Sobre el difícil arte de revisar traducciones

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Recientemente, nuestra colega Isabel García Cutillas publicaba en su blog un artículo titulado «Cuando el revisor, en lugar de corregir, destroza». Cuando lo leímos, nos llamó muchísimo la atención, pues venía a poner el dedo en la llaga sobre un asunto que, a nuestro juicio, parece haberse generalizado: críticas injustificadas y sobrecorrecciones por parte de revisores.

Es innegable que todos cometemos errores, todos nos equivocamos y a ninguno nos gusta ser objeto de crítica, mucho menos cuando la crítica es negativa; cuando la crítica tiene, además, una finalidad destructiva, la situación resulta muchísimo más desagradable.

Según nos comentan muchos compañeros y a juzgar por algunas experiencias recientes vividas por los que aquí redactan, la tarea de la revisión parece haber dado pie a una suerte de piratería —como lo denomina un compañero— consistente en criticar al traductor con el objetivo, en unos casos, de conseguir más encargos por parte de ese cliente y, en otros casos, de justificar la factura de la revisión y demostrar que se ha trabajado en el texto. No es posible que las correcciones indebidas e injustificadas se deban a que los revisores son cada vez peores; nos negamos a creerlo. Ahora bien, sea por el motivo que sea, observamos una creciente crispación entre traductores y revisores a consecuencia de revisiones excesivas o desproporcionadas. Este hecho provoca, en el peor de los casos, la pérdida de clientes para el traductor o para el corrector, así como la pérdida de credibilidad por parte de aquel que queda en evidencia. En el mejor de los casos, este hecho deriva en la pérdida de un tiempo valiosísimo que hay que dedicar a justificar si tal o cual corrección procede o no.

Digámoslo claro: revisar y corregir es sumamente difícil. Además, tal y como comenta Isabel García Cutillas, esta tarea puede resultar sumamente enriquecedora tanto para el traductor como para el revisor, pues ambas partes aprenden diversas formas de expresar un mismo mensaje y también consiguen pulir ciertos errores o conocer normas gramaticales, ortográficas o estilísticas que hasta el momento se desconocían. De hecho, quién no ha descubierto estar equivocado tras ver su propio texto corregido o cuando se disponía señalar un supuesto error en el texto de otro.

Ante todo, debe tenerse en cuenta que revisar no es reescribir el texto y, sobre todo, que la revisión y la corrección debe justificarse y aplicarse a errores objetivos. Somos muchos los que hemos recibido en los últimos tiempos documentos plagados de cambios que parecían más propios de una demostración de conocimientos sobre sinonimia que de una revisión propiamente dicha. Es muy probable que, en la búsqueda de sinónimos —la sinonimia absoluta rara vez existe—, el revisor emplee términos poco precisos en la materia sobre la que se corrige.

Dicho esto, dado que esta nota no pretende cargar las tintas contra los revisores —al final todos trabajamos de revisores en algún momento— y, repetimos, dado que todos nos equivocamos y nadie es poseedor de la verdad absoluta, pretendemos ofrecer una muy humilde guía con la cual orientar y orientarnos a la hora de acometer revisiones de traducciones.

Antes de decidirnos a redactar este artículo, hemos reflexionado mucho sobre esta problemática; lo primero que hemos tenido en cuenta es que, si bien es probable que nos hayan enseñado a redactar y a corregir textos en nuestro propio idioma, nadie nos ha enseñado a corregir las traducciones de terceros, una circunstancia que podría justificar la tentación de querer reescribir el texto a nuestra manera. Si a ello añadimos que todos tenemos nuestros egos, nuestras preferencias y nuestras manías, podemos vernos en una encrucijada ciertamente difícil.

Mientras decidíamos si redactar o no este artículo —quizá como forma de desahogo—, hemos acometido una labor de búsqueda y hemos descubierto, entre muchas reflexiones individuales, dos obras que merecen toda nuestra atención: el Manual de revisión de la Comisión Europea y la obra de Brian Mossop, Revising and Editing for Translators, publicado por St. Jerome.

Ambas obras de referencia hacen hincapié en dos conceptos: la objetividad de las revisiones y la necesidad de contar con una justificación razonada que respalde cada cambio. Tal y como hemos mencionado, a la hora de revisar, conviene estar bien pertrechado de obras de referencia con las que argumentar si una oración está mal construida, si una preposición es incorrecta, si un término está mal traducido porque es un falso amigo o si la puntuación es errónea y puede provocar malentendidos. Así pues, disponer de diccionarios, gramáticas, libros de ortografía y ortotipografía, manuales de estilo y otras obras de consulta es fundamental —más bien obligatorio— para quien corrige.

Según la obra de Mossop, que recomendamos encarecidamente, el revisor debe detectar diversos tipos de problemas en un texto:

  1. La exactitud y la integridad del texto. Aunque parezca una perogrullada, para revisar una traducción hay que tener a mano, en todo momento, el documento original. De lo contrario, se pueden cometer errores imperdonables e injustificables.
  1. Gramática, ortografía, ortotipografía. Puede parecer también una obviedad. Sin embargo, no siempre todo lo que parece ser un error gramatical, ortográfico y ortotipográfico lo es. Por ello, hay que contar con fuentes de referencia en las que consultar en todo momento si aquello que creemos incorrecto es aceptable, optativo o incluso preferible.
  1. Coherencia y cohesión. Estos dos principios básicos que debe reunir todo texto a menudo se pasan por alto. Conseguir coherencia y cohesión o —expresado de otra forma— lógica y fluidez textual no solo tiene que ver con la traducción. Algunos idiomas como el inglés son parcos en marcadores discursivos y, por mucho que no figuren explícitamente en el original, el traductor debe sacarlos a la luz para que así la traducción resulte menos exótica y resulte más natural y más fluida desde el punto de vista lingüístico.
  1. Adecuación, registro y terminología específica. A la hora de revisar un texto, conviene saber si la traducción cumple o no con el objetivo para el que se tradujo. Por ello, es fundamental conocer quién va a utilizar la traducción, a quién está destinada, con qué finalidad, qué registro se pretende utilizar y si existe una terminología específica que respetar. Por ello, antes de siquiera empezar a revisar, es necesario estudiar a fondo cualesquiera guías de estilo, glosarios, instrucciones o recomendaciones que el cliente utilice.
  1.  Estilo. Esta característica puede resultar sumamente subjetiva en algunos casos; así pues, si las características antes descritas no resultan un problema grave en el texto, alegar cuestiones de estilo para argumentar la reescritura de una traducción puede ser una justificación sumamente débil. Es más, si se considera que un documento tiene errores de estilo por los que la traducción debe reescribirse, es preferible devolver el documento al cliente o intermediario y señalar los motivos.

Dicho esto, nos gustaría reproducir los principios sobre revisión que la Comisión Europea enumera en el ya citado Manual de revisión:

1.    Partir de la presunción de buena calidad de la traducción.

2.    Dedicar a la revisión un esfuerzo proporcional a la importancia del texto.

3.    No dudar en rechazar toda traducción que considere muy deficiente.

4.    No reescribir una traducción.

5.    No erigir en norma sus preferencias personales.

6.    Intervenir siempre que, entendiendo el original, no entienda la traducción.

7.    Considerar que cuantos menos cambios introduzca, mejor.

8.    Argumentar mediante referencias a fuentes concretas toda corrección que no

se justifique por sí misma.

9.    Asegurarse de la pertinencia de sus correcciones.

10.  Señalar los casos dudosos.

11.  Entender que el diálogo con el traductor es fundamental.

12.  Considerar  siempre  la  revisión  como  un  acto  de  aprendizaje,  tanto  para  el

revisor como para el traductor.

13.  La responsabilidad de toda traducción es del Departamento en su conjunto. La

autoría  de  una  traducción  corresponde  al  traductor  y  la  labor  del  revisor  es

complementaria.

Si se siguen estos principios, la tarea de revisar traducciones y de recibir nuestras propias traducciones corregidas se convertirá en una enriquecedora experiencia para ambas partes.

Antes de citar varias obras que consideramos imprescindibles para acometer las revisiones con garantías de éxito, nos parece oportuno recomendar la lectura de un interesante artículo al respecto de Ramón Garrido Nombela en la revista Punto y Coma.

Por último, como obras de referencia a las que acudir a la hora de revisar, si bien esta lista no es exhaustiva y se admiten sugerencias, nos gustaría enumerar las siguientes:

  • Guías de estilo y glosarios propios del cliente.
  • Diccionarios especializados de referencia de la materia en cuestión
  • Diccionario de la Real Academia Española (DRAE)
  • Diccionario Panhispánico de Dudas
  • Nueva gramática de la lengua española
  • Nueva ortografía de la lengua española
  • Fundéu
  • Manual de estilo de la lengua española, de José Martínez de Sousa
  • Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas, de José Martínez de Sousa
  • Tipografía y notaciones científicas, de Javier Bezos
  • Manual del español correcto, de Leonardo Gómez Torrego

Para finalizar, esperamos que esta aportación resulte útil y expresamos nuestro agradecimiento a Isabel García Cutillas por su apoyo, así como a todos los colegas que han inspirado este artículo.

Muchas gracias.

Saludos desde Canarias.

Redactado con la colaboración de mi socia, Fabienne Kelbel, traductora alemán – español, especializada en traducción jurídica y técnica.

Un diccionario imprescindible

La Malinche vuelve a hablar. Así se lo ha propuesto hoy y, por ello, vuelvo con un nuevo artículo a propósito de una sugerencia de un amigo traductor. Quienes me conocen saben de sobra que soy un bibliómano empedernido y que, a lo largo de los años, he conseguido hacerme con un buen fondo de biblioteca. Evidentemente, hay libros que uno utiliza más que otros y libros que nos resultan más o menos útiles.

Si bien los libros electrónicos y los diccionarios informatizados nos ayudan muchísimo y nos permiten ahorrar mucho tiempo a la hora de buscar términos, hay ciertos diccionarios que, a pesar de estar en papel y a pesar de su antigüedad, considero imprescindibles para cualquier traductor e intérprete. Hoy, por ello, quiero hablarles de un diccionario que, para mi sorpresa, no es tan conocido como yo pensaba, a pesar de resultar muy útiles para quienes traducimos e interpretamos del inglés al español. Les hablo del “Diccionario de dificultades del inglés”, de Alfonso Torrents dels Prats, publicado por la editorial Juventud.

Desde que lo descubrí, este libro me sorprendió porque nos ofrece términos y expresiones para esas palabras que, si bien todos conocemos qué significan, a veces se nos atragantan y no sabemos muy bien cómo traducir o interpretar. ¿Quién no se ha quedado dudando más de una vez a la hora de traducir, por ejemplo, la palabra “background” en un contexto que no esperábamos? También nos ayuda con traducciones poco conocidas para términos que, a simple vista, podrían ser tan sencillos de traducir como “benefit” o “banker”, por nombrar algunos.

Para quienes interpretamos en cabina, también nos resulta muy útil por los mismos motivos. De hecho, el poco volumen del diccionario nos permiten llevarlo cómodamente en el bolso del intérprete –algún día hablaremos de lo que debe contener y cómo debe ser-, por lo que podríamos considerar esta obra como un libro imprescindible para cualquier traductor o intérprete inglés – español.

Otro de los motivos por los que me gusta este libro es que no solo presenta los equivalentes de los términos en inglés, sino que explica brevemente su significado y aporta, además de las equivalencias, ejemplos extraídos de la prensa. Esta descripción consigue, por otra parte, que incluso pueda tomarse esta obra como un libro de lectura, ya que nos puede resultar ameno leerlo, a pesar de ser un diccionario, y nos sorprenderá, con total seguridad, a la hora de mostrarnos algunos términos habituales con definiciones y usos poco conocidos.

Abrazos desde Canarias.

Reír o llorar: anécdotas

Imagen publicada en http://www.microsiervos.com

Como en cualquier otro sector profesional, el de la traducción es un mundo lleno de situaciones absolutamente esperpénticas hasta el punto de que uno suele mirar para todos lados en busca de una cámara oculta y para descubrir si es que alguien pretende gastarnos una broma. Al margen de las curiosísimas iniciativas -por decir algo que no resulte ofensivo para nadie- de algunas empresas que han inventado la “timo-tarifa”, consistente en que, para poder formar parte de su lista de proveedores y tener alguna posibilidad de conseguir algún que otro trabajo, el traductor debe pagar su especie de cuota. Digo yo que se supone que la empresa ya se queda con una importante comisión por su servicio de intermediación, lo cual no me parece mal. Ahora bien, ¿encima hay que pagar hasta por estar disponible? En este caso, considero que hay que aplicar la medida planteada por Ricard Sierra en su blog ayer mismo: “Contigo no, bicho”.

Hace unas noches, estuve viendo en Televisión Española el programa 59 Segundos; en él, participaron varios dirigentes políticos, así como los representantes de los sindicatos CC.OO. y UGT y también representantes de la CEOE y CEPYME. De entre lo que pudo quedar claro durante el debate, sin entrar en la reforma laboral, es que, al menos la CEOE, cuyo dirigente no es conocido precisamente por ser el mejor gestor del Estado ni mucho menos -y bien que lo han sufrido y sufren muchos-, considera que la competitividad es una cuestión de precios. Su idea podría resumirse en “cantidad y precios bajos pero de calidad no hablamos”. Y así nos va. Es de agradecer que Cándido Méndez, por su parte, saliera al quite y dejara claro que, si esa es la mentalidad que se tiene, la empresa española podrá competir con la de Bulgaria –con todo el respeto para los búlgaros– pero no con la empresa alemana.

Lo peor de todo es que estas ideologías empresariales son difíciles de cambiar. Dice un amigo mío, “El lazarillo de Tormes” solo pudo escribirse en España y, visto lo visto, la picaresca del siglo XVI sigue corriendo por las venas y, para tener una mayor carga genética española, se suma con el esperpento valleinclanesco de principios del siglo XX. Por ejemplo:

Esta mañana, recibí una llamada en la que me solicitaban un presupuesto para corregir un texto traducido mediante un traductor automático. Traté de aguantar la carcajada por respeto a quien estaba al otro lado del teléfono y lo conseguí. Sin embargo, me resultó mucho más difícil aguantar la risa –o el llanto, porque el sentimiento que experimenté fue bastante confuso, lo reconozco– cuando me cuenta este definitivamente-no-potencial cliente que el documento consta de 43 páginas y que se trata de un contrato y varios anexos. Según me decía este ¿ingenuo? ¿atrevido? señor, el programa no les funcionó muy bien “y eso que lo intentamos varias veces e incluso con varios programas”.

Mis sentimientos se volvieron aún más confusos cuando, al tratar de explicarles las virtudes de los traductores automáticos, me responde que entiende que quiera defender mi profesión pero que no me ha llamado para que le venda la moto y que todo el mundo recurre a los traductores automáticos porque nuestras tarifas –la del colectivo de traductores del mundo– son desorbitadas. Como una retirada a tiempo es una victoria y como mi tiempo es muy valioso, sencillamente dije que no hacía ese tipo de trabajos; traducir sus 43 páginas y al precio de mi tarifa, de mil amores; corregir a un traductor automático, ni harto de…

Antes de colgar, el atrevimiento llegó a su cénit: “¿Y no sabrá usted de alguien que pueda hacerlo?”

Imagen publicada en http://www.microsiervos.com

La planificación del trabajo

Una de las cuestiones más complicadas del trabajo de cualquier autónomo es la gestión del tiempo. Si bien la productividad se puede entrenar, la correcta planificación del trabajo, el tiempo que le vamos a dedicar y la manera en que se lo vamos a dedicar son aspectos claves para no llevarnos sustos, para entregar los trabajos puntualmente y para no tener que estar hasta las tantas de la madrugada terminando aquella traducción que prometimos a nuestro cliente.

Para reflexionar sobre este delicado y esencial asunto, quisiera establecer varias premisas que deberíamos tener en cuenta. Al menos, yo las tengo en cuenta porque, a lo largo de los años, me han demostrado cumplirse:

  1. Debemos dar por hecho que las leyes de Murphy son las únicas leyes que se cumplen siempre. Es decir, debemos aceptar que la vida está llena de obstáculos y dificultades que hay que afrontar y estas dificultades surgen a diario y afectan a todos los aspectos de nuestra vida. Por lo tanto, hay que estar preparados.
  2. Cuanto antes se comienza con una tarea, antes se terminará. Por lo tanto, la pereza constituye uno de nuestros principales obstáculos. Es más, cuanto antes terminemos nuestras tareas, más tiempo podremos dedicar a cuidar otros aspectos fundamentales como son la revisión. Está claro que abundan los trabajos terminados en el último minuto pero, si a la pereza le sumamos los imprevistos mencionados en el punto anterior, el resultado no puede ser bueno; ni para nuestro trabajo ni para nuestra salud y calidad de vida.
  3. La gestión del tiempo de nuestro trabajo influye en todos los demás aspectos de nuestra vida y el tiempo dedicado al ocio y al descanso es esencial, máxime cuando se trata de una profesión que requiere tanta concentración y agilidad mental como la traducción o la interpretación.

A menudo, se nos pregunta cuántas palabras podemos traducir al día o, también, si estamos disponibles para traducir un proyecto con una cantidad determinada de palabras para una fecha concreta.

Hay que tener en cuenta que calcular mal nuestro tiempo es un hecho humano demostrado y que, por lo tanto, en nuestras ecuaciones para el cálculo de nuestro tiempo y para la la gestión de nuestras tareas, debemos añadir una variable más: los imprevistos.

También hay que tener en cuenta que nuestros clientes no solo calculan mal el tiempo, sino que también calculan mal el número de palabras y hasta el número de páginas, incluso cuando este debería ser algo objetivo. Por ejemplo, estos días, una compañera me comentaba irritada que uno de nuestros clientes nos había dicho que quería una traducción urgente de medio folio. Cuando el fax empezó a escupir folios, por un momento dudó si este cliente sabía contar. He aquí una enseñanza que no solo nos valdrá para organizar nuestras tareas sino también para hacer presupuestos, algo que ya mencionaremos en otra ocasión.

Por otra parte, otro hecho importante que creo que deberíamos tener en cuenta si no queremos malacostumbrar a nuestros clientes. Cuando nuestro cliente dice urgente, deberíamos preguntar siempre qué significa. Una de mis preguntas siempre suele ser: “¿Cuál es el último momento para esa entrega urgente?” En muchos casos, descubriremos que no siempre es tan urgente como dicen y, en muchas ocasiones, conseguiremos un plazo más razonable para realizar nuestra tarea; eso sí, a la hora de organizar nuestro trabajo, no debemos olvidar lo ya comentado sobre los imprevistos.

Está claro que esta exposición es solo una orientación que podría servirnos a la hora de planificar nuestras tareas. Cada cual se organizará de una manera u otra pero, a fin de cuentas, lo importante es trabajar con comodidad, cumplir los plazos y no pasarnos los fines de semana ni las madrugadas trabajando porque prometimos algo que no lograremos sin realizar esfuerzos adicionales o sacrificios que afecten a nuestro tiempo de ocio y de descanso.

Un pequeño homenaje a Pilar del Río

Como lector, como aspirante a librepensador y también como militante de izquierda, Javier Ortiz, Mario Benedetti y José Saramago constituyen una tríada de intelectuales imprescindibles en mis lecturas y en mis reflexiones. A los dos primeros, fallecidos en abril y mayo de 2009 respectivamente, aún tengo pendientes dedicarles un texto, a modo de réquiem y sentido homenaje. Por mucho que ellos jamás puedan leerlo; por mucho que solo me sirva de llanto literario, de expresión de pésame y de homenaje a la clarividencia que, con sus textos y reflexiones, durante tantos años nos brindaron.

A mis ya largamente añorados periodista y escritor, se suma ahora también José Saramago: los tres tienen en común no solo ser los firmantes de mis lecturas de cabecera sino, por encima de todo, inteligentísimos luchadores mediante la palabra y gente comprometida con los más débiles y con las causas más justas y nobles de este planeta.

Sin embargo, no pretendo dedicar estas líneas a la simple veneración de tres autores cuyo mérito está más que demostrado en sus obras. Dado que este blog trata, o aspira a tratar, fundamentalmente de traducción, quisiera analizar ese trabajo que, como traductora, ocupó la esposa de José Saramago: Pilar del Río.

Quién haya leído alguna de las obras de Saramago, habrá encontrado al inicio de las obras: “Traducción: Pilar de Río”. También es posible que haya encontrado alguna dedicatoria del tipo: “A Pilar, como si dijera agua”. O “A Pilar, que no dejó que yo muriera”, entre otras.

Pilar del Río, a quien estos días el escritor Luís Sepúlveda ha calificado de ángel, fue, además de la esposa y protectora de Saramago, la persona que tuvo el privilegio de conocer en primicia la obra del premio Nobel y también la privilegiada traductora que trajo sus obras a la lengua española. Probablemente, más de un traductor literario habrá sentido envidia por poder realizar el trabajo de la traducción junto a la misma persona que ha escrito el texto, máxime cuando el autor ha creado un universo literario propio a su alrededor, como ha sido el caso de Saramago y su peculiar y fascinante forma de narrar. En estos momentos, me imagino a Pilar de Río preguntándole a Saramago:

–¿Qué querías decir aquí? ¿Por qué has utilizado esta palabra?

Sin lugar a dudas, debió de ser un placer no solo estar junto al Nobel portugués y conocer de primera mano sus reflexiones sino, desde el punto de vista de la traducción, poder elaborar una traducción mano a mano junto a él. Es más, estaría bien conocer qué observaciones de Pilar del Río han influido en su forma de escribir y de contar.

Si bien hay quienes consideran que la traducción literaria es totalmente distinta a la traducción técnica, quienes nos dedicamos a traducir textos jurídicos, médicos o técnicos no pocas veces hemos deseado poder dirigirnos, de tú a tú -he aquí el quid de la cuestión-, a quien ha redactado el original. Si todos quienes escriben un texto pusieran el mismo empeño para que sus textos se entiendan bien en la lengua original y así puedan traducirse y sonar mejor en la lengua de llegada, seguro que otro gallo nos cantaría.

Sobre el lenguaje pseudoliterario de las instituciones

Ya no hay marcha atrás. Mi compromiso de utilizar esta vía de diálogo y reflexión con ustedes es firme. Por eso, hoy quería compartir -más bien desahogarme- esos pensamientos que, bien como traductores, intérpretes o como simples usuarios del lenguaje, nos vienen a menudo a la cabeza.

Hace apenas hora y media, llegué de una interpretación simultánea. No hago mucha interpretación simultánea pero, al menos, intento mantenerme en forma y preparado para cuando surgen estas oportunidades y, por este motivo, intento sacar tiempo de donde no lo hay para practicar en casa con los ejercicios, textos y conferencias que nos brinda la red. La conferencia de hoy no iba a ser larga pero, como bien sabemos y bien decían los filósofos de la Antigua Grecia, todo tiende al caos y, por eso, cualquier acto que se precie por esta área geográfica –perdón por el cliché– comienza siempre tarde.

Para cualquier intérprete de cabina poco entrenado, un acto retrasado y una agenda complicada es siempre un problema, pues implica que los ponentes leerán sus discursos a toda máquina. Afortunadamente, en muchas ocasiones, se nos facilitan los discursos que van a leer. Sin embargo, por mucho que uno los prepare, la rapidez de la lectura del ponente, los posibles problemas audición, los nervios, la ubicación de la cabina de interpretación, la luz, el calor y un largo etcétera de factores de todo tipo, dificultan sobremanera la calidad de la interpretación y, evidentemente, la comunicación entre quienes desean entenderse. Si bien todos los factores mencionados son entendibles por el público y también por los periodistas -algún día podremos hablar de cómo nos tratan los medios de comunicación-, hay otros factores en los que creo que pocas veces se repara a la hora de evaluar nuestro trabajo, ya sea como traductores o como intérpretes.

Ayer, mientras preparaba uno de los discursos que uno de los ponentes iba a leer hoy -agradezco profundamente el esfuerzo de quien nos lo consiguió-, no pude menos que acordarme del asesor al que le tocó redactar el discurso. Leí tres veces el discurso y traté de resumirlo y, les confieso, no saqué ninguna idea en claro. Puedo decirles de qué hablaba pero no les podría decir ni una sola idea concreta; ni una sola propuesta; ni una sola reflexión trascendente. El discurso era, más bien, una antología de citas y máximas sacadas de no sé qué página de Internet con las que se pretendía únicamente rellenar un hueco dentro de la lista de autoridades y cumplir con el protocolo.

Lo preocupante del caso no es que este hecho se produzca en el lenguaje oral -que ya lo es, fundamentalmente debido a la importancia del evento y al hecho de no decir absolutamente nada-, sino sobre todo que esta vaguedad lingüística y esta vocación literaria de quienes redactan este tipo de documentos en las administraciones públicas es también un hecho consolidado en la lengua escrita de las instituciones. Podría pensarse que cobran por palabras o que se concede algún premio por la calidad literaria de los redactores pero está claro que no es así.

Lo que me pregunto -y no sé hasta qué punto muchos traductores se lo toman como una responsabilidad profesional- es si somos capaces de decirles a los autores de un documento que lo que ha escrito se podría decir mejor y con menos palabras. Se abren ante nosotros distintas alternativas: callar y traducir como a uno le apetece; decirlo y tratar de mejorar el documento original o, también, entre otras muchas alternativas posibles, callar y traducir lo que nos han dado como buenamente podamos.

Me interesaría poner en común qué hacen ustedes ante esta situación y cuáles son las reacciones recibidas. ¿Qué les parece?

Saludos desde Canarias.