Crisis, ¿qué crisis?

 

Son muchas las veces que, a lo largo del día, mencionamos o escuchamos la palabra “crisis”. Se ha convertido en una palabra mágica que sirve para justificarlo todo y, en muchos casos y en muchas empresas, para acometer aquellas reformas o reajustes hace apenas un año serían injustificables desde cualquier punto de vista. Sin embargo, la ya manida fórmula “debido a la crisis nos vemos obligados a” se ha convertido en la frase perfecta para recortar derechos a muchos trabajadores –tanto autónomos como asalariados– o para solicitar una rebaja en las tarifas. Sin embargo, el miedo a quedar sin empleo hace que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, se acepten sin más tales recortes.

Por este motivo, asisto perplejo a la situación que los colaboradores de Lionbridge vienen soportando desde hace tiempo. Menciono a esta empresa de la misma manera que podríamos mencionar a muchas otras empresas dedicadas a la traducción y la interpretación; en los últimos años, casos similares al que hoy nos ocupa se repiten una y otra vez y son muchas las personas que se ven en el dilema de elegir entre comer y pagar la hipoteca o verse abocadas a las deudas y al desempleo. Este caso es aún más lesivo en el colectivo de traductores autónomos -la gran mayoría-, pues ni siquiera el traductor sabe cuál es su situación real, sino que un día el teléfono deja de sonar y dejan de llegar los encargos.

Hace unos meses, Eli Alonso publicaba en su blog la alianza a la que habían llegado Lionbridge e IBM y el consecuente incremento del 20% en cotización bursátil. Sin embargo, en ese mismo artículo, revelaba una situación que afectaba a cientos de colaboradores autónomos de Lionbridge en relación con el uso del programa de traducción que utiliza dicha empresa: Logoport. El artículo no tiene ningún desperdicio.

Según comenta Eli Alonso, un importante colectivo ha suscrito una carta que ha remitido a los responsables de la empresa para solicitarle a la empresa un cambio en sus recortes o en su política. Cito textualmente uno de los párrafos de la carta: “Los traductores hemos aceptado en los últimos años reducciones en las tarifas, descuentos por volumen, aumentos en los plazos de pago, la introducción de nuevas herramientas y procedimientos de control de calidad sin costes adicionales. Todas estas circunstancias han erosionado nuestro trabajo y nuestros ingresos han retrocedido a límites de hace 10 años.”

Uno no puede más que asombrarse al leer, en un solo párrafo, las condiciones laborales que cientos de traductores han tenido que aceptar -pasar por el aro- para seguir recibiendo encargos de esta o de otras empresas, al mismo tiempo que esa misma empresa tiene el descaro de anunciar a bombo y platillo alianzas estratégicas e impresionantes revalorizaciones bursátiles.

No dejo de pensar en la forma en que estas condiciones van a afectar –ya están afectando– a la calidad que estos traductores autónomos ofrecían a la empresa. Por mucho que un trabajador se esfuerce, si ajustan los plazos de entrega al tiempo que reducen las tarifas, el rendimiento no puede ser igual ni por supuesto mejor que el que se ofrecía anteriormente. Además, si para trabajar con esta empresa hay que utilizar un programa que solo se puede utilizar estando conectado a Internet ­–sin hablar del tiempo en que se desconecta el servidor cada día para sus tareas de mantenimiento–, ¿en qué nos convertimos? Y, por último, si además hay que pagar el alquiler del material con el que se trabaja, ¿qué nos queda por aceptar? Y yo me pregunto: ¿ha pensado la empresa en cómo ello afectará a la calidad de su producto? ¿Ha pensado la empresa cómo ello afectará a la calidad de vida de sus traductores?

Hay que decir que, según me cuentan, los traductores afectados se han unido –con lo difícil que resulta en un sector como el nuestro y sobre todo cuando se trabaja a través de Internet; además de enviar cartas con reivindicaciones en las que exigen a la empresa que dé marcha atrás en sus intenciones, han formado un grupo en Facebook y también se están organizando charlas para denunciar lo que está ocurriendo. Sin duda, es un gran paso adelante y es una buena manera de empezar a concienciarse y aprender a arriesgarse a aprender a decir basta.

A propósito de todo esto -y yo no digo nada, pero…-, un compañero mío que sí suele trabajar para esta empresa se hacía varias preguntas: “¿Y los autónomos tenemos derecho a huelga? ¿Y tenemos que anunciarla? ¿Y si nos pusiéramos de acuerdo todos los afectados y no entregáramos los trabajos que nos han encargado? ¿Y qué pasaría si lo hiciéramos todos a la vez para la misma semana? ¿Qué ocurriría con las acciones de esta empresa? ¿No sería maravilloso hacer este experimento bursátil?”

Ojalá tuviera las respuestas.

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