si La Malinche hablara

Re-flexiones de un traductor inquieto

Optismismo, pesimismo y realismo

Recientemente, una colega de profesión, la traductora audiovisual y artista visual Alba Calvo Porrúa, publicó en su blog una interesante entrada sobre la situación laboral en España, los miedos del traductor tras terminar los estudios y las posibilidades de trabajar como traductor en plantilla o como autónomo.

Si bien la situación laboral en general -no solo en España- no es nada halagüeña, y al margen de mis preferencias y puntos de vistas al respecto, considero que vale la pena tratar de buscar aquellos aspectos positivos de los que podemos beneficiarnos los traductores a la hora de buscar trabaja y dedicarnos a nuestra profesión.

Lo que pretendo mostrar no es en absoluto inédito ni tampoco supone el descubrimiento de la pólvora; sin embargo, ante la avalancha de comentarios pesimistas que solo animan a hacer las maletas y emigrar a otro universo, me parece que es conveniente que tengamos presente que, en comparación con otros sectores, tenemos ciertas ventajas que podemos y debemos aprovechar. Solo pretendo mencionar tres puntos, si bien conozco muchas más razones para concebir un panorama no tan sombrío:

  1. La inversión inicial es irrisoria en comparación con la mayoría de profesiones: un ordenador, una línea de teléfono, conexión a Internet, impresora, el software necesario -lo hay gratuito y libre- y poco más.
  1. No es necesario disponer de una oficina abierta al público en la avenida más importante o concurrida de la ciudad. Internet y las distintas aplicaciones de comunicación nos permiten tener oficina en todos los países del mundo y junto al despacho de cada uno de nuestros clientes.
  1. Por último, la razón que, a mi juicio, es la más importante. La educación y el entretenimiento son, desde mi punto de vista, dos de los yacimientos de empleo más importantes que hay en la actualidad. Dicho lo cual, creo que nos conviene tener en cuenta que los mercados no son más que entes que, para funcionar e interactuar, necesitan comunicarse. Así pues, la traducción es, o debiera ser, una actividad esencial, máxime en un mundo globalizado e interconectado.

Quienes han tenido la paciencia de ver el vídeo que publiqué en la entrada anterior sabrán que hubo un momento en el que dejé de hacer caso a los comentarios optimistas y pesimistas -que de todo había. Sabía que quería dedicarme a la traducción y la interpretación y observé que otros podían. Dejé de escuchar a quienes decían que mi currículo era maravilloso y que todo el mundo querría contratarme y también dejé de hacer caso a quienes se defendían que es imposible trabajar de traductor, que el mercado estaba lleno de no licenciados que nos quitan el trabajo a los demás; incluso dejé de creer en lo que me habían dicho en la universidad, donde únicamente mencionaban la posibilidad de ser asalariado -y solo se hablaba de la traducción literaria- o de ser funcionario.

Cuando supe y pude desembarazarme de este tipo de opiniones, me di cuenta de que siempre habrá quien plantee situaciones llenas de tinieblas y también quien solo conciba paraísos. Por ello, para terminar, quiero reproducir una frase del escritor británico William George Ward; la considero muy apropiada para este momento, máxime ahora que estoy practicando windsurf: “El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas.”

Abrazos desde Canarias.

Mi presentación en las XIII Jornadas de Empleo y Desarrollo Local

Recientemente, me invitaron a participar como ponente en las XIII Jornadas de Empleo y Desarrollo Local que, cada año, organiza el Iltmo. Ayuntamiento de Santa Lucía (Gran Canaria). Cuando me ofrecieron la posibilidad de participar, les recomendé, además, que invitaran a nuestra colega Jennifer Vela. A mi juicio, esta traductora, intérprete, directora de la empresa Subbabel y, sobre todo emprendedora, podría aportar un testimonio y una experiencia que, a buen seguro, serían muy provechosos para los participantes y asistentes a estas jornadas, dedicadas este año a la emprendeduría y la innovación. A los organizadores les pareció bien y decidieron invitarla también. No me equivoqué. Su aportación fue sumamente interesante y provechosa.

El día siguiente, el 30 de noviembre, era mi turno. Participé en una mesa redonda junto con tres chicas más que acaban de constituir diversas iniciativas emprendedoras: una agencia de asesoramiento de imagen personal, un vivero de plantas y cultivos ecológicos y una agencia de viajes culturales. Si bien ellas están empezando, en mi caso, yo ya tengo unos cuantos años de experiencia y, además, soy el único que trabaja casi exclusivamente a través de Internet.

A petición de algunos asistentes, he grabado en casa la misma presentación y la he subido para aquellos a los que pueda interesarles. Espero que, en la medida de las posibilidades, pueda ayudarles.

Saludos desde Canarias.

Un diccionario imprescindible

La Malinche vuelve a hablar. Así se lo ha propuesto hoy y, por ello, vuelvo con un nuevo artículo a propósito de una sugerencia de un amigo traductor. Quienes me conocen saben de sobra que soy un bibliómano empedernido y que, a lo largo de los años, he conseguido hacerme con un buen fondo de biblioteca. Evidentemente, hay libros que uno utiliza más que otros y libros que nos resultan más o menos útiles.

Si bien los libros electrónicos y los diccionarios informatizados nos ayudan muchísimo y nos permiten ahorrar mucho tiempo a la hora de buscar términos, hay ciertos diccionarios que, a pesar de estar en papel y a pesar de su antigüedad, considero imprescindibles para cualquier traductor e intérprete. Hoy, por ello, quiero hablarles de un diccionario que, para mi sorpresa, no es tan conocido como yo pensaba, a pesar de resultar muy útiles para quienes traducimos e interpretamos del inglés al español. Les hablo del “Diccionario de dificultades del inglés”, de Alfonso Torrents dels Prats, publicado por la editorial Juventud.

Desde que lo descubrí, este libro me sorprendió porque nos ofrece términos y expresiones para esas palabras que, si bien todos conocemos qué significan, a veces se nos atragantan y no sabemos muy bien cómo traducir o interpretar. ¿Quién no se ha quedado dudando más de una vez a la hora de traducir, por ejemplo, la palabra “background” en un contexto que no esperábamos? También nos ayuda con traducciones poco conocidas para términos que, a simple vista, podrían ser tan sencillos de traducir como “benefit” o “banker”, por nombrar algunos.

Para quienes interpretamos en cabina, también nos resulta muy útil por los mismos motivos. De hecho, el poco volumen del diccionario nos permiten llevarlo cómodamente en el bolso del intérprete –algún día hablaremos de lo que debe contener y cómo debe ser-, por lo que podríamos considerar esta obra como un libro imprescindible para cualquier traductor o intérprete inglés – español.

Otro de los motivos por los que me gusta este libro es que no solo presenta los equivalentes de los términos en inglés, sino que explica brevemente su significado y aporta, además de las equivalencias, ejemplos extraídos de la prensa. Esta descripción consigue, por otra parte, que incluso pueda tomarse esta obra como un libro de lectura, ya que nos puede resultar ameno leerlo, a pesar de ser un diccionario, y nos sorprenderá, con total seguridad, a la hora de mostrarnos algunos términos habituales con definiciones y usos poco conocidos.

Abrazos desde Canarias.

Funciones y disfunciones de los intérpretes judiciales: una opinión

El Gascón Jurado acaba de publicar una reseña sumamente interesante sobre un libro que aborda la interpretación judicial. A propósito de lo vivido hace dos semanas en los juzgados, he querido dedicar un ratito a expresar una visión sobre las funciones y disfunciones –o malas prácticas, si se quiere– de quienes interpretamos para la justicia.

Lo que voy a exponer puede resultar de sentido común, básico o de primero de carrera. Sin embargo, por extremo que parezca, recientemente presencié una situación en la que había dos turistas alemanes como perjudicados, tres testigos británicos, un intérprete de alemán y yo mismo. De entre la larga conversación que mantuvo el intérprete de alemán con los perjudicados antes de la vista, recuerdo escucharle los siguientes titulares: “El sistema judicial español no es tan perfecto como el alemán”; “en España hay mucha inseguridad”; “si les preguntan si piden indemnización, digan que sí; y si no, pídanla igualmente”.

Dicho esto, creo que conviene recordar lo siguiente, por muy básico que parezca.

1. El intérprete como figura independiente. Somos humanos y, a menudo, se nos olvida que, independientemente de quién nos contrate para una interpretación en un juzgado, nuestro trabajo se limita a interpretar el mensaje. El cliente debe ser consciente de que nuestro trabajo no es adaptar el vocabulario a sus objetivos. Es interesante observar cómo, en función de para quién se interpreta, por ejemplo, demandado o demandante por decir algo, se tiene la tendencia de utilizar términos que suavizan o dulcifican la declaración, o por el contrario, términos o expresiones que la agravan. Por ejemplo, he visto a declarantes decir algo que no les convenía y, seguidamente, pedirle al intérprete que callara ese enunciado. Sin duda, a menudo se hace de manera inconsciente pero considero que hay que evitar dulcificar o agravar una declaración en función de si quien nos contrató fue una u otra parte. Nuestra función no es la de ser abogados ni asesores y, por lo tanto, nadie debe sentirse reprochado en ningún caso por un cliente ni por ningún abogado por haber interpretado sencillamente lo que se ha declarado.

2. El contacto con las partes. Todos los intérpretes tenemos la obsesión de conocer de qué se va a hablar, para así preparar un tesauro mental que nos permita una mayor agilidad a la hora de hacer nuestro trabajo. Por este motivo, es muy frecuente que el intérprete, al llegar a un juzgado para una declaración penal, pida información sobre el caso. Desde mi punto de vista, hablar con las partes antes de una vista o declaración puede hacernos un flaco favor. Cada parte contará una versión y, si escuchamos únicamente la versión de una de las partes, además de echar por tierras las garantías procesales, podemos hacernos una idea errónea del caso y, durante la declaración, jueces, fiscales y abogados podrían apreciar cierta contaminación en nuestra labor. Así pues, recomiendo preguntar siempre a los funcionarios sobre el tipo de procedimiento en cuestión y evitar las historias de buenos y malos que nos querrá contar cada cual.

3. La neutralidad. Como bien dije antes, somos humanos y tenemos nuestro corazoncito. Ahora bien, la realidad es infinitamente más compleja de lo que puede parecer y, por ello, sentir pena, rechazo, cariño o lo que se quiera por alguna de las partes de un procedimiento puede hacer que nuestra labor tienda a ser arbitraria. Normalmente, una interpretación arbitraria suele producirse cuando el intérprete ha dialogado previa y extensamente con alguna de los partícipes de un procedimiento; sobre todo, si en dicho procedimiento hay violencia o una buena historia de por medio. Es normal que el corazón se nos ablande pero la función de impartir justicia es del juez, no del intérprete. Si algo aprendí durante el tiempo que fui intérprete para la policía es que no hay que creerse ninguna versión, por duro o frío que parezca. El bueno puede convertirse en malo en cualquier momento.

4. Por último, aunque parezca de lo más elemental, si no se entiende algo, hay que preguntar cuantas veces sea necesario. Es preferible que se nos tache de no conocer una expresión o término -no somos diccionarios con patas- a que se nos acuse -en todo el sentido de la palabra- de una mala interpretación.

Lo anterior nos es más que, a mi juicio, el objetivo al que debe aspirar un intérprete judicial. Por muy poco valorada que esté nuestra profesión, jamás hay que perder de vista la responsabilidad de nuestra labor y las consecuencias que pueden derivarse, tanto para terceros como para nosotros mismos, por una interpretación mal hecha.

Crisis, ¿qué crisis?

Son muchas las veces que, a lo largo del día, mencionamos o escuchamos la palabra “crisis”. Se ha convertido en una palabra mágica que sirve para justificarlo todo y, en muchos casos y en muchas empresas, para acometer aquellas reformas o reajustes hace apenas un año serían injustificables desde cualquier punto de vista. Sin embargo, la ya manida fórmula “debido a la crisis nos vemos obligados a” se ha convertido en la frase perfecta para recortar derechos a muchos trabajadores –tanto autónomos como asalariados– o para solicitar una rebaja en las tarifas. Sin embargo, el miedo a quedar sin empleo hace que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, se acepten sin más tales recortes.

Por este motivo, asisto perplejo a la situación que los colaboradores de Lionbridge vienen soportando desde hace tiempo. Menciono a esta empresa de la misma manera que podríamos mencionar a muchas otras empresas dedicadas a la traducción y la interpretación; en los últimos años, casos similares al que hoy nos ocupa se repiten una y otra vez y son muchas las personas que se ven en el dilema de elegir entre comer y pagar la hipoteca o verse abocadas a las deudas y al desempleo. Este caso es aún más lesivo en el colectivo de traductores autónomos -la gran mayoría-, pues ni siquiera el traductor sabe cuál es su situación real, sino que un día el teléfono deja de sonar y dejan de llegar los encargos.

Hace unos meses, Eli Alonso publicaba en su blog la alianza a la que habían llegado Lionbridge e IBM y el consecuente incremento del 20% en cotización bursátil. Sin embargo, en ese mismo artículo, revelaba una situación que afectaba a cientos de colaboradores autónomos de Lionbridge en relación con el uso del programa de traducción que utiliza dicha empresa: Logoport. El artículo no tiene ningún desperdicio.

Según comenta Eli Alonso, un importante colectivo ha suscrito una carta que ha remitido a los responsables de la empresa para solicitarle a la empresa un cambio en sus recortes o en su política. Cito textualmente uno de los párrafos de la carta: “Los traductores hemos aceptado en los últimos años reducciones en las tarifas, descuentos por volumen, aumentos en los plazos de pago, la introducción de nuevas herramientas y procedimientos de control de calidad sin costes adicionales. Todas estas circunstancias han erosionado nuestro trabajo y nuestros ingresos han retrocedido a límites de hace 10 años.”

Uno no puede más que asombrarse al leer, en un solo párrafo, las condiciones laborales que cientos de traductores han tenido que aceptar -pasar por el aro- para seguir recibiendo encargos de esta o de otras empresas, al mismo tiempo que esa misma empresa tiene el descaro de anunciar a bombo y platillo alianzas estratégicas e impresionantes revalorizaciones bursátiles.

No dejo de pensar en la forma en que estas condiciones van a afectar –ya están afectando– a la calidad que estos traductores autónomos ofrecían a la empresa. Por mucho que un trabajador se esfuerce, si ajustan los plazos de entrega al tiempo que reducen las tarifas, el rendimiento no puede ser igual ni por supuesto mejor que el que se ofrecía anteriormente. Además, si para trabajar con esta empresa hay que utilizar un programa que solo se puede utilizar estando conectado a Internet ­–sin hablar del tiempo en que se desconecta el servidor cada día para sus tareas de mantenimiento–, ¿en qué nos convertimos? Y, por último, si además hay que pagar el alquiler del material con el que se trabaja, ¿qué nos queda por aceptar? Y yo me pregunto: ¿ha pensado la empresa en cómo ello afectará a la calidad de su producto? ¿Ha pensado la empresa cómo ello afectará a la calidad de vida de sus traductores?

Hay que decir que, según me cuentan, los traductores afectados se han unido –con lo difícil que resulta en un sector como el nuestro y sobre todo cuando se trabaja a través de Internet; además de enviar cartas con reivindicaciones en las que exigen a la empresa que dé marcha atrás en sus intenciones, han formado un grupo en Facebook y también se están organizando charlas para denunciar lo que está ocurriendo. Sin duda, es un gran paso adelante y es una buena manera de empezar a concienciarse y aprender a arriesgarse a aprender a decir basta.

A propósito de todo esto -y yo no digo nada, pero…-, un compañero mío que sí suele trabajar para esta empresa se hacía varias preguntas: “¿Y los autónomos tenemos derecho a huelga? ¿Y tenemos que anunciarla? ¿Y si nos pusiéramos de acuerdo todos los afectados y no entregáramos los trabajos que nos han encargado? ¿Y qué pasaría si lo hiciéramos todos a la vez para la misma semana? ¿Qué ocurriría con las acciones de esta empresa? ¿No sería maravilloso hacer este experimento bursátil?”

Ojalá tuviera las respuestas.

Reír o llorar: anécdotas

Imagen publicada en www.microsiervos.com

Como en cualquier otro sector profesional, el de la traducción es un mundo lleno de situaciones absolutamente esperpénticas hasta el punto de que uno suele mirar para todos lados en busca de una cámara oculta y para descubrir si es que alguien pretende gastarnos una broma. Al margen de las curiosísimas iniciativas -por decir algo que no resulte ofensivo para nadie- de algunas empresas que han inventado la “timo-tarifa”, consistente en que, para poder formar parte de su lista de proveedores y tener alguna posibilidad de conseguir algún que otro trabajo, el traductor debe pagar su especie de cuota. Digo yo que se supone que la empresa ya se queda con una importante comisión por su servicio de intermediación, lo cual no me parece mal. Ahora bien, ¿encima hay que pagar hasta por estar disponible? En este caso, considero que hay que aplicar la medida planteada por Ricard Sierra en su blog ayer mismo: “Contigo no, bicho”.

Hace unas noches, estuve viendo en Televisión Española el programa 59 Segundos; en él, participaron varios dirigentes políticos, así como los representantes de los sindicatos CC.OO. y UGT y también representantes de la CEOE y CEPYME. De entre lo que pudo quedar claro durante el debate, sin entrar en la reforma laboral, es que, al menos la CEOE, cuyo dirigente no es conocido precisamente por ser el mejor gestor del Estado ni mucho menos -y bien que lo han sufrido y sufren muchos-, considera que la competitividad es una cuestión de precios. Su idea podría resumirse en “cantidad y precios bajos pero de calidad no hablamos”. Y así nos va. Es de agradecer que Cándido Méndez, por su parte, saliera al quite y dejara claro que, si esa es la mentalidad que se tiene, la empresa española podrá competir con la de Bulgaria –con todo el respeto para los búlgaros– pero no con la empresa alemana.

Lo peor de todo es que estas ideologías empresariales son difíciles de cambiar. Dice un amigo mío, “El lazarillo de Tormes” solo pudo escribirse en España y, visto lo visto, la picaresca del siglo XVI sigue corriendo por las venas y, para tener una mayor carga genética española, se suma con el esperpento valleinclanesco de principios del siglo XX. Por ejemplo:

Esta mañana, recibí una llamada en la que me solicitaban un presupuesto para corregir un texto traducido mediante un traductor automático. Traté de aguantar la carcajada por respeto a quien estaba al otro lado del teléfono y lo conseguí. Sin embargo, me resultó mucho más difícil aguantar la risa –o el llanto, porque el sentimiento que experimenté fue bastante confuso, lo reconozco– cuando me cuenta este definitivamente-no-potencial cliente que el documento consta de 43 páginas y que se trata de un contrato y varios anexos. Según me decía este ¿ingenuo? ¿atrevido? señor, el programa no les funcionó muy bien “y eso que lo intentamos varias veces e incluso con varios programas”.

Mis sentimientos se volvieron aún más confusos cuando, al tratar de explicarles las virtudes de los traductores automáticos, me responde que entiende que quiera defender mi profesión pero que no me ha llamado para que le venda la moto y que todo el mundo recurre a los traductores automáticos porque nuestras tarifas –la del colectivo de traductores del mundo– son desorbitadas. Como una retirada a tiempo es una victoria y como mi tiempo es muy valioso, sencillamente dije que no hacía ese tipo de trabajos; traducir sus 43 páginas y al precio de mi tarifa, de mil amores; corregir a un traductor automático, ni harto de…

Antes de colgar, el atrevimiento llegó a su cénit: “¿Y no sabrá usted de alguien que pueda hacerlo?”

Imagen publicada en www.microsiervos.com

Mi experiencia como intérprete en un festival de Cine

Aunque no solo trabajo de intérprete, aproximadamente el 30% de mi trabajo tiene que ver con la interpretación. Casi todos los meses, trabajo durante una semana como intérprete judicial, un campo muy interesante y del que prometo hablar algún día e incluso solicitar alguna colaboración para el blog.

Al margen de la interpretación judicial, también suelo trabajar –no mucho ni todo lo que me gustaría– como intérprete de conferencias y en diversos congresos. Para ello, todas las semanas, dedico un par de horas, en ratitos libres, a practicar la interpretación simultánea y, para la consecutiva, la toma de notas, pues la interpretación no solo requiere un buen conocimiento de campos especializados sino, por supuesto, una buena técnica de toma de notas y una buena técnica de interpretación simultánea que hay que practicar constantemente, como si se entrenara para competir en cualquier actividad deportiva.

Muchos estudiantes de traducción e interpretación consideran que la interpretación es más difícil en función de la materia que se vaya a abordar y, por ello, preparan más la materia cuando se trata de un campo técnico que cuando se trata de un campo más accesible o más conocido por todos. Lo mismo les ocurre a los clientes, quienes, por dominar la materia en la que trabajan, consideran que ya todos los demás debemos conocer ese campo. Por eso, un cliente siempre dirá: “no es muy técnico” o “el vocabulario no es nada técnico”.

Tras esta inmensa introducción, quisiera hablar de mi experiencia como intérprete en festivales internacionales de cine. Para los neófitos, diré que no se trataba de interpretar las películas. Para eso hay unos traductores magníficos que se dedican a la subtitulación y que, metidos en una especie de cueva, se pasan horas y horas tratando de adaptarse a las exigentes técnicas de la subtitulación. Mi trabajo, en cambio, era el de interpretar cualquier actividad en la que participara alguno de los invitados del festival: directores, actores, productos, críticos, etc. Los festivales de cine suelen organizar presentaciones de películas, proyecciones, coloquios con directores y actores –los llamados Q&A­–, ruedas de prensa, talleres, entrevistas y un sinfín de actividades interesantes para un público que, normalmente, sabe mucho de cine y de la historia del cine.

Hace unos meses, hablando con unos alumnos de traducción e interpretación, me decían que interpretar en un festival de cine es el tipo de interpretación más fácil, pues el vocabulario especializado es muy poco. Como suelen decir por aquí, “la ignorancia es un atrevimiento” y explicaré por qué.

Si bien he tenido el placer de trabajar en todo tipo de conferencias –odontología, medio ambiente, política, economía, fiscalidad, etc.– y para todo tipo de organizaciones, las interpretaciones más complicadas han sido las relacionadas con las artes, pues el vocabulario podrá ser reducido pero no la extensión del campo en cuanto a artistas, títulos o corrientes.

Como ejemplo pondré este año en el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria. Durante los casi diez días que duró el evento, fui la sombra de un interesantísimo creador cinematográfico, el neoyorquino Mark Rappaport. Este autor, más que director, es un artista lúcido y visionario que, ya a principios de los años 90, creó importantes piezas cinematográficas, cargadas de simbolismo y de crítica política y social, a través del collage de vídeo y mediante herramientas bastante rudimentarias por aquellos días, como el reproductor y grabador de cintas de vídeo, el VHS.

Interpretar a Mark Rappaport es un placer pero también constituye un enorme reto, pues él es todo un especialista en los años dorados del cine estadounidense y conoce de memoria el nombre de directores, actores, actrices, guionistas, etc, además de sus títulos. He aquí donde radica la gran dificultad. En cualquier entrevista, rueda de prensa, coloquio e incluso en la clase magistral que tuve que intepretar, Rappaport deslumbraba con su amplio conocimiento y, este pobre intérprete, por mucho que tomara buena nota de lo que iba diciendo, no podía reproducir al español todos los títulos de películas que mencionó, pues es imposible conocer los títulos en español de cualquier película. Es más, en ocasiones, los títulos cambian en cada país de lengua española. A pesar de estas dificultades, el público espera saber de manera inmediata qué se ha dicho en el otro idioma y cualquier error, por pequeño que sea, puede resultar imperdonable para el público especializado, de lo cual puedo dar fe. No obstante, debo decir que, a todo ello, hay que sumarle que no soy precisamente el mayor especialista en cine clásico ni tampoco contemporáneo.

Así pues, si en la entrada anterior dábamos algún consejo con respecto a la organización de las tareas y a la gestión del tiempo, en esta ocasión, podemos decir que, en interpretación, todo el vocabulario es técnico y que lo que parece fácil no siempre lo es tanto.

Saludos desde Canarias.

La planificación del trabajo

Una de las cuestiones más complicadas del trabajo de cualquier autónomo es la gestión del tiempo. Si bien la productividad se puede entrenar, la correcta planificación del trabajo, el tiempo que le vamos a dedicar y la manera en que se lo vamos a dedicar son aspectos claves para no llevarnos sustos, para entregar los trabajos puntualmente y para no tener que estar hasta las tantas de la madrugada terminando aquella traducción que prometimos a nuestro cliente.

Para reflexionar sobre este delicado y esencial asunto, quisiera establecer varias premisas que deberíamos tener en cuenta. Al menos, yo las tengo en cuenta porque, a lo largo de los años, me han demostrado cumplirse:

  1. Debemos dar por hecho que las leyes de Murphy son las únicas leyes que se cumplen siempre. Es decir, debemos aceptar que la vida está llena de obstáculos y dificultades que hay que afrontar y estas dificultades surgen a diario y afectan a todos los aspectos de nuestra vida. Por lo tanto, hay que estar preparados.
  2. Cuanto antes se comienza con una tarea, antes se terminará. Por lo tanto, la pereza constituye uno de nuestros principales obstáculos. Es más, cuanto antes terminemos nuestras tareas, más tiempo podremos dedicar a cuidar otros aspectos fundamentales como son la revisión. Está claro que abundan los trabajos terminados en el último minuto pero, si a la pereza le sumamos los imprevistos mencionados en el punto anterior, el resultado no puede ser bueno; ni para nuestro trabajo ni para nuestra salud y calidad de vida.
  3. La gestión del tiempo de nuestro trabajo influye en todos los demás aspectos de nuestra vida y el tiempo dedicado al ocio y al descanso es esencial, máxime cuando se trata de una profesión que requiere tanta concentración y agilidad mental como la traducción o la interpretación.

A menudo, se nos pregunta cuántas palabras podemos traducir al día o, también, si estamos disponibles para traducir un proyecto con una cantidad determinada de palabras para una fecha concreta.

Hay que tener en cuenta que calcular mal nuestro tiempo es un hecho humano demostrado y que, por lo tanto, en nuestras ecuaciones para el cálculo de nuestro tiempo y para la la gestión de nuestras tareas, debemos añadir una variable más: los imprevistos.

También hay que tener en cuenta que nuestros clientes no solo calculan mal el tiempo, sino que también calculan mal el número de palabras y hasta el número de páginas, incluso cuando este debería ser algo objetivo. Por ejemplo, estos días, una compañera me comentaba irritada que uno de nuestros clientes nos había dicho que quería una traducción urgente de medio folio. Cuando el fax empezó a escupir folios, por un momento dudó si este cliente sabía contar. He aquí una enseñanza que no solo nos valdrá para organizar nuestras tareas sino también para hacer presupuestos, algo que ya mencionaremos en otra ocasión.

Por otra parte, otro hecho importante que creo que deberíamos tener en cuenta si no queremos malacostumbrar a nuestros clientes. Cuando nuestro cliente dice urgente, deberíamos preguntar siempre qué significa. Una de mis preguntas siempre suele ser: “¿Cuál es el último momento para esa entrega urgente?” En muchos casos, descubriremos que no siempre es tan urgente como dicen y, en muchas ocasiones, conseguiremos un plazo más razonable para realizar nuestra tarea; eso sí, a la hora de organizar nuestro trabajo, no debemos olvidar lo ya comentado sobre los imprevistos.

Está claro que esta exposición es solo una orientación que podría servirnos a la hora de planificar nuestras tareas. Cada cual se organizará de una manera u otra pero, a fin de cuentas, lo importante es trabajar con comodidad, cumplir los plazos y no pasarnos los fines de semana ni las madrugadas trabajando porque prometimos algo que no lograremos sin realizar esfuerzos adicionales o sacrificios que afecten a nuestro tiempo de ocio y de descanso.

La crisis o el agosto de los (supuestos) charlatanes

Si hay alguna palabra que escuchemos por estos tiempos a todas horas y que sirva para justificarlo absolutamente todo es “crisis”. Hace poco, escuché decir a un experto en inversiones de riesgo que los momentos de crisis económica son las mejores épocas para ganar dinero de manera fácil. Y no solo se refería a la especulación bursátil. Se refería a todos los ámbitos en general, pues es en estos momentos cuando surgen los charlatanes capaces de vender cualquier pócima o elixir que augure algún beneficio mínimo, aunque solo se trate de un rayito de esperanza.

Desde hace un tiempo, recibo correos electrónicos de un tal Jair que, en un español bastante mejorable en todos los sentidos –gramática, ortografía, expresión, etc.–, me ofrece una base de datos de más de mil empresas de traducción que, según dice, me contratarán para tantos trabajos de traducción como desee.

Hasta ahora, ni siquiera me he atrevido a preguntar cuánto cuesta esa base de datos, no solo porque no me interesa, sino porque no me genera ninguna confianza el ofrecimiento de esta persona.

Estos días, mientras consultaba varios blogs, he descubierto la imagen –no apta para personas sensibles al photoshop cutre– con la que esta persona ofrece su base de datos y, de paso, la imagen que da de los traductores que somos autónomos.

La imagen la he descubierto a través del blog Translation Times, un blog recomendabilísimo en lengua inglesa.

Por otra parte, también me hago eco de otro blog que estoy leyendo también con sumo interés: el blog de Ricard Sierra. En este blog, él también se hace eco de otro supuesto timo de la estampita en nuestro sector.

Abrazos desde Canarias.

Un pequeño homenaje a Pilar del Río

Como lector, como aspirante a librepensador y también como militante de izquierda, Javier Ortiz, Mario Benedetti y José Saramago constituyen una tríada de intelectuales imprescindibles en mis lecturas y en mis reflexiones. A los dos primeros, fallecidos en abril y mayo de 2009 respectivamente, aún tengo pendientes dedicarles un texto, a modo de réquiem y sentido homenaje. Por mucho que ellos jamás puedan leerlo; por mucho que solo me sirva de llanto literario, de expresión de pésame y de homenaje a la clarividencia que, con sus textos y reflexiones, durante tantos años nos brindaron.

A mis ya largamente añorados periodista y escritor, se suma ahora también José Saramago: los tres tienen en común no solo ser los firmantes de mis lecturas de cabecera sino, por encima de todo, inteligentísimos luchadores mediante la palabra y gente comprometida con los más débiles y con las causas más justas y nobles de este planeta.

Sin embargo, no pretendo dedicar estas líneas a la simple veneración de tres autores cuyo mérito está más que demostrado en sus obras. Dado que este blog trata, o aspira a tratar, fundamentalmente de traducción, quisiera analizar ese trabajo que, como traductora, ocupó la esposa de José Saramago: Pilar del Río.

Quién haya leído alguna de las obras de Saramago, habrá encontrado al inicio de las obras: “Traducción: Pilar de Río”. También es posible que haya encontrado alguna dedicatoria del tipo: “A Pilar, como si dijera agua”. O “A Pilar, que no dejó que yo muriera”, entre otras.

Pilar del Río, a quien estos días el escritor Luís Sepúlveda ha calificado de ángel, fue, además de la esposa y protectora de Saramago, la persona que tuvo el privilegio de conocer en primicia la obra del premio Nobel y también la privilegiada traductora que trajo sus obras a la lengua española. Probablemente, más de un traductor literario habrá sentido envidia por poder realizar el trabajo de la traducción junto a la misma persona que ha escrito el texto, máxime cuando el autor ha creado un universo literario propio a su alrededor, como ha sido el caso de Saramago y su peculiar y fascinante forma de narrar. En estos momentos, me imagino a Pilar de Río preguntándole a Saramago:

–¿Qué querías decir aquí? ¿Por qué has utilizado esta palabra?

Sin lugar a dudas, debió de ser un placer no solo estar junto al Nobel portugués y conocer de primera mano sus reflexiones sino, desde el punto de vista de la traducción, poder elaborar una traducción mano a mano junto a él. Es más, estaría bien conocer qué observaciones de Pilar del Río han influido en su forma de escribir y de contar.

Si bien hay quienes consideran que la traducción literaria es totalmente distinta a la traducción técnica, quienes nos dedicamos a traducir textos jurídicos, médicos o técnicos no pocas veces hemos deseado poder dirigirnos, de tú a tú -he aquí el quid de la cuestión-, a quien ha redactado el original. Si todos quienes escriben un texto pusieran el mismo empeño para que sus textos se entiendan bien en la lengua original y así puedan traducirse y sonar mejor en la lengua de llegada, seguro que otro gallo nos cantaría.

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