Una opinión a propósito de la intérprete de Gamescom 2013

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Foto utilizada bajo licencia Creative Commons (CC BY-SA 2.0).
La fotografía pertenece a Begoña Martínez.

 

Tras mucho tiempo sin escribir nada en esta bitácora, me gustaría romper este largo silencio a propósito de una intérprete que, durante estos últimos días, ha protagonizado la actualidad sin quererlo. Como muchos imaginan, se trata de la interpretación de la conferencia de Sony Gamescom.

Si bien estoy de acuerdo con todos —como para no estarlo— en que el servicio de interpretación de los pocos minutos que se han divulgado dejó mucho que desear, me gustaría, no obstante, romper una lanza a favor de la intérprete y, al mismo tiempo, reflexionar sobre las furibundas críticas y las humillaciones de las que ha sido víctima estos últimos días. Con independencia de la profesionalidad y la posible maestría de esta intérprete, estoy convencido de que le costará mucho volver a entrar en una cabina, tanto por el juicio público al que se ha visto expuesta, que redundará en el hecho de que la vuelvan a contratar para conferencias, como por el componente personal y de autoestima.

Antes de nada, quiero dejar claro que no pretendo afear el comportamiento de ninguna de las personas que han hecho no crítica sino también burla de la intérprete. Cada cual está en su derecho de expresar su libre opinión sobre lo que le plazca de la misma manera que lo hago yo por este medio y por otros. Sin embargo, sí me gustaría, sobre todo, suscitar una reflexión sobre lo expuestos que nos vemos cuando nos tanto traducir como interpretar. Es más, me ha llamado la atención que las críticas más duras hayan venido precisamente de traductores y de intérpretes, quienes —a mi juicio— deberían tener más argumentos que nadie para intentar comprender por qué pudo ocurrir algo así.

De la misma manera que ocurrió recientemente en el famoso juicio sobre dopaje con una intérprete que, además, recibió otra reprimenda pública por trabajar para la empresa para la que trabaja, observo con tristeza una falta de empatía ante los errores de nuestros compañeros de profesión. Reitero que la interpretación era pésima pero creo que desconocemos el trasfondo del asunto y, sin dicha información, podemos ser muy injustos en nuestras apreciaciones. Por ello, solo puedo demostrar lástima y empatía ante lo ocurrido.

He leído comentarios sobre si cobró mucho o poco, si era profesional o no, si la empresa la contrató porque se vendió por muy poco dinero, si ni siquiera se documentó para preparar la interpretación, si fue la empresa la que la contrató a última hora y no le facilitó información, etcétera, etcétera, etcétera. Ya puestos a especular, me gustaría mencionar que la intérprete no trabaja hacia su idioma materno, que no sabemos cuál es la calidad del sonido que recibía, si se vio obligada a hacerlo por alguna urgencia de algún compañero o si era empleada de la empresa que, para ahorrarse un dinerillo, le asignó la interpretación dentro de sus tareas mensuales con eso del «da igual; lo haremos como un servicio adicional; todo el mundo entiende el inglés». Si queremos, podemos especular ad infinitum, pero creo que nos equivocamos.

Como muchos saben, me dedico a la traducción y también a la interpretación; mi comprensión ante lo sucedido y mi resistencia a hacer leña del árbol caído se deben a que, a lo largo de mis años de experiencia como intérprete, me he visto en situaciones muy complejas que he tenido afrontar obligado por diversas circunstancias. Además, son muchos los factores que inciden en la calidad de una interpretación: maestría, conocimiento, documentación y preparación, dirección a la que se interpreta, calidad de sonido, características ambientales y ubicación de la cabina, velocidad del discurso del orador y cansancio, entre muchos otros. Con respecto a estos diez factores —la enumeración podría continuar—, si sus condiciones individuales no son óptimas, la calidad no hará más que empeorar.

En lo que se refiere a la documentación y la preparación, debo decir que, como ya han podido leer en este blog, tuve la suerte de interpretar al cineasta Mark Rappaport en consecutiva. Hablaba de cine pero ha sido de las interpretaciones más difíciles que he hecho en mi vida. A pesar de haberme documentado muchísimo —aunque este director es bastante poco conocido y bastante alternativo en sus obras—, me resultó especialmente difícil seguirle el ritmo cuando, como especialista en el cine estadounidense de la década de 1930, 1940 y 1950, empezó a pronunciar títulos de películas con sus correspondientes directores y actores. Si lo llego a interpretar en cabina de simultánea, es posible que el protagonista del vídeo hubiese sido yo.

Por último, creo que todos coincidimos en que las condiciones que se dieron no fueron las óptimas. En ese caso, deberíamos aprovechar no para arremeter contra las intérprete —la de Gamescom 2013 y la del juicio sobre el dopaje— sino para reivindicar que, para conseguir un buen servicio, se necesitan buenas condiciones de trabajo. No todo el mundo puede permitirse rechazar una tarifa baja, no todos los clientes facilitan información antes de un evento, no siempre se ponen a dos intérpretes por cabina y no siempre contratan al intérprete con la debida antelación, por solo mencionar algunas de las situaciones diarias que terminan dando el resultado observado. Es cierto que ambas intérpretes pudieron y debieron negarse a prestar un servicio en tales condiciones y no lo hicieron, lo cual les supondrá una importante mácula y un gran obstáculo en sus respectivas trayectorias profesionales. En este sentido, si bien me faltan datos para criticar dicho comportamiento, solo puedo decir que nos ofrecen una lección que debemos aprender. Tomemos nota de ello.

Saludos.

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Un diccionario imprescindible

La Malinche vuelve a hablar. Así se lo ha propuesto hoy y, por ello, vuelvo con un nuevo artículo a propósito de una sugerencia de un amigo traductor. Quienes me conocen saben de sobra que soy un bibliómano empedernido y que, a lo largo de los años, he conseguido hacerme con un buen fondo de biblioteca. Evidentemente, hay libros que uno utiliza más que otros y libros que nos resultan más o menos útiles.

Si bien los libros electrónicos y los diccionarios informatizados nos ayudan muchísimo y nos permiten ahorrar mucho tiempo a la hora de buscar términos, hay ciertos diccionarios que, a pesar de estar en papel y a pesar de su antigüedad, considero imprescindibles para cualquier traductor e intérprete. Hoy, por ello, quiero hablarles de un diccionario que, para mi sorpresa, no es tan conocido como yo pensaba, a pesar de resultar muy útiles para quienes traducimos e interpretamos del inglés al español. Les hablo del “Diccionario de dificultades del inglés”, de Alfonso Torrents dels Prats, publicado por la editorial Juventud.

Desde que lo descubrí, este libro me sorprendió porque nos ofrece términos y expresiones para esas palabras que, si bien todos conocemos qué significan, a veces se nos atragantan y no sabemos muy bien cómo traducir o interpretar. ¿Quién no se ha quedado dudando más de una vez a la hora de traducir, por ejemplo, la palabra “background” en un contexto que no esperábamos? También nos ayuda con traducciones poco conocidas para términos que, a simple vista, podrían ser tan sencillos de traducir como “benefit” o “banker”, por nombrar algunos.

Para quienes interpretamos en cabina, también nos resulta muy útil por los mismos motivos. De hecho, el poco volumen del diccionario nos permiten llevarlo cómodamente en el bolso del intérprete –algún día hablaremos de lo que debe contener y cómo debe ser-, por lo que podríamos considerar esta obra como un libro imprescindible para cualquier traductor o intérprete inglés – español.

Otro de los motivos por los que me gusta este libro es que no solo presenta los equivalentes de los términos en inglés, sino que explica brevemente su significado y aporta, además de las equivalencias, ejemplos extraídos de la prensa. Esta descripción consigue, por otra parte, que incluso pueda tomarse esta obra como un libro de lectura, ya que nos puede resultar ameno leerlo, a pesar de ser un diccionario, y nos sorprenderá, con total seguridad, a la hora de mostrarnos algunos términos habituales con definiciones y usos poco conocidos.

Abrazos desde Canarias.

Funciones y disfunciones de los intérpretes judiciales: una opinión

El Gascón Jurado acaba de publicar una reseña sumamente interesante sobre un libro que aborda la interpretación judicial. A propósito de lo vivido hace dos semanas en los juzgados, he querido dedicar un ratito a expresar una visión sobre las funciones y disfunciones –o malas prácticas, si se quiere– de quienes interpretamos para la justicia.

Lo que voy a exponer puede resultar de sentido común, básico o de primero de carrera. Sin embargo, por extremo que parezca, recientemente presencié una situación en la que había dos turistas alemanes como perjudicados, tres testigos británicos, un intérprete de alemán y yo mismo. De entre la larga conversación que mantuvo el intérprete de alemán con los perjudicados antes de la vista, recuerdo escucharle los siguientes titulares: “El sistema judicial español no es tan perfecto como el alemán”; “en España hay mucha inseguridad”; “si les preguntan si piden indemnización, digan que sí; y si no, pídanla igualmente”.

Dicho esto, creo que conviene recordar lo siguiente, por muy básico que parezca.

1. El intérprete como figura independiente. Somos humanos y, a menudo, se nos olvida que, independientemente de quién nos contrate para una interpretación en un juzgado, nuestro trabajo se limita a interpretar el mensaje. El cliente debe ser consciente de que nuestro trabajo no es adaptar el vocabulario a sus objetivos. Es interesante observar cómo, en función de para quién se interpreta, por ejemplo, demandado o demandante por decir algo, se tiene la tendencia de utilizar términos que suavizan o dulcifican la declaración, o por el contrario, términos o expresiones que la agravan. Por ejemplo, he visto a declarantes decir algo que no les convenía y, seguidamente, pedirle al intérprete que callara ese enunciado. Sin duda, a menudo se hace de manera inconsciente pero considero que hay que evitar dulcificar o agravar una declaración en función de si quien nos contrató fue una u otra parte. Nuestra función no es la de ser abogados ni asesores y, por lo tanto, nadie debe sentirse reprochado en ningún caso por un cliente ni por ningún abogado por haber interpretado sencillamente lo que se ha declarado.

2. El contacto con las partes. Todos los intérpretes tenemos la obsesión de conocer de qué se va a hablar, para así preparar un tesauro mental que nos permita una mayor agilidad a la hora de hacer nuestro trabajo. Por este motivo, es muy frecuente que el intérprete, al llegar a un juzgado para una declaración penal, pida información sobre el caso. Desde mi punto de vista, hablar con las partes antes de una vista o declaración puede hacernos un flaco favor. Cada parte contará una versión y, si escuchamos únicamente la versión de una de las partes, además de echar por tierras las garantías procesales, podemos hacernos una idea errónea del caso y, durante la declaración, jueces, fiscales y abogados podrían apreciar cierta contaminación en nuestra labor. Así pues, recomiendo preguntar siempre a los funcionarios sobre el tipo de procedimiento en cuestión y evitar las historias de buenos y malos que nos querrá contar cada cual.

3. La neutralidad. Como bien dije antes, somos humanos y tenemos nuestro corazoncito. Ahora bien, la realidad es infinitamente más compleja de lo que puede parecer y, por ello, sentir pena, rechazo, cariño o lo que se quiera por alguna de las partes de un procedimiento puede hacer que nuestra labor tienda a ser arbitraria. Normalmente, una interpretación arbitraria suele producirse cuando el intérprete ha dialogado previa y extensamente con alguna de los partícipes de un procedimiento; sobre todo, si en dicho procedimiento hay violencia o una buena historia de por medio. Es normal que el corazón se nos ablande pero la función de impartir justicia es del juez, no del intérprete. Si algo aprendí durante el tiempo que fui intérprete para la policía es que no hay que creerse ninguna versión, por duro o frío que parezca. El bueno puede convertirse en malo en cualquier momento.

4. Por último, aunque parezca de lo más elemental, si no se entiende algo, hay que preguntar cuantas veces sea necesario. Es preferible que se nos tache de no conocer una expresión o término -no somos diccionarios con patas- a que se nos acuse -en todo el sentido de la palabra- de una mala interpretación.

Lo anterior nos es más que, a mi juicio, el objetivo al que debe aspirar un intérprete judicial. Por muy poco valorada que esté nuestra profesión, jamás hay que perder de vista la responsabilidad de nuestra labor y las consecuencias que pueden derivarse, tanto para terceros como para nosotros mismos, por una interpretación mal hecha.

Mi experiencia como intérprete en un festival de Cine

Aunque no solo trabajo de intérprete, aproximadamente el 30% de mi trabajo tiene que ver con la interpretación. Casi todos los meses, trabajo durante una semana como intérprete judicial, un campo muy interesante y del que prometo hablar algún día e incluso solicitar alguna colaboración para el blog.

Al margen de la interpretación judicial, también suelo trabajar –no mucho ni todo lo que me gustaría– como intérprete de conferencias y en diversos congresos. Para ello, todas las semanas, dedico un par de horas, en ratitos libres, a practicar la interpretación simultánea y, para la consecutiva, la toma de notas, pues la interpretación no solo requiere un buen conocimiento de campos especializados sino, por supuesto, una buena técnica de toma de notas y una buena técnica de interpretación simultánea que hay que practicar constantemente, como si se entrenara para competir en cualquier actividad deportiva.

Muchos estudiantes de traducción e interpretación consideran que la interpretación es más difícil en función de la materia que se vaya a abordar y, por ello, preparan más la materia cuando se trata de un campo técnico que cuando se trata de un campo más accesible o más conocido por todos. Lo mismo les ocurre a los clientes, quienes, por dominar la materia en la que trabajan, consideran que ya todos los demás debemos conocer ese campo. Por eso, un cliente siempre dirá: “no es muy técnico” o “el vocabulario no es nada técnico”.

Tras esta inmensa introducción, quisiera hablar de mi experiencia como intérprete en festivales internacionales de cine. Para los neófitos, diré que no se trataba de interpretar las películas. Para eso hay unos traductores magníficos que se dedican a la subtitulación y que, metidos en una especie de cueva, se pasan horas y horas tratando de adaptarse a las exigentes técnicas de la subtitulación. Mi trabajo, en cambio, era el de interpretar cualquier actividad en la que participara alguno de los invitados del festival: directores, actores, productos, críticos, etc. Los festivales de cine suelen organizar presentaciones de películas, proyecciones, coloquios con directores y actores –los llamados Q&A­–, ruedas de prensa, talleres, entrevistas y un sinfín de actividades interesantes para un público que, normalmente, sabe mucho de cine y de la historia del cine.

Hace unos meses, hablando con unos alumnos de traducción e interpretación, me decían que interpretar en un festival de cine es el tipo de interpretación más fácil, pues el vocabulario especializado es muy poco. Como suelen decir por aquí, “la ignorancia es un atrevimiento” y explicaré por qué.

Si bien he tenido el placer de trabajar en todo tipo de conferencias –odontología, medio ambiente, política, economía, fiscalidad, etc.– y para todo tipo de organizaciones, las interpretaciones más complicadas han sido las relacionadas con las artes, pues el vocabulario podrá ser reducido pero no la extensión del campo en cuanto a artistas, títulos o corrientes.

Como ejemplo pondré este año en el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria. Durante los casi diez días que duró el evento, fui la sombra de un interesantísimo creador cinematográfico, el neoyorquino Mark Rappaport. Este autor, más que director, es un artista lúcido y visionario que, ya a principios de los años 90, creó importantes piezas cinematográficas, cargadas de simbolismo y de crítica política y social, a través del collage de vídeo y mediante herramientas bastante rudimentarias por aquellos días, como el reproductor y grabador de cintas de vídeo, el VHS.

Interpretar a Mark Rappaport es un placer pero también constituye un enorme reto, pues él es todo un especialista en los años dorados del cine estadounidense y conoce de memoria el nombre de directores, actores, actrices, guionistas, etc, además de sus títulos. He aquí donde radica la gran dificultad. En cualquier entrevista, rueda de prensa, coloquio e incluso en la clase magistral que tuve que intepretar, Rappaport deslumbraba con su amplio conocimiento y, este pobre intérprete, por mucho que tomara buena nota de lo que iba diciendo, no podía reproducir al español todos los títulos de películas que mencionó, pues es imposible conocer los títulos en español de cualquier película. Es más, en ocasiones, los títulos cambian en cada país de lengua española. A pesar de estas dificultades, el público espera saber de manera inmediata qué se ha dicho en el otro idioma y cualquier error, por pequeño que sea, puede resultar imperdonable para el público especializado, de lo cual puedo dar fe. No obstante, debo decir que, a todo ello, hay que sumarle que no soy precisamente el mayor especialista en cine clásico ni tampoco contemporáneo.

Así pues, si en la entrada anterior dábamos algún consejo con respecto a la organización de las tareas y a la gestión del tiempo, en esta ocasión, podemos decir que, en interpretación, todo el vocabulario es técnico y que lo que parece fácil no siempre lo es tanto.

Saludos desde Canarias.

Sobre el lenguaje pseudoliterario de las instituciones

Ya no hay marcha atrás. Mi compromiso de utilizar esta vía de diálogo y reflexión con ustedes es firme. Por eso, hoy quería compartir -más bien desahogarme- esos pensamientos que, bien como traductores, intérpretes o como simples usuarios del lenguaje, nos vienen a menudo a la cabeza.

Hace apenas hora y media, llegué de una interpretación simultánea. No hago mucha interpretación simultánea pero, al menos, intento mantenerme en forma y preparado para cuando surgen estas oportunidades y, por este motivo, intento sacar tiempo de donde no lo hay para practicar en casa con los ejercicios, textos y conferencias que nos brinda la red. La conferencia de hoy no iba a ser larga pero, como bien sabemos y bien decían los filósofos de la Antigua Grecia, todo tiende al caos y, por eso, cualquier acto que se precie por esta área geográfica –perdón por el cliché– comienza siempre tarde.

Para cualquier intérprete de cabina poco entrenado, un acto retrasado y una agenda complicada es siempre un problema, pues implica que los ponentes leerán sus discursos a toda máquina. Afortunadamente, en muchas ocasiones, se nos facilitan los discursos que van a leer. Sin embargo, por mucho que uno los prepare, la rapidez de la lectura del ponente, los posibles problemas audición, los nervios, la ubicación de la cabina de interpretación, la luz, el calor y un largo etcétera de factores de todo tipo, dificultan sobremanera la calidad de la interpretación y, evidentemente, la comunicación entre quienes desean entenderse. Si bien todos los factores mencionados son entendibles por el público y también por los periodistas -algún día podremos hablar de cómo nos tratan los medios de comunicación-, hay otros factores en los que creo que pocas veces se repara a la hora de evaluar nuestro trabajo, ya sea como traductores o como intérpretes.

Ayer, mientras preparaba uno de los discursos que uno de los ponentes iba a leer hoy -agradezco profundamente el esfuerzo de quien nos lo consiguió-, no pude menos que acordarme del asesor al que le tocó redactar el discurso. Leí tres veces el discurso y traté de resumirlo y, les confieso, no saqué ninguna idea en claro. Puedo decirles de qué hablaba pero no les podría decir ni una sola idea concreta; ni una sola propuesta; ni una sola reflexión trascendente. El discurso era, más bien, una antología de citas y máximas sacadas de no sé qué página de Internet con las que se pretendía únicamente rellenar un hueco dentro de la lista de autoridades y cumplir con el protocolo.

Lo preocupante del caso no es que este hecho se produzca en el lenguaje oral -que ya lo es, fundamentalmente debido a la importancia del evento y al hecho de no decir absolutamente nada-, sino sobre todo que esta vaguedad lingüística y esta vocación literaria de quienes redactan este tipo de documentos en las administraciones públicas es también un hecho consolidado en la lengua escrita de las instituciones. Podría pensarse que cobran por palabras o que se concede algún premio por la calidad literaria de los redactores pero está claro que no es así.

Lo que me pregunto -y no sé hasta qué punto muchos traductores se lo toman como una responsabilidad profesional- es si somos capaces de decirles a los autores de un documento que lo que ha escrito se podría decir mejor y con menos palabras. Se abren ante nosotros distintas alternativas: callar y traducir como a uno le apetece; decirlo y tratar de mejorar el documento original o, también, entre otras muchas alternativas posibles, callar y traducir lo que nos han dado como buenamente podamos.

Me interesaría poner en común qué hacen ustedes ante esta situación y cuáles son las reacciones recibidas. ¿Qué les parece?

Saludos desde Canarias.