Una opinión a propósito de la intérprete de Gamescom 2013

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Foto utilizada bajo licencia Creative Commons (CC BY-SA 2.0).
La fotografía pertenece a Begoña Martínez.

 

Tras mucho tiempo sin escribir nada en esta bitácora, me gustaría romper este largo silencio a propósito de una intérprete que, durante estos últimos días, ha protagonizado la actualidad sin quererlo. Como muchos imaginan, se trata de la interpretación de la conferencia de Sony Gamescom.

Si bien estoy de acuerdo con todos —como para no estarlo— en que el servicio de interpretación de los pocos minutos que se han divulgado dejó mucho que desear, me gustaría, no obstante, romper una lanza a favor de la intérprete y, al mismo tiempo, reflexionar sobre las furibundas críticas y las humillaciones de las que ha sido víctima estos últimos días. Con independencia de la profesionalidad y la posible maestría de esta intérprete, estoy convencido de que le costará mucho volver a entrar en una cabina, tanto por el juicio público al que se ha visto expuesta, que redundará en el hecho de que la vuelvan a contratar para conferencias, como por el componente personal y de autoestima.

Antes de nada, quiero dejar claro que no pretendo afear el comportamiento de ninguna de las personas que han hecho no crítica sino también burla de la intérprete. Cada cual está en su derecho de expresar su libre opinión sobre lo que le plazca de la misma manera que lo hago yo por este medio y por otros. Sin embargo, sí me gustaría, sobre todo, suscitar una reflexión sobre lo expuestos que nos vemos cuando nos tanto traducir como interpretar. Es más, me ha llamado la atención que las críticas más duras hayan venido precisamente de traductores y de intérpretes, quienes —a mi juicio— deberían tener más argumentos que nadie para intentar comprender por qué pudo ocurrir algo así.

De la misma manera que ocurrió recientemente en el famoso juicio sobre dopaje con una intérprete que, además, recibió otra reprimenda pública por trabajar para la empresa para la que trabaja, observo con tristeza una falta de empatía ante los errores de nuestros compañeros de profesión. Reitero que la interpretación era pésima pero creo que desconocemos el trasfondo del asunto y, sin dicha información, podemos ser muy injustos en nuestras apreciaciones. Por ello, solo puedo demostrar lástima y empatía ante lo ocurrido.

He leído comentarios sobre si cobró mucho o poco, si era profesional o no, si la empresa la contrató porque se vendió por muy poco dinero, si ni siquiera se documentó para preparar la interpretación, si fue la empresa la que la contrató a última hora y no le facilitó información, etcétera, etcétera, etcétera. Ya puestos a especular, me gustaría mencionar que la intérprete no trabaja hacia su idioma materno, que no sabemos cuál es la calidad del sonido que recibía, si se vio obligada a hacerlo por alguna urgencia de algún compañero o si era empleada de la empresa que, para ahorrarse un dinerillo, le asignó la interpretación dentro de sus tareas mensuales con eso del «da igual; lo haremos como un servicio adicional; todo el mundo entiende el inglés». Si queremos, podemos especular ad infinitum, pero creo que nos equivocamos.

Como muchos saben, me dedico a la traducción y también a la interpretación; mi comprensión ante lo sucedido y mi resistencia a hacer leña del árbol caído se deben a que, a lo largo de mis años de experiencia como intérprete, me he visto en situaciones muy complejas que he tenido afrontar obligado por diversas circunstancias. Además, son muchos los factores que inciden en la calidad de una interpretación: maestría, conocimiento, documentación y preparación, dirección a la que se interpreta, calidad de sonido, características ambientales y ubicación de la cabina, velocidad del discurso del orador y cansancio, entre muchos otros. Con respecto a estos diez factores —la enumeración podría continuar—, si sus condiciones individuales no son óptimas, la calidad no hará más que empeorar.

En lo que se refiere a la documentación y la preparación, debo decir que, como ya han podido leer en este blog, tuve la suerte de interpretar al cineasta Mark Rappaport en consecutiva. Hablaba de cine pero ha sido de las interpretaciones más difíciles que he hecho en mi vida. A pesar de haberme documentado muchísimo —aunque este director es bastante poco conocido y bastante alternativo en sus obras—, me resultó especialmente difícil seguirle el ritmo cuando, como especialista en el cine estadounidense de la década de 1930, 1940 y 1950, empezó a pronunciar títulos de películas con sus correspondientes directores y actores. Si lo llego a interpretar en cabina de simultánea, es posible que el protagonista del vídeo hubiese sido yo.

Por último, creo que todos coincidimos en que las condiciones que se dieron no fueron las óptimas. En ese caso, deberíamos aprovechar no para arremeter contra las intérprete —la de Gamescom 2013 y la del juicio sobre el dopaje— sino para reivindicar que, para conseguir un buen servicio, se necesitan buenas condiciones de trabajo. No todo el mundo puede permitirse rechazar una tarifa baja, no todos los clientes facilitan información antes de un evento, no siempre se ponen a dos intérpretes por cabina y no siempre contratan al intérprete con la debida antelación, por solo mencionar algunas de las situaciones diarias que terminan dando el resultado observado. Es cierto que ambas intérpretes pudieron y debieron negarse a prestar un servicio en tales condiciones y no lo hicieron, lo cual les supondrá una importante mácula y un gran obstáculo en sus respectivas trayectorias profesionales. En este sentido, si bien me faltan datos para criticar dicho comportamiento, solo puedo decir que nos ofrecen una lección que debemos aprender. Tomemos nota de ello.

Saludos.

Sobre el difícil arte de revisar traducciones

libros

Recientemente, nuestra colega Isabel García Cutillas publicaba en su blog un artículo titulado «Cuando el revisor, en lugar de corregir, destroza». Cuando lo leímos, nos llamó muchísimo la atención, pues venía a poner el dedo en la llaga sobre un asunto que, a nuestro juicio, parece haberse generalizado: críticas injustificadas y sobrecorrecciones por parte de revisores.

Es innegable que todos cometemos errores, todos nos equivocamos y a ninguno nos gusta ser objeto de crítica, mucho menos cuando la crítica es negativa; cuando la crítica tiene, además, una finalidad destructiva, la situación resulta muchísimo más desagradable.

Según nos comentan muchos compañeros y a juzgar por algunas experiencias recientes vividas por los que aquí redactan, la tarea de la revisión parece haber dado pie a una suerte de piratería —como lo denomina un compañero— consistente en criticar al traductor con el objetivo, en unos casos, de conseguir más encargos por parte de ese cliente y, en otros casos, de justificar la factura de la revisión y demostrar que se ha trabajado en el texto. No es posible que las correcciones indebidas e injustificadas se deban a que los revisores son cada vez peores; nos negamos a creerlo. Ahora bien, sea por el motivo que sea, observamos una creciente crispación entre traductores y revisores a consecuencia de revisiones excesivas o desproporcionadas. Este hecho provoca, en el peor de los casos, la pérdida de clientes para el traductor o para el corrector, así como la pérdida de credibilidad por parte de aquel que queda en evidencia. En el mejor de los casos, este hecho deriva en la pérdida de un tiempo valiosísimo que hay que dedicar a justificar si tal o cual corrección procede o no.

Digámoslo claro: revisar y corregir es sumamente difícil. Además, tal y como comenta Isabel García Cutillas, esta tarea puede resultar sumamente enriquecedora tanto para el traductor como para el revisor, pues ambas partes aprenden diversas formas de expresar un mismo mensaje y también consiguen pulir ciertos errores o conocer normas gramaticales, ortográficas o estilísticas que hasta el momento se desconocían. De hecho, quién no ha descubierto estar equivocado tras ver su propio texto corregido o cuando se disponía señalar un supuesto error en el texto de otro.

Ante todo, debe tenerse en cuenta que revisar no es reescribir el texto y, sobre todo, que la revisión y la corrección debe justificarse y aplicarse a errores objetivos. Somos muchos los que hemos recibido en los últimos tiempos documentos plagados de cambios que parecían más propios de una demostración de conocimientos sobre sinonimia que de una revisión propiamente dicha. Es muy probable que, en la búsqueda de sinónimos —la sinonimia absoluta rara vez existe—, el revisor emplee términos poco precisos en la materia sobre la que se corrige.

Dicho esto, dado que esta nota no pretende cargar las tintas contra los revisores —al final todos trabajamos de revisores en algún momento— y, repetimos, dado que todos nos equivocamos y nadie es poseedor de la verdad absoluta, pretendemos ofrecer una muy humilde guía con la cual orientar y orientarnos a la hora de acometer revisiones de traducciones.

Antes de decidirnos a redactar este artículo, hemos reflexionado mucho sobre esta problemática; lo primero que hemos tenido en cuenta es que, si bien es probable que nos hayan enseñado a redactar y a corregir textos en nuestro propio idioma, nadie nos ha enseñado a corregir las traducciones de terceros, una circunstancia que podría justificar la tentación de querer reescribir el texto a nuestra manera. Si a ello añadimos que todos tenemos nuestros egos, nuestras preferencias y nuestras manías, podemos vernos en una encrucijada ciertamente difícil.

Mientras decidíamos si redactar o no este artículo —quizá como forma de desahogo—, hemos acometido una labor de búsqueda y hemos descubierto, entre muchas reflexiones individuales, dos obras que merecen toda nuestra atención: el Manual de revisión de la Comisión Europea y la obra de Brian Mossop, Revising and Editing for Translators, publicado por St. Jerome.

Ambas obras de referencia hacen hincapié en dos conceptos: la objetividad de las revisiones y la necesidad de contar con una justificación razonada que respalde cada cambio. Tal y como hemos mencionado, a la hora de revisar, conviene estar bien pertrechado de obras de referencia con las que argumentar si una oración está mal construida, si una preposición es incorrecta, si un término está mal traducido porque es un falso amigo o si la puntuación es errónea y puede provocar malentendidos. Así pues, disponer de diccionarios, gramáticas, libros de ortografía y ortotipografía, manuales de estilo y otras obras de consulta es fundamental —más bien obligatorio— para quien corrige.

Según la obra de Mossop, que recomendamos encarecidamente, el revisor debe detectar diversos tipos de problemas en un texto:

  1. La exactitud y la integridad del texto. Aunque parezca una perogrullada, para revisar una traducción hay que tener a mano, en todo momento, el documento original. De lo contrario, se pueden cometer errores imperdonables e injustificables.
  1. Gramática, ortografía, ortotipografía. Puede parecer también una obviedad. Sin embargo, no siempre todo lo que parece ser un error gramatical, ortográfico y ortotipográfico lo es. Por ello, hay que contar con fuentes de referencia en las que consultar en todo momento si aquello que creemos incorrecto es aceptable, optativo o incluso preferible.
  1. Coherencia y cohesión. Estos dos principios básicos que debe reunir todo texto a menudo se pasan por alto. Conseguir coherencia y cohesión o —expresado de otra forma— lógica y fluidez textual no solo tiene que ver con la traducción. Algunos idiomas como el inglés son parcos en marcadores discursivos y, por mucho que no figuren explícitamente en el original, el traductor debe sacarlos a la luz para que así la traducción resulte menos exótica y resulte más natural y más fluida desde el punto de vista lingüístico.
  1. Adecuación, registro y terminología específica. A la hora de revisar un texto, conviene saber si la traducción cumple o no con el objetivo para el que se tradujo. Por ello, es fundamental conocer quién va a utilizar la traducción, a quién está destinada, con qué finalidad, qué registro se pretende utilizar y si existe una terminología específica que respetar. Por ello, antes de siquiera empezar a revisar, es necesario estudiar a fondo cualesquiera guías de estilo, glosarios, instrucciones o recomendaciones que el cliente utilice.
  1.  Estilo. Esta característica puede resultar sumamente subjetiva en algunos casos; así pues, si las características antes descritas no resultan un problema grave en el texto, alegar cuestiones de estilo para argumentar la reescritura de una traducción puede ser una justificación sumamente débil. Es más, si se considera que un documento tiene errores de estilo por los que la traducción debe reescribirse, es preferible devolver el documento al cliente o intermediario y señalar los motivos.

Dicho esto, nos gustaría reproducir los principios sobre revisión que la Comisión Europea enumera en el ya citado Manual de revisión:

1.    Partir de la presunción de buena calidad de la traducción.

2.    Dedicar a la revisión un esfuerzo proporcional a la importancia del texto.

3.    No dudar en rechazar toda traducción que considere muy deficiente.

4.    No reescribir una traducción.

5.    No erigir en norma sus preferencias personales.

6.    Intervenir siempre que, entendiendo el original, no entienda la traducción.

7.    Considerar que cuantos menos cambios introduzca, mejor.

8.    Argumentar mediante referencias a fuentes concretas toda corrección que no

se justifique por sí misma.

9.    Asegurarse de la pertinencia de sus correcciones.

10.  Señalar los casos dudosos.

11.  Entender que el diálogo con el traductor es fundamental.

12.  Considerar  siempre  la  revisión  como  un  acto  de  aprendizaje,  tanto  para  el

revisor como para el traductor.

13.  La responsabilidad de toda traducción es del Departamento en su conjunto. La

autoría  de  una  traducción  corresponde  al  traductor  y  la  labor  del  revisor  es

complementaria.

Si se siguen estos principios, la tarea de revisar traducciones y de recibir nuestras propias traducciones corregidas se convertirá en una enriquecedora experiencia para ambas partes.

Antes de citar varias obras que consideramos imprescindibles para acometer las revisiones con garantías de éxito, nos parece oportuno recomendar la lectura de un interesante artículo al respecto de Ramón Garrido Nombela en la revista Punto y Coma.

Por último, como obras de referencia a las que acudir a la hora de revisar, si bien esta lista no es exhaustiva y se admiten sugerencias, nos gustaría enumerar las siguientes:

  • Guías de estilo y glosarios propios del cliente.
  • Diccionarios especializados de referencia de la materia en cuestión
  • Diccionario de la Real Academia Española (DRAE)
  • Diccionario Panhispánico de Dudas
  • Nueva gramática de la lengua española
  • Nueva ortografía de la lengua española
  • Fundéu
  • Manual de estilo de la lengua española, de José Martínez de Sousa
  • Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas, de José Martínez de Sousa
  • Tipografía y notaciones científicas, de Javier Bezos
  • Manual del español correcto, de Leonardo Gómez Torrego

Para finalizar, esperamos que esta aportación resulte útil y expresamos nuestro agradecimiento a Isabel García Cutillas por su apoyo, así como a todos los colegas que han inspirado este artículo.

Muchas gracias.

Saludos desde Canarias.

Redactado con la colaboración de mi socia, Fabienne Kelbel, traductora alemán – español, especializada en traducción jurídica y técnica.

Sobre la supresión del servicio de intérpretes policiales para turistas

 

ANTECEDENTES

 En 2005, mientras preparaba mi trabajo de suficiencia investigadora para el doctorado, decidí darme de baja como autónomo pero, para poder beneficiarme de algunos cursos que ofrecía el INEM mientras redactaba mi trabajo de investigación, me di de alta como demandante de empleo. Cuál fue mi sorpresa que, a los pocos días, me llamaron para una oferta de intérprete para el Cuerpo Nacional de Policía. El trabajo consistía en 25 horas semanales durante un período de seis meses para prestar un servicio de interpretación presencial en la oficina de denuncias de una comisaría. El sueldo no llegaba al mileurismo pero me permitía conocer un servicio de la administración del que solo tenía referencias a través de mis servicios de interpretación para los juzgados y, al mismo tiempo, me obligaba a conocer otra realidad profesional de los intérpretes. Esta oferta de trabajo estaba enmarcada en un convenio anual del Ministerio del Interior mediante el cual proporcionaba servicios de interpretación en las oficinas de denuncias de los núcleos turísticos más importantes de España. Debo matizar que este servicio no tiene ni tenía nada que ver con el que prestan las empresas que han ganado licitaciones convocadas por el ministerio.

 MI EXPERIENCIA

 Una vez explicados los antecedentes y el contexto, debo decir que acepté la oferta y que aprendí mucho durante el período que trabajé junto al CNP, un cuerpo que, por lo que me demostró, valora mucho la labor de los intérpretes.

 Cuando me explicaron el funcionamiento del servicio y me hablaron sobre la importancia de nuestro trabajo, recuerdo que pregunté al inspector de turno que qué sucedía si un extranjero iba a presentar una denuncia a una hora en la que no había intérpretes en la comisaría. Su respuesta fue: “No hay problema; les damos un número de teléfono al que pueden llamar. Estas llamadas las atienden intérpretes de la policía, que se encargan de recoger la denuncia. Al día siguiente, el denunciante pasa por comisaría, la firma y se lleva una copia. Ustedes, los intérpretes, la revisan antes con el denunciante para confirmar que todos los datos son correctos.” Este servicio, como ya he mencionado, se prestaba, como mínimo, desde 2005.

 

 LA CRISIS

 Como ya he dejado patente en algún artículo anterior, el término “crisis” ha dejado de tener su significado original para convertirse en la excusa perfecta a cualquier mal o el pretexto ideal para justificar lo injustificable. En este sentido, el arrebato de recortes -reformas en la neolengua del gobierno-, que parece ser fruto de la mera improvisación y de la nula reflexión, ha borrado de un plumazo este convenio para intérpretes policiales en comisarías de núcleos turísticos. Además de enviar a unos cientos de profesionales a engrosar las listas del paro, este recorte supone un ataque directo a la línea de flotación de uno de los principales motores económicos de España: el turismo.

 Creo que conviene tener en cuenta que la seguridad se basa, en gran medida, en sensaciones. Por ello, un servicio de interpretación en comisarías supone no solo un valor añadido al Estado y a la zona que cuenta con dicho servicio, sino que también ayuda a mitigar la sensación de inseguridad del denunciante y a hacerle sentir que el país anfitrión se preocupa por su seguridad y por su bienestar. Por este motivo, en un contexto de crisis económica internacional y con tantos competidores en materia turística, eliminar este servicio que, repito, supone un valor añadido, es un coste de oportunidad que no se puede dejar pasar. Por eso, me pregunto si los empresarios turísticos de este país han reflexionado lo más mínimo al respecto.

LA RESPUESTA DEL GOBIERNO

 Fue hace unos tres meses cuando el gobierno anunció que iba a suprimir el servicio de interpretación en las oficinas de denuncias de las comisarías de los principales núcleos turísticos. Si bien esta noticia no la recogieron de manera masiva los periódicos ni las televisiones nacionales, los principales turoperadores europeos han sabido utilizarla a su antojo a la hora de negociar nuevos contratos con algunas cadenas hoteleras españolas. Además, la noticia en sí se presta, y bien, a la demagogia.

Frases del tipo “no hay intérpretes para los turistas pero sí para los delincuentes” no son más que falacias que solo consiguen despistarnos del tema principal. Por ello, aunque sea cierto, conviene recordar que, según el Artículo 520 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, todo detenido tiene, “derecho a ser asistido gratuitamente por un intérprete, cuando se trate de extranjero que no comprenda o no hable el castellano [sic]”.

El gobierno, que sabe en qué consisten la demagogia y las falacias, ha querido mitigar las posibles consecuencias que la cancelación de este servicio pueda ocasionar. Por ello, recientemente anunció, a través de una nota de prensa del CNP, que ponía en marcha un servicio de denuncias telefónicas destinado a turistas que pudieran ser víctimas de faltas o delitos. La nota de prensa no tiene desperdicio. He aquí un fragmento:

 “El teléfono 902 102 112 estará disponible hasta el mes de octubre y será atendido por agentes de la Policía Nacional con avanzados conocimientos en idiomas, en horario de 09:00 a 21:00 horas para los idiomas inglés, francés y alemán.”

 

A MODO DE CONCLUSIÓN Y REFLEXIÓN

 Al margen de mis más que conocidas discrepancias con el gobierno y sus medidas, he sacado varias conclusiones sobre lo acontecido en torno a este servicio:

  1. Según mis informaciones, el servicio de denuncias telefónicas para extranjeros se suspendió en el mes de mayo, cuando la empresa adjudicataria entró en suspensión de pagos. Por lo tanto, el gobierno anuncia como novedad un servicio que existía hasta hace apenas unos meses. Además, por si fuera poco, este servicio solo funcionará hasta el mes de octubre, de manera que no atiende las especificidades de zonas como Canarias, donde la temporada alta no coincide con la temporada alta de la Costa Brava, Levante o Andalucía, por citar algunas.
  1. A juzgar por la información de la nota de prensa, el crowdsourcing también afecta a la policía. No dudo de las capacidades y de los conocimientos lingüísticos de los agentes pero creo que la policía ha recibido una formación para una tarea bien distinta a la de interpretar. Además, tampoco habrá un intérprete en comisaría que revise la denuncia con el turista para confirmar que lo denunciado es correcto antes de firmarla. Quien alguna vez haya llamado a un servicio de atención telefónica podrá imaginarse las consecuencias, máxime en una lengua que no es la propia. Me viene a la mente un símil con el Ecce Homo de Borja pero creo que no hace falta ni mencionarlo.
  1. Por último, en relación con las empresas del sector turístico español y con las medidas del gobierno en materia turística, me surge constantemente una pregunta: de todos los licenciados en económicas y empresariales que hay en el gobierno y en las principales cadenas del sector turístico, ¿alguno conoce la diferencia entre gastar e invertir?

Abrazos desde Canarias.

INICIATIVA: Anecdotario de traductores, intérpretes y profesiones afines

 

Antecedentes

Estos días, el juego de la “patata caliente”, organizado por Carlos Gutiérrez en su blog, ha permitido no solo poner en contacto a un nutrido grupo de traductores e intérpretes, sino también dar a conocer parte del día a día de cada uno en los distintos ámbitos de nuestra actividad estudiantil o profesional.

A propósito de ello, este servidor le sugería a Carlos lanzar una campaña de recopilación de anécdotas que pudieran dar a conocer la profesión y las prácticas que a todos nos ocurren en el ejercicio de nuestra labor. Si bien ya existe un libro que recopila de manera magistral numerosas situaciones en las que todos nos vemos en cierta medida reflejados –el libro de Mox, del inigualable Alejandro Moreno-, dicho libro contiene una gran carga de ironía, por lo que, junto con el hecho de que está escrito en inglés, muchos de nuestros clientes no lo entenderían fácilmente.

También se nos ocurre mencionar en este relato de antecedentes, el “Diccionario español de burradas” elaborado por nuestro admiradísimo Xosé Castro. Dicho libro, humilde y fácilmente accesible a través de Internet, no solo constituye una inagotable fuente de carcajadas, sino que también ayuda a concienciar sobre el uso de la lengua española y, además, sirvió de precedente para la posterior publicación en papel de “Inculteces“, del cual he adquirido numerosas copias que me han servido como un maravilloso regalo, incluso para algunos de mis clientes.

Asimismo, debo destacar que siempre me han llamado la atención esos libros que periódicamente se publican y que recogen las anécdotas de diversas profesiones, como las de médicos, enfermeros, periodistas e incluso de la guardia civil.

En último lugar y tomando como referencia nuevamente el “Diccionario español de burradas”, esta iniciativa nace de manera humilde. Si bien nos gustaría conseguir el mayor número de anécdotas posibles, la recopilación se publicará, en principio, en un documento pdf, dado que aspirar a más sería, en estos momentos, poco realista. Ahora bien, cualquier aportación y ayuda serán bienvenidas.

Motivos

Entre los motivos que se nos ocurren para justificar la necesidad de recopilar anécdotas de traductores e intérpretes y al margen de los ratos de entretenimiento y risas que dichas anécdotas podrían suponer, nos gustaría mencionar las siguientes.

1.    Una recopilación de anécdotas daría visibilidad a la profesión y a los profesionales;
2.    podría ayudar a concienciar o a educar a futuros clientes sobre cómo solicitar o adquirir un servicio de traducción;
3.    permitiría a sus lectores comprender que la traducción y la interpretación supone mucho más que el mero conocimiento de dos idiomas;
4.    podría servir para denunciar, de manera sutil, ciertas prácticas y estereotipos con los que el traductor y el intérprete se enfrenta a diario;
5.    podría servir de elemento educativo con el que los futuros estudiantes y profesionales de la traducción e interpretación conocer la profesión de una forma amena y cercana.

 

Participantes

Durante los correos electrónicos que hemos estado intercambiando para dar forma a esta propuesta, hemos convenido que sería interesante y conveniente que esta recopilación contara también con un apartado dedicado al anecdotario de estudiantes y profesores de traducción e interpretación, dado que, sin lugar a dudas, complementaría las anécdotas y relatos de los profesionales. Así pues, estamos convencidos de que todos tenemos muchas situaciones cómicas y no tan cómicas que contar, no solo del ámbito profesional, sino también de nuestra etapa de estudios, esa época en la que nos convertimos en correctores de cualquier expresión mal dicha por cualquiera de nuestros familiares.

Por ello, la idea principal es contar con el mayor número de aportaciones y con un amplio abanico de personas de distintos perfiles. Huelga decir que cada participante podrá enviar tantas anécdotas como desee y se le ocurran. La participación y el número de aportaciones son ilimitados.

Calendario

Para poder dar forma a esta idea y poder ponerla en marcha, hemos considerado necesario fijar un calendario, de manera que esta labor de recopilación no se prolongue indefinidamente.

La fecha última de entrega de las anécdotas será la siguiente:

Lunes, 16 de abril de 2012, en la dirección anecdotastei@yahoo.es.

A partir de esta fecha, los recopiladores -ya veremos quiénes somos- estudiaremos la posibilidad o la necesidad de ampliar el plazo o anunciaremos la finalización del proceso de recopilación.

Forma de participación

Para participar, se ha habilitado la dirección de correo electrónico anecdotastei@yahoo.es, a la que se deberán remitir las anécdotas hasta la fecha indicada.

Con respecto a la autoría, los participantes podrán firmar sus anécdotas con sus nombres o, si lo prefieren, indicar que prefieren mantener el anonimato. Entendemos que, por motivos de confidencialidad o porque podrían ponerles en entredicho ante clientes, profesores u otras personas, es necesario que exista esta posibilidad.

Para facilitar la clasificación de las anécdotas que se reciban, se proponen las siguientes normas:

1.    Se ruega enviar una sola anécdota por correo electrónico.
2.    En el asunto del correo, debe figurar una o varias de las etiquetas que se proponen debajo.
3.    En el caso de que el autor desee firmar la anécdota, deberá firmarla con su nombre al final del texto que remita por correo electrónico. Si se desea permanecer en el anonimato, la mera ausencia del nombre al final del correo bastará, dado que no se tendrá en cuenta la dirección del correo electrónico remitente.

Algunas de las etiquetas que se proponen son las siguientes:

–    Traducción

–    Interpretación

–    Subtitulación

–    Localización

–    Estudiantes (aquellas remidas por estudiantes o que versen sobre los estudios en TeI)
–    Profesores (anécdotas remitidas por profesores o relacionadas con el profesorado de TeI)
–    Tarifas
–    Traducción automática (sobre los traductores automáticos, Google Translate y otros mitos)
–    Estereotipos
–    Vestimenta (sobre la forma de vestir de traductores e intérpretes)
–    Encargos (sobre esos encargos surrealistas o poco habituales)

Estas etiquetas únicamente pretenden facilitar la tarea de recopilación y clasificación, por lo que podrán sugerirse y proponerse otras etiquetas en el asunto del mensaje del correo electrónico que se remita con la anécdota.

Por último, agradecemos de antemano no solo la participación, con la que esperamos contar, sino también la difusión de esta humilde iniciativa.

Reseña: Diccionario de atentados contra el idioma español

Esta misma semana, mantuve una conversación con un profesor sobre el concepto de motivación en las clases. Según me decía, muchos de sus alumnos se quejan de que los profesores no les motivan lo suficiente en clase. Él, sin embargo, considera que los alumnos deben venir motivados de casa, pues la enseñanza universitaria no supone una obligación para el alumnado, sino una decisión que, a priori, es consciente y libre.

En la misma conversación, surgió la cuestión relacionada con el uso de la lengua. Este profesor, cuya materia nada tiene que ver con las letras, se quejaba amargamente de la redacción de los trabajos que sus alumnos les presentan y también del uso de numerosos símbolos y abreviaturas que le resultan totalmente incomprensibles e impropios de la lengua. “La culpa es de la tecnología, de los móviles y de los chats”, me decía. También me denunciaba la gran cantidad de faltas de ortografía que observaba y, además, señalaba algo curioso: “Cuando ven que otro alumno comete una falta de ortografía, se burlan abiertamente. Sin embargo, son incapaces de darse cuenta de sus propios errores, en ocasiones más graves que aquellos de los que hacen mofa.”

A propósito de estas dos cuestiones, motivación y faltas de ortografía, me vino a la mente un libro con el que me divertí y me divierto a menudo, al tiempo que repaso ciertas expresiones incorrectas de la lengua española. Por eso, quería dar a conocer este documento insólito que podría lograr en parte del alumnado motivación y diversión a la hora de aprender sobre el buen uso de la lengua.

La obra en cuestión lleva por título “Diccionario de atentados contra el idioma español”, de Juan Aroca Sanz y publicado por la editorial Rescate, una firma que cuenta con libros sumamente curiosos y entretenidos.

En sus quinientas páginas, este diccionario recopila expresiones, términos y locuciones incorrectos que podemos escuchar a diario. Hasta aquí, podría parece que no es más que una versión o burda imitación de, por ejemplo, “El dardo en la palabra”. Pues no. En absoluto. El “Diccionario de atentados contra el idioma español” no solo recoge las incorrecciones y la manera correcta de expresarse, sino que además lo hace con humor, ironía y, en ocasiones, sarcasmo. Por este motivo, uno logra aprender al tiempo que esboza más de una sonrisa o incluso disfruta de alguna que otra carcajada.

Es probable que se hayan dado cuenta del llamativo término que aparece en el título: “atentados”. La elección no es aleatoria, sino que el autor se vale de este término para establecer, al inicio del libro, una serie de penas o condenas con las que sancionar el uso incorrecto del lenguaje. Así pues, según sea la metedura de pata del hablante o escribiente, Aroca Sanz propone distintas condenas en función de la gravedad: admonición o tarjeta –como en el fútbol-, arresto domiciliario, multa, campo de reeducación, jardín de infancia, calabozo, cárcel, cadena perpetua, hoguera e incluso horca.

Este libro, que será de gran utilidad para cualquier traductor, muestra gran cantidad de extranjerismos que vemos a diario en el español. Para la gran mayoría, el autor propone pena de cárcel, cuando no de horca.

Por último, debo decir que el ejemplar que tengo en mis manos, una edición ampliada y corregida de 2007, contó con la colaboración de algún colega de profesión, como el traductor e intérprete jurado Raúl García Pérez.

Optimismo, pesimismo y realismo

Recientemente, una colega de profesión, la traductora audiovisual y artista visual Alba Calvo Porrúa, publicó en su blog una interesante entrada sobre la situación laboral en España, los miedos del traductor tras terminar los estudios y las posibilidades de trabajar como traductor en plantilla o como autónomo.

Si bien la situación laboral en general -no solo en España- no es nada halagüeña, y al margen de mis preferencias y puntos de vistas al respecto, considero que vale la pena tratar de buscar aquellos aspectos positivos de los que podemos beneficiarnos los traductores a la hora de buscar trabaja y dedicarnos a nuestra profesión.

Lo que pretendo mostrar no es en absoluto inédito ni tampoco supone el descubrimiento de la pólvora; sin embargo, ante la avalancha de comentarios pesimistas que solo animan a hacer las maletas y emigrar a otro universo, me parece que es conveniente que tengamos presente que, en comparación con otros sectores, tenemos ciertas ventajas que podemos y debemos aprovechar. Solo pretendo mencionar tres puntos, si bien conozco muchas más razones para concebir un panorama no tan sombrío:

  1. La inversión inicial es irrisoria en comparación con la mayoría de profesiones: un ordenador, una línea de teléfono, conexión a Internet, impresora, el software necesario -lo hay gratuito y libre- y poco más.
  1. No es necesario disponer de una oficina abierta al público en la avenida más importante o concurrida de la ciudad. Internet y las distintas aplicaciones de comunicación nos permiten tener oficina en todos los países del mundo y junto al despacho de cada uno de nuestros clientes.
  1. Por último, la razón que, a mi juicio, es la más importante. La educación y el entretenimiento son, desde mi punto de vista, dos de los yacimientos de empleo más importantes que hay en la actualidad. Dicho lo cual, creo que nos conviene tener en cuenta que los mercados no son más que entes que, para funcionar e interactuar, necesitan comunicarse. Así pues, la traducción es, o debiera ser, una actividad esencial, máxime en un mundo globalizado e interconectado.

Quienes han tenido la paciencia de ver el vídeo que publiqué en la entrada anterior sabrán que hubo un momento en el que dejé de hacer caso a los comentarios optimistas y pesimistas -que de todo había. Sabía que quería dedicarme a la traducción y la interpretación y observé que otros podían. Dejé de escuchar a quienes decían que mi currículo era maravilloso y que todo el mundo querría contratarme y también dejé de hacer caso a quienes se defendían que es imposible trabajar de traductor, que el mercado estaba lleno de no licenciados que nos quitan el trabajo a los demás; incluso dejé de creer en lo que me habían dicho en la universidad, donde únicamente mencionaban la posibilidad de ser asalariado -y solo se hablaba de la traducción literaria- o de ser funcionario.

Cuando supe y pude desembarazarme de este tipo de opiniones, me di cuenta de que siempre habrá quien plantee situaciones llenas de tinieblas y también quien solo conciba paraísos. Por ello, para terminar, quiero reproducir una frase del escritor británico William George Ward; la considero muy apropiada para este momento, máxime ahora que estoy practicando windsurf: “El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas.”

Abrazos desde Canarias.

Mi presentación en las XIII Jornadas de Empleo y Desarrollo Local

Recientemente, me invitaron a participar como ponente en las XIII Jornadas de Empleo y Desarrollo Local que, cada año, organiza el Iltmo. Ayuntamiento de Santa Lucía (Gran Canaria). Cuando me ofrecieron la posibilidad de participar, les recomendé, además, que invitaran a nuestra colega Jennifer Vela. A mi juicio, esta traductora, intérprete, directora de la empresa Subbabel y, sobre todo emprendedora, podría aportar un testimonio y una experiencia que, a buen seguro, serían muy provechosos para los participantes y asistentes a estas jornadas, dedicadas este año a la emprendeduría y la innovación. A los organizadores les pareció bien y decidieron invitarla también. No me equivoqué. Su aportación fue sumamente interesante y provechosa.

El día siguiente, el 30 de noviembre, era mi turno. Participé en una mesa redonda junto con tres chicas más que acaban de constituir diversas iniciativas emprendedoras: una agencia de asesoramiento de imagen personal, un vivero de plantas y cultivos ecológicos y una agencia de viajes culturales. Si bien ellas están empezando, en mi caso, yo ya tengo unos cuantos años de experiencia y, además, soy el único que trabaja casi exclusivamente a través de Internet.

A petición de algunos asistentes, he grabado en casa la misma presentación y la he subido para aquellos a los que pueda interesarles. Espero que, en la medida de las posibilidades, pueda ayudarles.

Saludos desde Canarias.

Un diccionario imprescindible

La Malinche vuelve a hablar. Así se lo ha propuesto hoy y, por ello, vuelvo con un nuevo artículo a propósito de una sugerencia de un amigo traductor. Quienes me conocen saben de sobra que soy un bibliómano empedernido y que, a lo largo de los años, he conseguido hacerme con un buen fondo de biblioteca. Evidentemente, hay libros que uno utiliza más que otros y libros que nos resultan más o menos útiles.

Si bien los libros electrónicos y los diccionarios informatizados nos ayudan muchísimo y nos permiten ahorrar mucho tiempo a la hora de buscar términos, hay ciertos diccionarios que, a pesar de estar en papel y a pesar de su antigüedad, considero imprescindibles para cualquier traductor e intérprete. Hoy, por ello, quiero hablarles de un diccionario que, para mi sorpresa, no es tan conocido como yo pensaba, a pesar de resultar muy útiles para quienes traducimos e interpretamos del inglés al español. Les hablo del “Diccionario de dificultades del inglés”, de Alfonso Torrents dels Prats, publicado por la editorial Juventud.

Desde que lo descubrí, este libro me sorprendió porque nos ofrece términos y expresiones para esas palabras que, si bien todos conocemos qué significan, a veces se nos atragantan y no sabemos muy bien cómo traducir o interpretar. ¿Quién no se ha quedado dudando más de una vez a la hora de traducir, por ejemplo, la palabra “background” en un contexto que no esperábamos? También nos ayuda con traducciones poco conocidas para términos que, a simple vista, podrían ser tan sencillos de traducir como “benefit” o “banker”, por nombrar algunos.

Para quienes interpretamos en cabina, también nos resulta muy útil por los mismos motivos. De hecho, el poco volumen del diccionario nos permiten llevarlo cómodamente en el bolso del intérprete –algún día hablaremos de lo que debe contener y cómo debe ser-, por lo que podríamos considerar esta obra como un libro imprescindible para cualquier traductor o intérprete inglés – español.

Otro de los motivos por los que me gusta este libro es que no solo presenta los equivalentes de los términos en inglés, sino que explica brevemente su significado y aporta, además de las equivalencias, ejemplos extraídos de la prensa. Esta descripción consigue, por otra parte, que incluso pueda tomarse esta obra como un libro de lectura, ya que nos puede resultar ameno leerlo, a pesar de ser un diccionario, y nos sorprenderá, con total seguridad, a la hora de mostrarnos algunos términos habituales con definiciones y usos poco conocidos.

Abrazos desde Canarias.

Funciones y disfunciones de los intérpretes judiciales: una opinión

El Gascón Jurado acaba de publicar una reseña sumamente interesante sobre un libro que aborda la interpretación judicial. A propósito de lo vivido hace dos semanas en los juzgados, he querido dedicar un ratito a expresar una visión sobre las funciones y disfunciones –o malas prácticas, si se quiere– de quienes interpretamos para la justicia.

Lo que voy a exponer puede resultar de sentido común, básico o de primero de carrera. Sin embargo, por extremo que parezca, recientemente presencié una situación en la que había dos turistas alemanes como perjudicados, tres testigos británicos, un intérprete de alemán y yo mismo. De entre la larga conversación que mantuvo el intérprete de alemán con los perjudicados antes de la vista, recuerdo escucharle los siguientes titulares: “El sistema judicial español no es tan perfecto como el alemán”; “en España hay mucha inseguridad”; “si les preguntan si piden indemnización, digan que sí; y si no, pídanla igualmente”.

Dicho esto, creo que conviene recordar lo siguiente, por muy básico que parezca.

1. El intérprete como figura independiente. Somos humanos y, a menudo, se nos olvida que, independientemente de quién nos contrate para una interpretación en un juzgado, nuestro trabajo se limita a interpretar el mensaje. El cliente debe ser consciente de que nuestro trabajo no es adaptar el vocabulario a sus objetivos. Es interesante observar cómo, en función de para quién se interpreta, por ejemplo, demandado o demandante por decir algo, se tiene la tendencia de utilizar términos que suavizan o dulcifican la declaración, o por el contrario, términos o expresiones que la agravan. Por ejemplo, he visto a declarantes decir algo que no les convenía y, seguidamente, pedirle al intérprete que callara ese enunciado. Sin duda, a menudo se hace de manera inconsciente pero considero que hay que evitar dulcificar o agravar una declaración en función de si quien nos contrató fue una u otra parte. Nuestra función no es la de ser abogados ni asesores y, por lo tanto, nadie debe sentirse reprochado en ningún caso por un cliente ni por ningún abogado por haber interpretado sencillamente lo que se ha declarado.

2. El contacto con las partes. Todos los intérpretes tenemos la obsesión de conocer de qué se va a hablar, para así preparar un tesauro mental que nos permita una mayor agilidad a la hora de hacer nuestro trabajo. Por este motivo, es muy frecuente que el intérprete, al llegar a un juzgado para una declaración penal, pida información sobre el caso. Desde mi punto de vista, hablar con las partes antes de una vista o declaración puede hacernos un flaco favor. Cada parte contará una versión y, si escuchamos únicamente la versión de una de las partes, además de echar por tierras las garantías procesales, podemos hacernos una idea errónea del caso y, durante la declaración, jueces, fiscales y abogados podrían apreciar cierta contaminación en nuestra labor. Así pues, recomiendo preguntar siempre a los funcionarios sobre el tipo de procedimiento en cuestión y evitar las historias de buenos y malos que nos querrá contar cada cual.

3. La neutralidad. Como bien dije antes, somos humanos y tenemos nuestro corazoncito. Ahora bien, la realidad es infinitamente más compleja de lo que puede parecer y, por ello, sentir pena, rechazo, cariño o lo que se quiera por alguna de las partes de un procedimiento puede hacer que nuestra labor tienda a ser arbitraria. Normalmente, una interpretación arbitraria suele producirse cuando el intérprete ha dialogado previa y extensamente con alguna de los partícipes de un procedimiento; sobre todo, si en dicho procedimiento hay violencia o una buena historia de por medio. Es normal que el corazón se nos ablande pero la función de impartir justicia es del juez, no del intérprete. Si algo aprendí durante el tiempo que fui intérprete para la policía es que no hay que creerse ninguna versión, por duro o frío que parezca. El bueno puede convertirse en malo en cualquier momento.

4. Por último, aunque parezca de lo más elemental, si no se entiende algo, hay que preguntar cuantas veces sea necesario. Es preferible que se nos tache de no conocer una expresión o término -no somos diccionarios con patas- a que se nos acuse -en todo el sentido de la palabra- de una mala interpretación.

Lo anterior nos es más que, a mi juicio, el objetivo al que debe aspirar un intérprete judicial. Por muy poco valorada que esté nuestra profesión, jamás hay que perder de vista la responsabilidad de nuestra labor y las consecuencias que pueden derivarse, tanto para terceros como para nosotros mismos, por una interpretación mal hecha.

Crisis, ¿qué crisis?

 

Son muchas las veces que, a lo largo del día, mencionamos o escuchamos la palabra “crisis”. Se ha convertido en una palabra mágica que sirve para justificarlo todo y, en muchos casos y en muchas empresas, para acometer aquellas reformas o reajustes hace apenas un año serían injustificables desde cualquier punto de vista. Sin embargo, la ya manida fórmula “debido a la crisis nos vemos obligados a” se ha convertido en la frase perfecta para recortar derechos a muchos trabajadores –tanto autónomos como asalariados– o para solicitar una rebaja en las tarifas. Sin embargo, el miedo a quedar sin empleo hace que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, se acepten sin más tales recortes.

Por este motivo, asisto perplejo a la situación que los colaboradores de Lionbridge vienen soportando desde hace tiempo. Menciono a esta empresa de la misma manera que podríamos mencionar a muchas otras empresas dedicadas a la traducción y la interpretación; en los últimos años, casos similares al que hoy nos ocupa se repiten una y otra vez y son muchas las personas que se ven en el dilema de elegir entre comer y pagar la hipoteca o verse abocadas a las deudas y al desempleo. Este caso es aún más lesivo en el colectivo de traductores autónomos -la gran mayoría-, pues ni siquiera el traductor sabe cuál es su situación real, sino que un día el teléfono deja de sonar y dejan de llegar los encargos.

Hace unos meses, Eli Alonso publicaba en su blog la alianza a la que habían llegado Lionbridge e IBM y el consecuente incremento del 20% en cotización bursátil. Sin embargo, en ese mismo artículo, revelaba una situación que afectaba a cientos de colaboradores autónomos de Lionbridge en relación con el uso del programa de traducción que utiliza dicha empresa: Logoport. El artículo no tiene ningún desperdicio.

Según comenta Eli Alonso, un importante colectivo ha suscrito una carta que ha remitido a los responsables de la empresa para solicitarle a la empresa un cambio en sus recortes o en su política. Cito textualmente uno de los párrafos de la carta: “Los traductores hemos aceptado en los últimos años reducciones en las tarifas, descuentos por volumen, aumentos en los plazos de pago, la introducción de nuevas herramientas y procedimientos de control de calidad sin costes adicionales. Todas estas circunstancias han erosionado nuestro trabajo y nuestros ingresos han retrocedido a límites de hace 10 años.”

Uno no puede más que asombrarse al leer, en un solo párrafo, las condiciones laborales que cientos de traductores han tenido que aceptar -pasar por el aro- para seguir recibiendo encargos de esta o de otras empresas, al mismo tiempo que esa misma empresa tiene el descaro de anunciar a bombo y platillo alianzas estratégicas e impresionantes revalorizaciones bursátiles.

No dejo de pensar en la forma en que estas condiciones van a afectar –ya están afectando– a la calidad que estos traductores autónomos ofrecían a la empresa. Por mucho que un trabajador se esfuerce, si ajustan los plazos de entrega al tiempo que reducen las tarifas, el rendimiento no puede ser igual ni por supuesto mejor que el que se ofrecía anteriormente. Además, si para trabajar con esta empresa hay que utilizar un programa que solo se puede utilizar estando conectado a Internet ­–sin hablar del tiempo en que se desconecta el servidor cada día para sus tareas de mantenimiento–, ¿en qué nos convertimos? Y, por último, si además hay que pagar el alquiler del material con el que se trabaja, ¿qué nos queda por aceptar? Y yo me pregunto: ¿ha pensado la empresa en cómo ello afectará a la calidad de su producto? ¿Ha pensado la empresa cómo ello afectará a la calidad de vida de sus traductores?

Hay que decir que, según me cuentan, los traductores afectados se han unido –con lo difícil que resulta en un sector como el nuestro y sobre todo cuando se trabaja a través de Internet; además de enviar cartas con reivindicaciones en las que exigen a la empresa que dé marcha atrás en sus intenciones, han formado un grupo en Facebook y también se están organizando charlas para denunciar lo que está ocurriendo. Sin duda, es un gran paso adelante y es una buena manera de empezar a concienciarse y aprender a arriesgarse a aprender a decir basta.

A propósito de todo esto -y yo no digo nada, pero…-, un compañero mío que sí suele trabajar para esta empresa se hacía varias preguntas: “¿Y los autónomos tenemos derecho a huelga? ¿Y tenemos que anunciarla? ¿Y si nos pusiéramos de acuerdo todos los afectados y no entregáramos los trabajos que nos han encargado? ¿Y qué pasaría si lo hiciéramos todos a la vez para la misma semana? ¿Qué ocurriría con las acciones de esta empresa? ¿No sería maravilloso hacer este experimento bursátil?”

Ojalá tuviera las respuestas.