La traducción y la interpretación judiciales y dos libros muy reales

Portada de «Culpa»

Llevo bastante tiempo deseando escribir sobre la calidad de la interpretación judicial y su importancia como valor añadido para el sector turístico. Sin embargo, por diversos motivos que no vienen al caso, he preferido dejarlo para un momento que considere más oportuno.

El motivo por el que la Malinche vuelve a hablar hoy tiene que ver con un pequeño taller sobre la práctica de la interpretación judicial penal que impartí hace unas semanas en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Esta pequeña experiencia docente —lo bueno si breve…— me resultó muy agradable y me ayudó a recordar aquellos años en que, desde las aulas de la universidad, observábamos un futuro incierto aunque, a la vez, irreal, dado que el mundo profesional era bastante distinto de lo que nos habían contado en clase.

Uno de los objetivos que me propuse a la hora de preparar el taller fue precisamente ese: explicar cuál es la realidad de la interpretación judicial en el ámbito penal. Desde el comienzo, quise dejar claro que el traductor —e intérprete— que se especializa en el ámbito jurídico no solo traduce certificados de matrimonio y contratos, sino que, a menudo, tiene que afrontar asuntos mucho más delicados, sobre todo cuando se trata de la rama penal.

 Dado que el taller tenía un carácter fundamentalmente práctico, quise centrarme en aspectos que nunca nos explicaron en los años de universidad y por el que hemos sufrido en más de una ocasión todos los que nos dedicamos a estos menesteres. Sin ánimo de ser brusco, sí pretendí ser sincero desde el principio: «En el juzgado, nunca esperen sonrisas. Lo que van a ver, escuchar e interpretar no es bonito. Y no se crean nada. Todo es “presuntamente”. Lo que parecía ser verdad puede dejar de serlo en segundos.»

 Dicho o leído así, puede sonar muy brusco. De hecho, este planteamiento generó muchísimas opiniones y, sobre todo, muchas preguntas no tanto relacionadas con la parte lingüística sino con la parte más práctica y más humana. Entre los temas abordados, la imparcialidad, la confidencialidad y la incredulidad, características que nos acercan más a las máquinas que al ser humano, dado que suponen prácticamente anular nuestro sentimiento de empatía.

 Cuando terminé el taller, no estaba seguro de si había lanzado un mensaje correcto a los futuros intérpretes judiciales. Sin embargo, una semana después, me convencí de que el mensaje podría resultar brusco, pero era necesario.

 Sucede que, una semana después de mi taller, asistí a las «Jornadas de orientación profesional» de la ULPGC, en las que participaban compañeros a los que me apetecía conocer personalmente y escuchar: Jennifer Cazorla, José Luis Castillo y mi segundo tocayo Tenesor Sánchez (porque también tengo otro, mi grandísimo amigo Tenesor Rodríguez Martel, también traductor e intérprete). El público era prácticamente el mismo que el que había asistido al taller.

 Entre las interesantes y provechosas experiencias que narraron los ponentes, me llamó mucho la atención la ponencia de José Luis Castillo, quien explicó su breve etapa como traductor para la policía en un caso de homicidio y los motivos por los que finalmente optó por dedicarse, con éxito, a otras ramas de la traducción que le apasionan y por las que hoy es sumamente conocido.

 Según contó, le resultaba durísimo traducir la investigación por diversos motivos: a) el asunto era tan «novelesco» que le apetecía compartirlo con familiares y amigos pero, debido a la obligación de confidencialidad, solo podía hablar de ello con los otros traductores del caso; b) el tema era tan delicado y tan triste que tenía ganas de llorar al ver el destino de los personajes de la historia, es decir, fallecida y homicida.

 Durante la charla, me llamaron mucho la atención los detalles que narró. Se trataba de una historia —ya juzgada, por lo que ya no existía obligación de confidencialidad sobre ciertos detalles— que me resultaba muy familiar. José Luis, un magnífico contador de historias, nos relató una historia real de homicidio con tintes tragicómicos con la que nos dibujaba un homicidio involuntario provocado por la mala suerte.

 Mientras José Luis hablaba, me fui dando cuenta de que conocía el caso al completo pero con una versión totalmente diferente. Entonces comprendí por qué José Luis había aludido a la mala suerte y había explicado el caso como un homicidio involuntario: él solo había traducido las declaraciones del detenido; es decir, solo había visto una parte de la investigación, en las que el detenido había introducido personajes y hechos ficticios para negar su culpabilidad.

 José Luis, mientras traducía, no habría podido saber qué era verdadero y qué era falso. Es más, solo puedo decir que conozco cuál es la verdad policial y judicial. Él solo había leído una versión, mientras que yo tuve que traducir, para el juzgado, declaraciones de testigos, familiares y amigos de la fallecida, además de atestados e informes policiales de las autoridades británicas. Estas versiones distaban muchísimo de las declaraciones del detenido y fueron las que dictaminaron la culpabilidad del detenido en el juicio que finalmente se celebró en la Audiencia Provincial de Las Palmas. Y no es que José Luis sea un crédulo, sino que, sencillamente, no tenía motivos para creer algo diferente y, mucho menos, para inventarse una historia con la que inculpar al detenido. Él ejercía de traductor, no de fiscal, ni de abogado y muchísimo menos de juez.

 Al terminar el evento, decidimos ir a tomar algo y aproveché para preguntarle a José Luis si el homicida era Fulano de Tal. Me respondió que sí y hablamos sobre el caso, sobre las distintas versiones que ambos teníamos al respecto y sobre el resultado de las investigaciones y del juicio.

«Crímenes»

 

A propósito de esta experiencia, recordé un libro que he leído y releído y que me ha hecho plantearme la interpretación judicial penal de forma diferente. Se trata de «Culpa», del abogado penalista alemán Ferdinand von Schirach. No trata de traducción, sino de la naturaleza humana y de los motivos que pueden llevar a una persona a cometer un crimen. Es un libro duro pero creo que puede ser una buena herramienta para la reflexión. También he leído recientemente «Crímenes», una obra anterior del mismo autor sobre el mismo tema. Además del contenido, la forma de narrar y el lugar en el que se sitúa para narrar los hechos de forma objetiva, sin juzgar ni generar pena, son algunos de los muchos motivos por los que recomendaría estos libros.

 Saludos desde Gran Canaria

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2 comentarios en “La traducción y la interpretación judiciales y dos libros muy reales

  1. Muy interesante tu entrada sobre la ética del intérprete en el ámbito judicial. Se debería hacer más hincapié en esta cuestión a la hora de interpretar, ya no solo en este campo. Hace poco escuché una interpretación de un colega sobre un tema que conocía bastante bien, que además le afectaba personalmente, y precisamente su conocimiento del tema hizo que en varias ocasiones patinara y dijera cosas completamente opuestas a lo que decía el orador. También pudo haberse debido a los nervios, pero los deslices parecían más motivados por el conflicto entre lo que el intérprete creía como correcto y lo que en realidad se había dicho.
    En el ámbito judicial no debemos olvidar que muchas veces las declaraciones se ensayan y que los abogados entrenan a sus clientes para que omitan ciertas cosas o digan las frases de cierta manera y evitar autoinculparse. Los que quieran dedicarse a esto deben tener claro que la opinión personal sobre el asunto no puede interferir en la interpretación, aunque resulte bastante complicado no tomar partido. Como intérpretes, nuestra verdad no puede salir a la palestra.

    • Hola, Elizabeth:

      Me alegra muchísimo recibir tu comentario. No puedo estar más de acuerdo. Precisamente por ese motivo es por el que prefiero no implicarme con las partes antes de empezar a interpretar y por el que no me gusta leer los atestados policiales ni las declaraciones antes. Con saber si se trata de un caso de drogas, de violencia, etcétera, me basta. Tengo claro que hacer lo contrario influye en la labor de interpretación e incluso utilizamos, de forma inconsciente, términos y expresiones en cierto modo sesgadas, que nosotros no habríamos utilizado.

      Sé que este comentario puede parecer de una frialdad absoluta pero la cuestión es que somos humanos y las historias a las que nos enfrentamos siempre nos afectan en mayor o menor medida. Por ello, si somos consciente de lo que nos puede suceder, estaremos alerta y nuestra interpretación será mejor. De hecho, ayer mismo le aconsejaba a una compañera que tratara de no implicarse emocionalmente con el caso que tenía que interpretar, a pesar de su crudeza. Tenemos que ser conscientes de que nosotros nos limitamos —nada más y nada menos— a servir de vehículo de comunicación. Administrar justicia les corresponde a otros.

      Gracias por el comentario.
      Un abrazo

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