el traductor.

13.  La responsabilidad de toda traducción es del Departamento en su conjunto. La

autoría  de  una  traducción  corresponde  al  traductor  y  la  labor  del  revisor  es

complementaria.

Si se siguen estos principios, la tarea de revisar traducciones y de recibir nuestras propias traducciones corregidas se convertirá en una enriquecedora experiencia para ambas partes.

Antes de citar varias obras que consideramos imprescindibles para acometer las revisiones con garantías de éxito, nos parece oportuno recomendar la lectura de un interesante artículo al respecto de Ramón Garrido Nombela en la revista Punto y Coma.

Por último, como obras de referencia a las que acudir a la hora de revisar, si bien esta lista no es exhaustiva y se admiten sugerencias, nos gustaría enumerar las siguientes:

  • Guías de estilo y glosarios propios del cliente.
  • Diccionarios especializados de referencia de la materia en cuestión
  • Diccionario de la Real Academia Española (DRAE)
  • Diccionario Panhispánico de Dudas
  • Nueva gramática de la lengua española
  • Nueva ortografía de la lengua española
  • Fundéu
  • Manual de estilo de la lengua española, de José Martínez de Sousa
  • Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas, de José Martínez de Sousa
  • Tipografía y notaciones científicas, de Javier Bezos
  • Manual del español correcto, de Leonardo Gómez Torrego

Para finalizar, esperamos que esta aportación resulte útil y expresamos nuestro agradecimiento a Isabel García Cutillas por su apoyo, así como a todos los colegas que han inspirado este artículo.

Muchas gracias.

Saludos desde Canarias.

Redactado con la colaboración de mi socia, Fabienne Kelbel, traductora alemán – español, especializada en traducción jurídica y técnica.

Sobre la supresión del servicio de intérpretes policiales para turistas

 

ANTECEDENTES

 En 2005, mientras preparaba mi trabajo de suficiencia investigadora para el doctorado, decidí darme de baja como autónomo pero, para poder beneficiarme de algunos cursos que ofrecía el INEM mientras redactaba mi trabajo de investigación, me di de alta como demandante de empleo. Cuál fue mi sorpresa que, a los pocos días, me llamaron para una oferta de intérprete para el Cuerpo Nacional de Policía. El trabajo consistía en 25 horas semanales durante un período de seis meses para prestar un servicio de interpretación presencial en la oficina de denuncias de una comisaría. El sueldo no llegaba al mileurismo pero me permitía conocer un servicio de la administración del que solo tenía referencias a través de mis servicios de interpretación para los juzgados y, al mismo tiempo, me obligaba a conocer otra realidad profesional de los intérpretes. Esta oferta de trabajo estaba enmarcada en un convenio anual del Ministerio del Interior mediante el cual proporcionaba servicios de interpretación en las oficinas de denuncias de los núcleos turísticos más importantes de España. Debo matizar que este servicio no tiene ni tenía nada que ver con el que prestan las empresas que han ganado licitaciones convocadas por el ministerio.

 MI EXPERIENCIA

 Una vez explicados los antecedentes y el contexto, debo decir que acepté la oferta y que aprendí mucho durante el período que trabajé junto al CNP, un cuerpo que, por lo que me demostró, valora mucho la labor de los intérpretes.

 Cuando me explicaron el funcionamiento del servicio y me hablaron sobre la importancia de nuestro trabajo, recuerdo que pregunté al inspector de turno que qué sucedía si un extranjero iba a presentar una denuncia a una hora en la que no había intérpretes en la comisaría. Su respuesta fue: “No hay problema; les damos un número de teléfono al que pueden llamar. Estas llamadas las atienden intérpretes de la policía, que se encargan de recoger la denuncia. Al día siguiente, el denunciante pasa por comisaría, la firma y se lleva una copia. Ustedes, los intérpretes, la revisan antes con el denunciante para confirmar que todos los datos son correctos.” Este servicio, como ya he mencionado, se prestaba, como mínimo, desde 2005.

 

 LA CRISIS

 Como ya he dejado patente en algún artículo anterior, el término “crisis” ha dejado de tener su significado original para convertirse en la excusa perfecta a cualquier mal o el pretexto ideal para justificar lo injustificable. En este sentido, el arrebato de recortes -reformas en la neolengua del gobierno-, que parece ser fruto de la mera improvisación y de la nula reflexión, ha borrado de un plumazo este convenio para intérpretes policiales en comisarías de núcleos turísticos. Además de enviar a unos cientos de profesionales a engrosar las listas del paro, este recorte supone un ataque directo a la línea de flotación de uno de los principales motores económicos de España: el turismo.

 Creo que conviene tener en cuenta que la seguridad se basa, en gran medida, en sensaciones. Por ello, un servicio de interpretación en comisarías supone no solo un valor añadido al Estado y a la zona que cuenta con dicho servicio, sino que también ayuda a mitigar la sensación de inseguridad del denunciante y a hacerle sentir que el país anfitrión se preocupa por su seguridad y por su bienestar. Por este motivo, en un contexto de crisis económica internacional y con tantos competidores en materia turística, eliminar este servicio que, repito, supone un valor añadido, es un coste de oportunidad que no se puede dejar pasar. Por eso, me pregunto si los empresarios turísticos de este país han reflexionado lo más mínimo al respecto.

LA RESPUESTA DEL GOBIERNO

 Fue hace unos tres meses cuando el gobierno anunció que iba a suprimir el servicio de interpretación en las oficinas de denuncias de las comisarías de los principales núcleos turísticos. Si bien esta noticia no la recogieron de manera masiva los periódicos ni las televisiones nacionales, los principales turoperadores europeos han sabido utilizarla a su antojo a la hora de negociar nuevos contratos con algunas cadenas hoteleras españolas. Además, la noticia en sí se presta, y bien, a la demagogia.

Frases del tipo “no hay intérpretes para los turistas pero sí para los delincuentes” no son más que falacias que solo consiguen despistarnos del tema principal. Por ello, aunque sea cierto, conviene recordar que, según el Artículo 520 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, todo detenido tiene, “derecho a ser asistido gratuitamente por un intérprete, cuando se trate de extranjero que no comprenda o no hable el castellano [sic]”.

El gobierno, que sabe en qué consisten la demagogia y las falacias, ha querido mitigar las posibles consecuencias que la cancelación de este servicio pueda ocasionar. Por ello, recientemente anunció, a través de una nota de prensa del CNP, que ponía en marcha un servicio de denuncias telefónicas destinado a turistas que pudieran ser víctimas de faltas o delitos. La nota de prensa no tiene desperdicio. He aquí un fragmento:

 “El teléfono 902 102 112 estará disponible hasta el mes de octubre y será atendido por agentes de la Policía Nacional con avanzados conocimientos en idiomas, en horario de 09:00 a 21:00 horas para los idiomas inglés, francés y alemán.”

 

A MODO DE CONCLUSIÓN Y REFLEXIÓN

 Al margen de mis más que conocidas discrepancias con el gobierno y sus medidas, he sacado varias conclusiones sobre lo acontecido en torno a este servicio:

  1. Según mis informaciones, el servicio de denuncias telefónicas para extranjeros se suspendió en el mes de mayo, cuando la empresa adjudicataria entró en suspensión de pagos. Por lo tanto, el gobierno anuncia como novedad un servicio que existía hasta hace apenas unos meses. Además, por si fuera poco, este servicio solo funcionará hasta el mes de octubre, de manera que no atiende las especificidades de zonas como Canarias, donde la temporada alta no coincide con la temporada alta de la Costa Brava, Levante o Andalucía, por citar algunas.
  1. A juzgar por la información de la nota de prensa, el crowdsourcing también afecta a la policía. No dudo de las capacidades y de los conocimientos lingüísticos de los agentes pero creo que la policía ha recibido una formación para una tarea bien distinta a la de interpretar. Además, tampoco habrá un intérprete en comisaría que revise la denuncia con el turista para confirmar que lo denunciado es correcto antes de firmarla. Quien alguna vez haya llamado a un servicio de atención telefónica podrá imaginarse las consecuencias, máxime en una lengua que no es la propia. Me viene a la mente un símil con el Ecce Homo de Borja pero creo que no hace falta ni mencionarlo.
  1. Por último, en relación con las empresas del sector turístico español y con las medidas del gobierno en materia turística, me surge constantemente una pregunta: de todos los licenciados en económicas y empresariales que hay en el gobierno y en las principales cadenas del sector turístico, ¿alguno conoce la diferencia entre gastar e invertir?

Abrazos desde Canarias.

INICIATIVA: Anecdotario de traductores, intérpretes y profesiones afines

 

Antecedentes

Estos días, el juego de la “patata caliente”, organizado por Carlos Gutiérrez en su blog, ha permitido no solo poner en contacto a un nutrido grupo de traductores e intérpretes, sino también dar a conocer parte del día a día de cada uno en los distintos ámbitos de nuestra actividad estudiantil o profesional.

A propósito de ello, este servidor le sugería a Carlos lanzar una campaña de recopilación de anécdotas que pudieran dar a conocer la profesión y las prácticas que a todos nos ocurren en el ejercicio de nuestra labor. Si bien ya existe un libro que recopila de manera magistral numerosas situaciones en las que todos nos vemos en cierta medida reflejados –el libro de Mox, del inigualable Alejandro Moreno-, dicho libro contiene una gran carga de ironía, por lo que, junto con el hecho de que está escrito en inglés, muchos de nuestros clientes no lo entenderían fácilmente.

También se nos ocurre mencionar en este relato de antecedentes, el “Diccionario español de burradas” elaborado por nuestro admiradísimo Xosé Castro. Dicho libro, humilde y fácilmente accesible a través de Internet, no solo constituye una inagotable fuente de carcajadas, sino que también ayuda a concienciar sobre el uso de la lengua española y, además, sirvió de precedente para la posterior publicación en papel de “Inculteces“, del cual he adquirido numerosas copias que me han servido como un maravilloso regalo, incluso para algunos de mis clientes.

Asimismo, debo destacar que siempre me han llamado la atención esos libros que periódicamente se publican y que recogen las anécdotas de diversas profesiones, como las de médicos, enfermeros, periodistas e incluso de la guardia civil.

En último lugar y tomando como referencia nuevamente el “Diccionario español de burradas”, esta iniciativa nace de manera humilde. Si bien nos gustaría conseguir el mayor número de anécdotas posibles, la recopilación se publicará, en principio, en un documento pdf, dado que aspirar a más sería, en estos momentos, poco realista. Ahora bien, cualquier aportación y ayuda serán bienvenidas.

Motivos

Entre los motivos que se nos ocurren para justificar la necesidad de recopilar anécdotas de traductores e intérpretes y al margen de los ratos de entretenimiento y risas que dichas anécdotas podrían suponer, nos gustaría mencionar las siguientes.

1.    Una recopilación de anécdotas daría visibilidad a la profesión y a los profesionales;
2.    podría ayudar a concienciar o a educar a futuros clientes sobre cómo solicitar o adquirir un servicio de traducción;
3.    permitiría a sus lectores comprender que la traducción y la interpretación supone mucho más que el mero conocimiento de dos idiomas;
4.    podría servir para denunciar, de manera sutil, ciertas prácticas y estereotipos con los que el traductor y el intérprete se enfrenta a diario;
5.    podría servir de elemento educativo con el que los futuros estudiantes y profesionales de la traducción e interpretación conocer la profesión de una forma amena y cercana.

 

Participantes

Durante los correos electrónicos que hemos estado intercambiando para dar forma a esta propuesta, hemos convenido que sería interesante y conveniente que esta recopilación contara también con un apartado dedicado al anecdotario de estudiantes y profesores de traducción e interpretación, dado que, sin lugar a dudas, complementaría las anécdotas y relatos de los profesionales. Así pues, estamos convencidos de que todos tenemos muchas situaciones cómicas y no tan cómicas que contar, no solo del ámbito profesional, sino también de nuestra etapa de estudios, esa época en la que nos convertimos en correctores de cualquier expresión mal dicha por cualquiera de nuestros familiares.

Por ello, la idea principal es contar con el mayor número de aportaciones y con un amplio abanico de personas de distintos perfiles. Huelga decir que cada participante podrá enviar tantas anécdotas como desee y se le ocurran. La participación y el número de aportaciones son ilimitados.

Calendario

Para poder dar forma a esta idea y poder ponerla en marcha, hemos considerado necesario fijar un calendario, de manera que esta labor de recopilación no se prolongue indefinidamente.

La fecha última de entrega de las anécdotas será la siguiente:

Lunes, 16 de abril de 2012, en la dirección anecdotastei@yahoo.es.

A partir de esta fecha, los recopiladores -ya veremos quiénes somos- estudiaremos la posibilidad o la necesidad de ampliar el plazo o anunciaremos la finalización del proceso de recopilación.

Forma de participación

Para participar, se ha habilitado la dirección de correo electrónico anecdotastei@yahoo.es, a la que se deberán remitir las anécdotas hasta la fecha indicada.

Con respecto a la autoría, los participantes podrán firmar sus anécdotas con sus nombres o, si lo prefieren, indicar que prefieren mantener el anonimato. Entendemos que, por motivos de confidencialidad o porque podrían ponerles en entredicho ante clientes, profesores u otras personas, es necesario que exista esta posibilidad.

Para facilitar la clasificación de las anécdotas que se reciban, se proponen las siguientes normas:

1.    Se ruega enviar una sola anécdota por correo electrónico.
2.    En el asunto del correo, debe figurar una o varias de las etiquetas que se proponen debajo.
3.    En el caso de que el autor desee firmar la anécdota, deberá firmarla con su nombre al final del texto que remita por correo electrónico. Si se desea permanecer en el anonimato, la mera ausencia del nombre al final del correo bastará, dado que no se tendrá en cuenta la dirección del correo electrónico remitente.

Algunas de las etiquetas que se proponen son las siguientes:

–    Traducción

–    Interpretación

–    Subtitulación

–    Localización

–    Estudiantes (aquellas remidas por estudiantes o que versen sobre los estudios en TeI)
–    Profesores (anécdotas remitidas por profesores o relacionadas con el profesorado de TeI)
–    Tarifas
–    Traducción automática (sobre los traductores automáticos, Google Translate y otros mitos)
–    Estereotipos
–    Vestimenta (sobre la forma de vestir de traductores e intérpretes)
–    Encargos (sobre esos encargos surrealistas o poco habituales)

Estas etiquetas únicamente pretenden facilitar la tarea de recopilación y clasificación, por lo que podrán sugerirse y proponerse otras etiquetas en el asunto del mensaje del correo electrónico que se remita con la anécdota.

Por último, agradecemos de antemano no solo la participación, con la que esperamos contar, sino también la difusión de esta humilde iniciativa.