Reír o llorar: anécdotas

Imagen publicada en http://www.microsiervos.com

Como en cualquier otro sector profesional, el de la traducción es un mundo lleno de situaciones absolutamente esperpénticas hasta el punto de que uno suele mirar para todos lados en busca de una cámara oculta y para descubrir si es que alguien pretende gastarnos una broma. Al margen de las curiosísimas iniciativas -por decir algo que no resulte ofensivo para nadie- de algunas empresas que han inventado la “timo-tarifa”, consistente en que, para poder formar parte de su lista de proveedores y tener alguna posibilidad de conseguir algún que otro trabajo, el traductor debe pagar su especie de cuota. Digo yo que se supone que la empresa ya se queda con una importante comisión por su servicio de intermediación, lo cual no me parece mal. Ahora bien, ¿encima hay que pagar hasta por estar disponible? En este caso, considero que hay que aplicar la medida planteada por Ricard Sierra en su blog ayer mismo: “Contigo no, bicho”.

Hace unas noches, estuve viendo en Televisión Española el programa 59 Segundos; en él, participaron varios dirigentes políticos, así como los representantes de los sindicatos CC.OO. y UGT y también representantes de la CEOE y CEPYME. De entre lo que pudo quedar claro durante el debate, sin entrar en la reforma laboral, es que, al menos la CEOE, cuyo dirigente no es conocido precisamente por ser el mejor gestor del Estado ni mucho menos -y bien que lo han sufrido y sufren muchos-, considera que la competitividad es una cuestión de precios. Su idea podría resumirse en “cantidad y precios bajos pero de calidad no hablamos”. Y así nos va. Es de agradecer que Cándido Méndez, por su parte, saliera al quite y dejara claro que, si esa es la mentalidad que se tiene, la empresa española podrá competir con la de Bulgaria –con todo el respeto para los búlgaros– pero no con la empresa alemana.

Lo peor de todo es que estas ideologías empresariales son difíciles de cambiar. Dice un amigo mío, “El lazarillo de Tormes” solo pudo escribirse en España y, visto lo visto, la picaresca del siglo XVI sigue corriendo por las venas y, para tener una mayor carga genética española, se suma con el esperpento valleinclanesco de principios del siglo XX. Por ejemplo:

Esta mañana, recibí una llamada en la que me solicitaban un presupuesto para corregir un texto traducido mediante un traductor automático. Traté de aguantar la carcajada por respeto a quien estaba al otro lado del teléfono y lo conseguí. Sin embargo, me resultó mucho más difícil aguantar la risa –o el llanto, porque el sentimiento que experimenté fue bastante confuso, lo reconozco– cuando me cuenta este definitivamente-no-potencial cliente que el documento consta de 43 páginas y que se trata de un contrato y varios anexos. Según me decía este ¿ingenuo? ¿atrevido? señor, el programa no les funcionó muy bien “y eso que lo intentamos varias veces e incluso con varios programas”.

Mis sentimientos se volvieron aún más confusos cuando, al tratar de explicarles las virtudes de los traductores automáticos, me responde que entiende que quiera defender mi profesión pero que no me ha llamado para que le venda la moto y que todo el mundo recurre a los traductores automáticos porque nuestras tarifas –la del colectivo de traductores del mundo– son desorbitadas. Como una retirada a tiempo es una victoria y como mi tiempo es muy valioso, sencillamente dije que no hacía ese tipo de trabajos; traducir sus 43 páginas y al precio de mi tarifa, de mil amores; corregir a un traductor automático, ni harto de…

Antes de colgar, el atrevimiento llegó a su cénit: “¿Y no sabrá usted de alguien que pueda hacerlo?”

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11 comentarios en “Reír o llorar: anécdotas

  1. Pero qué jeta la del tipo ese. Pero la culpa no es solo del cliente, sino de la sociedad, que infravalora los estudios de traducción y la labor de los profesionales, por considerar que cualquier secretaria que haya hecho un curso de idiomas en CCC o la Escuela Oficial de Idiomas local es capaz de traducir cualquier cosa en cuestión de segundos y a un precio de risa. En fin, qué te voy a contar. Hiciste bien. ¡Ánimo!

  2. Hola Rodrigo:

    Sí, mucha jeta. La verdad es que podríamos escribir anécdotas similares que nos darían para publicar varios libros al año. Algunas son divertidísimas mientras que otras son capaces de sacarnos de nuestras casillas. De hecho, esta misma semana, me llamó una compañera muy enfadada porque un potencial cliente que le pedía una traducción urgente y con entrega en su oficina en la fecha dada. Cuando mi compañera le dijo su (razonable), la persona tuvo la cara de soltarle: “¡qué caro!”

    Para regalarte otra anécdota, me ha llamado la atención algún que otro correo electrónico que he recibido. Hace un tiempo, una persona que no me conocía me escribió, como quien no quiere la cosa, para que le pasara los encargos que yo no pudiera aceptar. Bueno, si ya eso puede resultar llamativo, el correo empezaba así:

    “Soy traductor de inglés y de japonés, dado que he estudiado hasta quinto de la escuela oficial de idioma y hasta tercero de japonés.”

    Desde mi punto de vista hay que valorar no solo los estudios, sino también la experiencia de cualquier profesional. Por ello, sin atreverme a decir si dicha persona tiene más o menos conocimientos idiomáticos, considero que, si incluso tener una licenciatura en traducción e interpretación no supone una garantía de profesionalidad, unos conocimientos adquiridos en una escuela oficial de idiomas no creo que sean los cimientos más sólidos con los que deba contar un traductor, máxime cuando el idioma es japonés y solo se ha cursado hasta tercero.

    Saludos.

    • Asombroso, de verdad. Pero desgraciadamente mucha gente piensa así.
      Hoy mismo, me han dicho que intentaron traducir un contrato con un traductor automático y que no se entendía nada. Mi respuesta fue: Es que estos programanas no han estudiado cuatro años en una universidad, como nosotros.
      Estoy harta de tener que explicar que “traductor” es una profesión y que vivimos de eso y no solo lo traducimos como hobby por las tardes.
      Gracias por ayudar a educar a nuestros clientes;-)

  3. Es algo desgraciadamente habitual. Enhorabuena por tu entrada.
    Todavía tenemos que seguir luchando mucho para lograr algo de aceptación social. Para muchos, seguimos siendo unos “timadores”, “estafadores”, “careros”, y un largo etcétera.

  4. Es lo común. Y pasa con las traducciones, con las correcciones, con las maquetaciones. El “cliente” (o como muy bien dice el post “cliente-no-potencial”) quiere calidad, pero a precio de ganga. Y eso es imposible, porque ningunea los conocimientos y experiencias del profesional en cuestión. Creen que un traductor automático es lo mismo que un traductor profesional, o que un texto bien presentado en word es lo mismo que una maqueta en InDesign.

    El “cliente” no sabe exactamente lo que hacemos. Quiere algo bien hecho, pero no se para a pensar el tiempo que lleva o la preparación que ha sido necesaria. Creo que más que picaresca (aunque en ocasiones la hay), es ignorancia. Pero ya se sabe que la ignorancia es atrevida.

  5. Estoy de acuerdo con todos vosotros. La semana pasada también tuve un -no-potencial -cliente. Me había dicho que necesitaba a alguien que le tradujera textos para proveedores chinos, porque estos no entendían las traducciones hechas con máquina y el no habla inglés.
    Me envio un texto y le dije que podía traducirlo, pero que antes tenía que pagarme, me llama y me dice asombrado que cuanto es. Cuando le digo la tarifa, se quedó sin aliento. Tuve que explicarle que había algo como un servicio mínimo y nunca más he vuelto a saber de el.

  6. ¡Alucinante! Cada día la gente tiene más jeta y quiere gran cantidad por un precio mínimo. Me paso algo parecido, estuve traduciendo una web y luego toco corregirla, para mi sorpresa la mitad de la web estaba traducida con un traductor automático, y me toco comerme “medio” marrón. Me queje a la agencia, no me hace gracia que manipulen mis traducciones, sí que las corrijan y aporten cosas, pero no que incluyan cosas hechas por un traductor automático.

    • Hola:

      Antes de nada, gracias por los comentarios. Probablemente, ejemplos de este tipo tenemos casi todos y, lo peor de todos, es que tenemos muchos ejemplos al respecto. Creo que hay un poco de todo: ignorancia, atrevimiento, cara dura,… Desde que tenga un hueco, escribiré un artículo con más anécdotas y con algunas reflexiones que probablemente compartimos todos.

      Sobre lo que hay gente que se atreve a traducir con traductores automáticos, es para morirse de risa o de susto. En una ocasión, me tocó traducir una campaña de comunicación sobre productos de construcción. Lo curioso del tema es que el cliente le pide a la agencia que me contrataba que me documentara en la página web de la empresa, de modo que el uso de la terminología fuese coherente. Al primer vistazo, me di cuenta de que algunas partes de la página las habían traducido con un traductor automático. No había quién entendiera nada. Eso mismo le comuniqué a la agencia y esta hizo lo propio con el cliente. Tras una amplia investigación, parece ser que el traductor que se encargó inicialmente de la página web, como no llegaba a los plazos establecidos, se le ocurrió darle al botoncito de “translate” y así quedó la página. ¿Es o no para alucinar?

      Prometo que la Malinche volverá a hablar pronto.

      Abrazos desde Canarias

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